Informe MDZ: cuando una muerte conmueve a un pueblo

¿Qué mecanismos operan en las personas a nivel colectivo cuando fallece una figura con un alto nivel de visibilidad por su trabajo, su carisma, su talento o su capacidad de liderazgo? ¿Por qué la gente necesita expresar su emoción de manera pública? Preguntas inquietantes y respuestas sensibles.

Dolor en el funeral Raúl Alfonsín.

La muerte atemoriza. Y el miedo es otra pequeña muerte. Es cotidiana pero es tabú. Es privada y es plural, es normal y extraordinaria, es familiar e institucional. Su socialización se realiza a través de la muerte de otras personas, ya sean familiares, amigos, compañeros de trabajo o figuras públicas.

La muerte se esconde detrás de disfraces simbólicos para no pensar en nuestra propia muerte, para suavizarla, para postergarla.

Pero, qué ocurre, qué mecanismos operan en las personas a nivel colectivo cuando fallece una figura con un alto nivel de visibilidad por su trabajo, su encanto personal, su carisma, su talento o su capacidad de liderazgo.

Ya sea que se trate de un infamante magnicidio, de un suicidio, de una muerte súbita, de un accidente, del capítulo final después de una enfermedad o de la simple detención del tiempo a causa de la vejez, cuando esa persona ha sido amada, respetada, admirada, celebrada, la gente siente la necesidad de expresar su conmoción, de mostrar sus sentimientos de manera pública, de rendirle un homenaje con su presencia.

Puede ser un personaje que provenga del mundo de la política, del espectáculo, de la cultura o del deporte; lo cierto, es que las personas se ven impelidas a manifestar su dolor y a compartirlo con otros participando de los ritos de las exequias, de la llamada "máquina funeral".

Consternación ante la noticia de la
muerte de Eva Perón.
Reparar la pérdida

La muerte y el miedo a la muerte es uno de los procesos sociales de más importancia a nivel simbólico y cultural. Las personas no saben muy bien qué hacer con los muertos, ni qué conducta seguir ante un fallecimiento o en el transcurso de un funeral; la gente no sabe cómo dar cauce a sus sentimientos, cómo sostenerlos y expresarlos.

“El nacimiento y la muerte son los dos hitos fundamentales de la vida. Pero es la muerte la que debe ser exorcizada mediante complejos rituales que alejen el temor y contribuyan a reparar la pérdida. Se han encontrado enterratorios con flores y objetos de 30.000 años o más, lo que muestra cuán asociado está el rito fúnebre a nuestra cultura”, explica la socióloga Graciela Cousinet.

“Cada etapa histórica ha tenido una forma especial de lidiar con ella, pero siempre existe una relación muy estrecha entre la construcción y el sostenimiento de la identidad colectiva, como un mecanismo de integración grupal o comunitaria, y las costumbres relacionadas con el duelo mortuorio”, agrega la vicedecana de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo.

De ahí, que la sociedad cree organizaciones (hospitales, industria funeraria, iglesias) que gestionan el proceso de morir y el tratamiento posterior del cadáver. Este es un problema considerable respecto de la muerte de los otros y en el caso de la muerte propia los problemas de adaptación son mayores.

Cousinet señala que “cuando una figura pública desaparece, junto con él o ella se va una parte de cada uno de nosotros, en la medida en que nos sentíamos identificados con ellos y a través de ellos nos sentíamos hermanados con todos los que compartían el mismo sentimiento. Es por eso que se hace necesario mantenerlos con vida, momificarlos, embalsamarlos, reproducir obsesivamente sus retratos, llevarlos en el corazón, ponerles sus nombres a nuestros hijos, convocarlos al grito de `¡Vive!´ o `¡Presente!´".

Por otra parte, en el caso del fallecimiento de una figura pública, la muerte aparece continuamente en la televisión y en todos los medios de comunicación. Este hecho impulsa, refuerza, multiplica aquellos sentimientos individuales y los transforma.

“Este proceso no es individual sino colectivo y al mismo tiempo contribuye a renovar los lazos identificatorios mediante actos que implican la convocatoria de masas”, argumenta la experta.

“Al morir un personaje público, sea un artista, un deportista o un líder, él mismo se transforma en el símbolo de aquello que se valoraba en él y, paralelamente, desaparecen los defectos y los errores que tenía cuando era un simple mortal. El velorio público se siente como un imán que atrae igual que el fuego de una hoguera lo hacía en las tribus primitivas. Se constituye en el espacio de  reforzamiento de un `nosotros´”, agrega Cousinet.

La socióloga explica que “este colectivo puede ser más o menos masivo. En algunos casos reúne a determinados grupos asociados con ciertas características, como los rockeros que visitan la tumba de Jim Morrison o los seguidores de Gilda. En otros, este fenómeno involucra a multitudes. Cuando el muerto es además un dirigente político de nivel nacional, se agrega al conjunto de símbolos el  elemento de Patria o de Nación que se intenta asociar a su figura. Para muchos justicialistas Perón era la Nación y el antiperonismo era la antipatria. Por supuesto que estos procesos articulatorios no se dan sin conflicto, por el contrario, implican muchas veces cruentas luchas”.

Sobre el final de su reflexión Cousinet cita a Oscar Terán, “un gran intelectual argentino que una vez escribió, refiriéndose a los ´60 y ´70 en la Argentina: `La historia de las ideas es entre nosotros un género urgente porque revela, súbitamente, todo lo que la muerte le debe al símbolo´. Pero, al mismo tiempo, muestra la relación inversa, cuánto de lo simbólico se construyó en torno de la muerte”.

El cuerpo de Juan Perón fue velado en el Congreso de la Nación: ante el féretro desfilaron 135 mil personas y más de un millón de personas siguió el cortejo.

Breve historia de la muerte

“Hasta el siglo XVIII las personas estaban familiarizadas con la idea de su propia muerte. La muerte era un ritual organizado por la persona que moría. Era una ceremonia pública: alrededor de la cama del moribundo o la moribunda, con los familiares, vecinos, incluyendo a los niños. No se evitaba a los niños la visión de una persona muriendo, más bien lo contrario. La muerte era, pues, un asunto privado, familiar, pero en el que participaban bastantes personas”, explica el sociólogo Jesús M. de Miguel.

Las mujeres de la familia eran quienes gestionaban el proceso de la muerte. Más tarde, por razones de higiene, comenzó a limitarse el acceso de las personas al dormitorio de la persona moribunda. Hoy, la muerte es un asunto de expertos, médicos y hospitales.

A partir del siglo XV, catolicismo mediante, se instala la idea de una visión individual de la propia biografía en el momento de la muerte, es decir, que es “en” la muerte, cuando una persona adquiere un conocimiento pleno de sí mismo. Es el speculum mortis: “En el espejo de su propia muerte cada persona descubriría el secreto de su individualidad”. La preocupación moderna se centra en la muerte de uno mismo y la importancia de ser individual.

“Es en los dos últimos siglos que las personas empiezan a preocuparse por la muerte de los otros. Se produce un nuevo culto –romántico- por las tumbas y los cementerios. El teatro barroco sitúa numerosas escenas de amor en los cementerios. En el siglo pasado se exaltan funerales más histéricos. Se teme a la muerte, pero sobre todo a la muerte de los otros, de otras personas. Se visitan los cementerios como quien hace una visita a un vecino o amigo”, señala de Miguel.

El recuerdo y la visita al cementerio proporcionan una cierta inmortalidad social al fallecido. El culto de los muertos incluso de traduce, en algunos casos en patriotismo, como en los monumentos que recuerdan a los caídos en las guerras, atentados o epidemias, entre otros, como por ejemplo la Tumba del soldado desconocido en París, el Monumento a las víctimas de la fiebre amarilla en Buenos Aires o el Monumento a los caídos en Malvinas de Mendoza.

A diferencia de lo que sucede cuando fallece una persona pública, la muerte privada suele ser discreta; la ceremonia del morir se traslada al funeral; la simbología mortuoria queda acotada a un puñado de manifestaciones; se evitan las situaciones emotivas, se llora en secreto, no se guarda luto, ni se viste de negro, la banda negra en la manga ha desaparecido y con la cremación se evita la visita posterior a la tumba.

Y todo aquello que recuerde a la propia muerte es una experiencia mórbida, “representa incluso un síntoma de enfermedad mental. Hablar de la muerte en público es de mal gusto. La muerte es un tabú en su triple aspecto del acto de morir, del funeral y del luto”, apostilla de Miguel.

La especie humana es la única que muere y que sabe que va a morir. Sin embargo, vivimos como si no fuésemos a morir jamás. Como si la muerte fuera nuestra cómplice y nos hiciera de comparsa, de coro, de silencioso auditorio para cada uno de nuestros días y de los hechos y dichos de nuestros días.

Cerramos esta nota con un bello verso de John Donne: "La muerte de cualquier hombre me disminuye porque yo formo parte de la humanidad; por tanto nunca mandes a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti".


Fuentes: El último deseo, de Jesús M. de Miguel; Miedo líquido, de Zygmunt Barman; Historia de la vida privada, de Philippe Aries; Epitafios, de Luis Gusmán.

Patricia Rodón

Opiniones (4)
10 de Diciembre de 2016|07:49
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10 de Diciembre de 2016|07:49
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  1. Me encantó, santificamos al que muere , como si la muerte en si misma fuera la santificación, nadie se atrevería a decir algo malo del que se fue y que sin duda el que fue mortal en algún punto se equivocó. Para hacer un santo o un prócer habría que esperar algunos años para ver el resultado de sus obras y desde la historia juzgar. Esto tiene mucho de adulación al poder. No me gusta.
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  2. Me parece que los conceptos de Cousinet tienen una fuerte intencionalidad política: disminuir la figura del ex presidente referido, argumentando que la pasión, el fervor y la convocatoria de los funerales últimos se deben al poder de arenga de los medios, o al peso que la muerte otorga a una persona. Sin embargo, me animo a pensar que sería un buen tema de estudio sociológico el análisis de los testimonios que fueron recogidos por radio y tv de los ciudadanos, en ellos explicitaban con total exactitud el motivo de la asistencia a los actos velatorios y entierro, el motivo del dolor, reconocimiento u homenaje. ( Porque mejoraron nuestras condiciones en tal o cual asunto, porque nos trató bien, porque pudimos casarnos, porque construyó una obra que esperábamos hace años, porque creció nuestra empresa, porque no se remataron más tierras, etc.) Sí, supongo que juntos exacerbamos las pasiones, bien debe conocerlo la entrevistada, ya que es una militante política opositora?
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  3. Porqué basta con el funeral de N. Kirchner? qué te molesta? que lo quiera tanto la gente, que le reconozcan lo que hizo? La gente se expresa eso es lo importante, y aquí se ve que los malditos medios que le hacen la guerra han perdido la batalla.
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  4. Ya basta con el funeral, las comparaciones, la compasión. K era una persona mortal como cualquiera de nosotros y listo. Nunca va a ser alguien o algo ke a mi parecer, nunca fue. Hay miles de personas ke necesitan nuestra atención desde hace mucho (el censo lo dirá??) y algunas mueren en el olvido...pero x supuesto no está en las noticias...
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