Un paseo por las nubes

El siguiente es el relato de la periodista mendocina y estudiante de Sommellerie, acerca de una corta travesía que realizó, recientemente, un grupo de estudiantes de Wine Institute de Mendoza a los Valles Calchaquíes. El diario de viaje, los comentarios sobre los vinos , las fotos y las reflexiones.

Retórica, no. Literalmente, pasear por Cafayate significa pasear por las nubes que dominan los viñedos situados a más de 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar. En las tierras donde el cardón reina absoluto y donde el paso del tiempo parece haberse tomado un respiro, las bodegas invitan a disfrutar lo mejor de sí.

El siguiente es el relato de una corta travesía que realizó un grupo de  estudiantes de Wine institute a los Valles Calchaquíes. El viaje de estudios fue liderado por su directora Analía Videla, los profesores Luis y Martín Mantegini y una “troupe” de 20 estudiantes de Asesores en vino, Sommellerie y Marketing de Mendoza y Buenos Aires.

Bitácora de viaje: día 1
Partimos de Mendoza al atardecer de un día calmo para arribar a Cafayate 16 horas más tarde en una traffic conducida por dos simpáticos personajes, José y Germán; claro, elegimos la ruta más ardua, la que sube por los valles calchaquíes hasta Santa María, Catamarca, donde la 40 recorre varios kilómetros de arena y desierto. Camino difícil y sinuoso, pero paisaje digno de ser admirado.

El grupo femenino en Etchart: Gabriela Malizia, Celina Pennisi, María Esther Sallaberrey, Analía Videla, Carolina Zamarbide, Julia Franco, Mariana Pronce, Milagros Próspero, Francesca Costantini, Priscilla Burgoa, Marta Caliri, Ana y Amalia Okazaki.

Fresco y nuboso nos recibió Cafayate; era mediodía cuando llegamos a Yacochuya, un paraje cuasi-virgen, pedregoso y dominado por el cactus y la flora autóctona. Primer destino: Domingo Molina, una bodeguita de vinos de alta gama donde nos recibió Rafael Domingo. El anfitrión nos dio a probar sus mejores Cabernet Sauvignon y Torrontés. Aplausos para Domingo Molina Cabernet Sauvignon, intenso en boca, expresivo en nariz, alta concentración de color y buena frescura, para una guarda mínima de 3 años sin dudar.

Si vieron una llama en la etiqueta, sabrán que la siguente bodega fue Lavaque, más conocida por los lugareños como Finca El Recreo. Antiguo y restaurado, el edificio de 1910 encanta a los visitantes, con sus arcadas y sus paredes de piedra. Tras la cata las opiniones se dividieron: muchos votan decididamente por el Quara Torrontés Reserva. Otros, como yo, preferimos el Quara Cabernet Sauvignon, en el que predominan las notas de pimienta negra y pimiento verde. Cuestión de gustos nomás.

Al finalizar el día, tras visitar bodega El Tránsito y probar su línea de varietales jóvenes, el grupo cenó en Cardón empanadas salteñas, tamales y cabrito. Para maridar se eligieron los tintos y el Torrontés Elementos, de bodega El Esteco. Más tarde, una partida reducida decidió continuar la noche, que invitaba a las peñas, al folclore y al canto.

Foto artística de los viñedos y el Cardón, de Gonzalo Merino.

Paseo por las nubes: día 2
El sol apareció por un instante, azuzando a las suaves nubes que prometían volver. En el jardín de la casa colonial que perteneció a la familia Etchart y que hoy es del grupo Pernod Ricard, el grupo degustó algunos de los mejores exponentes del terroir cafayateño. La bodega ofreció una degustación de diez vinos de sus líneas Cafayate, Cafayate Reserve, Gran Linaje, Etchart Torrontés tardío y Arnaldo B. Cabe destacar la excelente relación precio- calidad de Cafayate Torrontés, digno representante de la zona, equilibrado, joven, vibrante, con notas cítricas y florales en nariz, buena acidez, mucha frescura y fácil de beber.

Al mediodía visitamos Finca Las Nubes, un paraíso enclavado en un paraje soñado que pertenece a los Mounier, matrimonio mendocino que llegó a Salta hace más de 20 años. Mercedes, la esposa de José Luis, relató para nosotros la historia de Cafayate, de su gente, de sus vinos y de su esfuerzo, una historia que de verdad conmueve hasta la lágrima.

Mounier dirigió la degustación de un trío compuesto por un Torrontés, un rosado y un Malbec. Vinos honestos, elegantes, respetuosos del terroir, sin aditamentos, así, parecidos a José Luis, su hacedor.

Entre besos y abrazos dijimos hasta pronto para partir hacia San Pedro de Yacochuya, la bodega de Marcos y Arnaldo Etchart, y de su socio comercial, el célebre “flying winemaker” Michel Rolland. Reconocidos y alabados por la crítica, los vinos de Yacochuya son como “perlas negras”, raros, únicos, vinos que dan para hablar, reflexionar y disfrutar. Mención especial para Yacochuya, el ícono, un blend de Cabernet, Malbec y Tannat de $180; poderoso , indomable, negro como la noche que cubría el misterioso paisaje del duende cuando nos despedimos de la finca, con una particular sensación en el alma que no intentaré describir.

El grupo masculino, en Etchart: José Ontiveros y Germán los conductores de la traffic junto a Maximino Costantini, Marcelo Higa, Gonzalo Merino, Luis Mantegini, Maximiliano y Martín Stillo.

Final de travesía
Visita a bodega Nanni y pronta partida hacia el destino final; bodega Posse, en pleno desierto tucumano. Allí gozamos de una bienvenida de lujo con platos regionales y una cata de los vinos Julio Julián y El Patriarca, elaborados por Marcos Etchart. Posse es un edificio de piedra, cemento y grandes ventanales que en breve estará listo para alojar turistas que, como nosotros, seguramente se maravillarán ante esos viñedos  orgullosos que aguantan sin chistar la furia del sol, el calor de la arena y las ráfagas de viento que castigan sin cesar.

Regresamos a Mendoza, la tierra del sol y del buen vino, la tierra que queremos y defendemos como “la” tierra del Malbec, experimentando sin embargo cierta nostalgia por la tierra del Torrontés. Es que entre ambos, entre el Malbec y el Torrontés, se da esta danza perfecta y la identidad de los vinos argentinos se completa. “It takes two for tango” (se necesitan dos para el tango) enfatiza el lema promocional de Argentina hacia el exterior ¿Tiene sentido, no?

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