Relaciones peligrosas: gracias y desgracias de la infidelidad

Muchos adúlteros han muerto a causa del sexo, incluidos varios Papas. Durante y después del encuentro amoroso, el filo de la espada ha caído sobre miembros y cabezas. Hoy, mientras las mujeres rejuvenecen con la infidelidad, los hombres engordan.

En la Roma antigua la ley Julia permitía que el padre matara a su hija y al amante, los cinturones de castidad demolían los intentos de los "intrusos" en el Renacimiento; en la España del Siglo de Oro los jóvenes aristócratas tenían una manceba desde los doce años y en la época victoriana los libros “sólo podían estar juntos si los autores estaban casados”. Te contamos breves anécdotas, algunas divertidas, otras terribles, del peligroso ejercicio del adulterio.

Otro hombre nos pone lindísimas. Recientemente una encuesta indagó en las consecuencias físicas y psíquicas del adulterio y los resultados fueron llamativos, porque mientras las mujeres se ponen más lindas, los señores engordan y se arrugan y se sienten culpables. Al parecer las mujeres rejuvenecen con la infidelidad: el 47% de las encuestadas dijo que se preocupa mucho más por su aspecto al tener un amante; el 28% adelgazó y recuperó la línea; el 24% aseguró que su piel es más tersa y luminosa; el 52% sostuvo que la traición las equilibraba psicológicamente y el 26% confesó que no tenía ningún sentimiento de culpa. En el caso de los hombres, sucede lo contrario: el 32% de los varones dijo sentirse muy culpable por el adulterio; también el 32% aseguró verse con más arrugas, como envejecidos y el 24% de los señores constató haber engordado y sacado más panza.

Los primeros cornudos eran felices. En la antigüedad, en los países nórdicos, los gobernadores de las comarcas podían seleccionar a las mujeres con las que deseaban intimar. Cuando esto se producía, la puerta de la casa donde se encontraba el gobernador con la mujer elegida era adornada con los cuernos del alce, en señal de su presencia. Si la mujer estaba casada, su marido mostraba felizmente a sus vecinos el adorno, puesto que representaba un orgullo que el gobernador estuviese allí.

Papas en la cama. La gran mayoría de los Papas tuvo hijos, es decir, sexo, mucho sexo. Familias como Borgia, Médicis o della Rovere sólo en el Renacimiento, nos dan una clara idea de ello. Y muchos de ellos murieron por razones “sexuales”. Por ejemplo, Juan VII, (Papa nº 86, de 705 a 707), fue apaleado hasta la muerte por el marido de la mujer con la que se acostaba; León VII, (Papa n.º 126, de 936 a 939), murió de un ataque al corazón cuando practicaba sexo; Juan XIII (Papa n.º 133 de 965 a 972), también fue asesinado por otro marido engañado y Paulo II (Papa nº 211 dde 1464 a 1471), murió mientras era sodomizado por un paje.

"La carrera del libertino: el matrimonio", de Wiliam Hogarth (1733).


El matrimonio, un paso necesario para el adulterio. En la Roma antigua los hombres dedicaban sus afanes a la conquista de mujeres casadas, hasta tal punto que una mujer rica y aristocrática, no contraía matrimonio más que para alentar a los amantes.

¿No será mucho? El estoico Séneca protestaba contra las mujeres diciendo: “¿Dónde encontraréis una mujer tan humilde, tan pobre de espíritu  y tan tímida que sólo se contente con un par de amantes? ¿No es necesario que la mujer cuente las horas del día por el número de sus adulterios? ¿Qué necesite más de un día para visitar a sus favoritos, que cada uno la acompañe a la casa del siguiente?”.

Una ley de terror. La ley Julia castigaba a los adúlteros a la pérdida de sus bienes y al destierro. El emperador romano Augusto condenó a muerte a los amantes de su hija y de su nieta, juzgándolos como criminales y no como adúlteros y perdonó a su descendencia. Esta ley permitía que el padre matara a la hija y su amante si eran sorprendidos “haciéndolo” en su casa o en la casa del yerno, pero era imprescindible que los matara con su propia mano. Pero no permitía que el marido matara a su esposa de encontrarla en la misma situación que a su hija.

Te perdono pero se lo corto. En la España medieval el marido burlado tenía la facultad de perdonar o de ejecutar a los culpables, pero no podía castigar solo a uno de ellos y perdonar al otro. Hubo un caso de un caballero que sorprendió a su esposa en flagrante delito y arma en mano, tomó el sexo de su rival y “castrol de pixa et de coiones”, desgraciándolo para siempre. El marido fue condenado a muerte por perdonar a la mujer.

Instrucciones del Siglo de Oro para practicar la infidelidad: “Primero es abrazarla y retozarla,/ y con besos un rato entretenerla./ Primero es provocarla y encenderla,/ después de luchar con ella y derribarla./ Primero es porfiar y arregazarla,/ poniendo piernas entre piernas de ella/. Primero es acabar esto con ella,/ después viene el deleite de gozarla./ No hacer, como acostumbran los casados,/ más de llegar y hallarla aparejada,/ de puro dulce, creo, da dentera./ Han de ser los contentos deseados,/ si no, no dan placer ni valen nada,/ que no quien lo barato comprar quiera”.

Tengo un regalito. Se atribuye la invención del cinturón de castidad a los cruzados, quienes antes de partir a Tierra Santa colocaban estos aparatos a sus mujeres para asegurarse su fidelidad. Pero esto no es así. Fueron ellos los que conocieron en alguna alcoba de Tierra Santa estos accesorios al parecer inventados por los árabes. Los caballeros no tardaron en tomar la idea y comenzaron a regalárselos a su esposa en Italia, en el Renacimiento.

Cero sexo, ¿entendiste? Los cinturones de castidad eran metálicos, se colocaban entre los muslos de la mujer y tenían dos orificios que permitían evacuar la orina, las heces y la sangre menstrual e impedían la entrada de osados visitantes. Otras versiones sostienen que habrían podido ser utilizados por las mismas mujeres, en versiones más “prêt à porter” y durante cortos espacios de tiempo para protegerse de las violaciones. El médico escocés John Moddie apunta que se utilizaban para evitar la masturbación de las mujeres. Y en este punto llegamos a la infibulación, un invento del alemán S.G. Vogel en 1786 que consistía en encerrar en cajas portátiles ambas manos de las mujeres, con objeto de impedir la masturbación. De terror.

Esposa, manceba y querida. En la España del Siglo de Oro los jóvenes aristócratas tenían una manceba desde los doce o catorce años. Un hombre que no tuviera una amante no se consideraba hombre. Al crecer vivían amancebados con una mujer aunque estuvieran casados y los hijos naturales y los legítimos vivían y se educaban juntos ante la ¿paciencia? tolerante de la esposa que al parecer no sentía celos por la manceba puesto que la despreciaba, considerándola muy inferior a ella, la “señora”. La querida era la tercera mujer, casi siempre de la misma clase social del hombre, la que éste rondaba y amaba, y a la que la esposa, ahora sí, le hubiera arrancado los ojos.

"La carrera del libertino: la taberna", de William Hogarth (1934).

Más instrucciones del Siglo de Oro para ser infieles: “Aquel llegar de presto y abrazarla,/ aquel ponerse a fuerzas él y ella,/ aquel cruzar sus piernas con las de ella,/ y aquel poder él más y derribarla;/ aquel caer debajo y él sobre ella,/ y ella cubrirse y el arregazarla,/ aquel tomar la lanza y embocarla,/ y aquel porfiar de él hasta meterla;/ aquel jugar de lomos y caderas,/ y las palabras blandas y amorosas/ que se dicen los dos, apresurados;/ aquel volver y andar de mil maneras,/ y hacer en este paso otras mil cosas/ pierden con sus mujeres los casados”.

Una plaza acogedora, literalmente. Alejandro Dumas se casó con la actriz Ida Ferrer en 1840 y no fue por amor sino por la dote que ella aportaba y con la que podría saldar las múltiples deudas del escritor. Vívían en la misma casa pero separados, Ida en la planta baja y Dumas en el primer piso. Una noche de invierno el escritor fue al apartamento de Ida en busca del calor de la chimenea. Ella le abrió en camisón y con prisa para que se fuera, pero Dumas echó un vistazo por la estancia y encontró en el balcón a su amigo Roger de Beauvoir temblando de frío. Dumas le dijo a su amigo: "Roger, has turbado la paz de mi familia. Quiero perdonarte. Seamos magnánimos como lo eran los antiguos romanos, que cuando querían hacer las paces se reconciliaban en la plaza pública". Y tomándole la mano la colocó entre las piernas de su mujer añadiendo: "Ésta será nuestra plaza pública".

Exigente el tipo. Pierre de Brantôme, historiador francés, aventurero y mediocre escritor es recordado por sus libros Vida de las damas ilustres y Vida de las damas galantes en los que describe cómo debe ser una mujer hermosa y perfecta en un texto insólito: “Para que una mujer sea hermosa y perfecta debe tener treinta bellezas. Tres cosas blancas: la piel, los dientes y las manos; tres negras: los ojos, las cejas y las pestañas; tres rojas: los labios, las mejillas y las uñas; tres largas: el cuerpo, los cabellos y las manos; tres cortas: los dientes, las orejas y los pies; tres anchas: el pecho, la frente y el espacio entre las cejas; tres estrechas: la boca, la cintura y los tobillos; tres gruesas: el brazo, los muslos y las pantorrillas; tres sutiles: los dedos, los cabellos y los labios; y tres pequeñas: los pezones, la nariz y la cabeza”.

Que no se toquen ni los lomos. La sociedad victoriana se regía por los principios puritanos: vida discreta, ordenada, austera, metodismo religioso y conservadurismo político. El best seller de la época fue el Libro de etiqueta de lady Gough, una especie de manual del perfecto puritano. En aras del decoro se recomendaba no mezclar en una misma estantería los libros escritos por hombres y por mujeres sino que debían colocarse en bibliotecas separadas. Y, con la misma lógica, la tal lady sentenciaba que los libros “sólo podían estar juntos, si los autores estaban casados”.

Los venecianos la tienen más grande. Al terminar una reunión entre humanistas florentinos y venecianos en el siglo XV se tocaron temas más mundanos y el tema principal fueron las dimensiones de los atributos masculinos. Unos y otros alardeaban de sus atributos sin llegar una demostración empí¬rica. Visto los derroteros que tomaba la discusión, el florentino Poggio Bracciolini zanjó la polémica con estas palabras al decir. “Evidentemente los hombres mejor dotados son los venecianos, puesto que su miembro viril es de tales dimensiones que cubre enormes distancias. ¿Cómo se explicarí¬a sino que, aún permaneciendo varios años lejos de su hogar a causa de sus prolongados viajes por mar, se encontraran a su regreso con que son padres de dos y hasta tres criaturas?”.

Fuentes: Historias de la historia, de Carlos Frisas; Historias curiosas de la Medicina, de  Luciano Sterpellone; Erotismo en la historia, de Carlos Frisas.

Patricia Rodón

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Opiniones (3)
4 de Diciembre de 2016|11:28
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4 de Diciembre de 2016|11:28
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  1. bien Patricia.muy buena nota.
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  2. Después de leer todas las anecdotas, por cierto narradas de forma muy amena, me quedo ... con el presente. Qué bueno para las mujeres que las leyes y las costumbres hayan cambiado radicalmente.
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  3. interesantísima
    a esto nos tiene acostumbrados la autora, gracias por poner gracia y encanto en el debate que venía ramplon
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