Historias entre susurros

Como si el mundo empezara y terminara en su propio sexo, literalmente hablando, los hombres encerraron a las mujeres en cárceles físicas, religiosas, morales y sociales. Y encima lo pusieron por escrito. La historia está llena de palabras pronunciadas lánguidamente en una cama.

Nos encerraron en harenes y conventos, nos apedrearon y nos llamaron prostitutas, nos pusieron lacerantes cinturones de castidad, nos cosieron el sexo y nos quemaron por brujas.

La imaginación masculina no ha escatimado recursos para mantenernos el cuerpo vigilado y los ojos prisioneros, obedeciendo a uno de los miedos más profundos y ancestrales del varón: la infidelidad femenina.

Amenazados en lo más íntimo, respondiendo a un pánico oscuro y complejo, pusieron en práctica usos sociales atroces cuando el favor de una mujer, de “su mujer” recaía en otro hombre cuestionando así su virilidad.

Este cuestionamiento al “honor” tenía (y tiene, a juzgar por los crímenes malamente llamados pasionales que ensangrientan las páginas policiales de los diarios) una sola, definitiva e irreversible repuesta: la muerte de la “culpable”.

Fresco hallado en la Villa Imperial de Pompeya que representa una escena de gineceo.

El fuego, el agua y la muerte

Entre las numerosas maneras que encontraban los agraviados de castigar a la mujer estaba, además de la siempre “purificadora” hoguera, la ordalía del agua, ya que se consideraba que el agua acogería a una inocente y rechazaría a una culpable. Con una sutileza enorme, se arrojaba a la mujer sospechosa a la corriente de un río con una gran piedra atada al cuello; si se hundía y se ahogaba, era inocente, y si flotaba, cosa poco probable, se la declaraba culpable; que estuviera muerta era un detalle menor.

Un método emblemático es el que aplicaba el rey Schahriar de Las mil y una noches: por las dudas, ante el recuerdo del engaño de su primera mujer, mataba todas las mañanas a la nueva esposa que había tomado la noche anterior. Recordemos que la discreción no era lo suyo y que se casaba todos los días; la intervención de la locuaz Sherezade terminaría con estos mil y un asesinatos.

Como si el mundo empezara y terminara en su propio sexo (literalmente hablando) los hombres, primero y por las dudas, encerraron a las mujeres en cárceles físicas, religiosas y morales; luego, ante la evidencia, se sirvieron del estigma, la expulsión social y el hacha para condenar a las mujeres que se atrevieron a ampliar la conciencia de sí mismas, a amar a otro hombre y a usar su cuerpo como vehículo de conocimiento, libertad y amor.

“Los hombres respondieron ese mito masculino tan elemental y tan profundo de la mujer infiel, esto es, de la hembra despiadada y devoradora de hombres, insaciable; de la compañera mentirosa que en realidad no depende tanto de él como él siente depender de ella. Tal vez esta obsesión haya nacido de la fragilidad emocional de los varones y de su incapacidad para manejar y nombrar los sentimientos (este es uno de los precios que han pagado los hombres con el machismo”, escribe Rosa Montero en su antología La cita y otros cuentos de mujeres infieles.

"Ejecución de una mujer", obra anónima del barroco alemán del siglo XVI.

Los amenazados

En un rápido repaso por la historia de la literatura encontramos miles de relatos de mujeres infieles, textos en los que la infidelidad femenina está contada desde el miedo y el mito masculinos.

En estos textos, la infidelidad puede ser el motivo, el tema o el conflicto desencadenante y abarca desde el romance de Paris con Helena, la esposa de Agamenón, en la Iliada de Homero, hasta el encuentro de Mellors y Constanza, la esposa de Clifford, en El amante de lady Chatterley de D.H. Lawrence; del didáctico manual El arte de amar de Ovidio destinado a lectores interesados a complacer a sus amantes en el lecho, al triángulo amoroso de Julian Sorel, Madame de Rénal y Matilde de la Mole en Rojo y negro de Sthendal; del entendimiento entre la madre y el tío de Hamlet de Shakespeare, al de Ana, esposa de Alejandro Karenin, y Vronsky en Ana Karenina de Leon Tolstoi; de los amores cortesanos de la duquesa de Chevreuse en Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas, hasta las complejas relaciones de Justine, Nessim y Pursewarden en El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.

Los ejemplos son miles y mientras más lo pensemos, más amantes, adúlteras y mujeres infieles encontraremos tratadas literariamente de muy diversas maneras dada la complejidad del tema. Pero, en general, hallaremos significados muy precisos y dolorosos finales trágicos para las infieles. Entre ellos, el estigma social para Hester Prynne en La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne; la muerte de María Iribarne en El túnel de Ernesto Sabato o el exilio de Sabina en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera.

Y hay más obras, autores, géneros e intensidades: la relación entre David y Betsabé, mujer de Urías, en la Biblia; la trampa que Hefestos les tiende a Afrodita y Ares en la Odisea de Homero; los poemas de Catulo a su infiel Clodia; la célebre “afrenta de Corpes” en el Cantar de Mío Cid; los amores de Lancelot y Ginebra que relata Chrètien de Troyes; las licencias de Francesca da Polenta en el infierno de los lujuriosos en la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Y El casamiento engañoso de Miguel de Cervantes; La Celestina de Fernando de Rojas; Casa de muñecas de Ibsen; Bodas de sangre de Federico García Lorca; Los cuernos de don Friolera de Manuel del Valle Inclán; La de Bringas de Benito Pérez Galdós; Niebla de Miguel de Unamuno; Carmen de Prosper Merimée; El magnífico cornudo de F. Crommelynk; El gran Gatsby de Francis Scott Fiztgerald; Un tranvía llamado deseo de Tennesee Williams; Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa; Doña Flor y sus dos maridos de Jorge Amado.

Los ejemplos son miles y se multiplican como los deseos, las culpas y las relaciones peligrosas.

"El contrato matrimonial", de Nicolas Lancret (1738).


“¡Tengo un amante!”

La adúltera más famosa de la literatura es Emma Roualt de Bovary, el celebérrimo personaje de Gustave Flaubert, esposa de Charles Bovary y amante del pasante Leon y de Rodolphe Boulanger.

Madame Bovary fue publicada en 1857 y casi inmediatamente el fiscal Ernest Picard acusó a Flaubert de atentar contra las buenas costumbres ya que su “escandalosa” novela le resultaba “la glorificación del adulterio”.

Y citaba como ejemplo de su ruin propósito, el pasaje en el que Emma, después de su infidelidad, se mira en el espejo y se encuentra transfigurada: “Al mirarse en el espejo, se asombró de su cara. Nunca había tenido los ojos tan grandes, tan negros, tan profundos. (…) Se repetía: `¡Tengo un amante! ¡Un amante!´ deleitándose  en esta idea como en la de otra pubertad renacida. Por fin iba a poseer esos goces del amor, esa fiebre de la felicidad que había desesperado encontrar. Entraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis, delirio…”.

Donde el fiscal Picard del siglo XIX leyó una exaltación del adulterio, el lector de hoy, observa, como explica la académica Graciela Speranza, “una descripción precisa y sutil del arrebato romántico de una mujer sencilla y malcasada, tratando de emular los sentimientos de las heroínas de folletín”.

Sin embargo, pese a las acusaciones y defensas que sufrió Madame Bovary, Flaubert trató muy mal a Emma. Desde dos perspectivas de lectura completamente distintas, Benedetto Crocce dijo a propósito de la novela: “Pocos libros son tan despiadadamente pesimistas como Madame Bovary. Pese a ello, Emma Bovary, con quien el autor es inexorable, se hace amar por los lectores”.

Y la escritora Ana María Moix, por su parte opinó que “la impiedad de Flaubert con respecto a Emma no tiene límite (…). La crueldad de Flaubert empieza ya con al concebirla como una mujer enamorada del amor, que confunde los seres y las cosas con las palabras que los nombran y con las imágenes que los representan, y que, incapacitada para cualquier tipo de contacto con lo real, por fugaz que este sea, no puede amar nada exterior a sí misma”.

Es decir, tres críticos, desde tres épocas, escuelas y perspectivas diferentes ven lo mismo: Flaubert parodió, juzgó y condenó la necesidad femenina –pueril o reflexiva, honesta o culposa, real o imaginaria- de amar y sentirse amada, que no es lo mismo que serlo efectivamente.

"El flirteo del sirviente", de Nicolas
Lancret.
Relaciones peligrosas

Mientras la literatura, de una u otra manera, ha registrado a lo largo de la historia más que minuciosamente la infidelidad de las mujeres, poco se ha escrito sobre el adulterio masculino, aunque haya sido una práctica constante, habitual, milenaria.

En la mayoría de los casos se la menciona al pasar, como dato casi de color, como la ropa que llevaba puesta el personaje o qué comió en la cena, sin detenerse en el análisis de ningún tipo, sin registrar ningún tipo de conflicto espiritual o psicológico. Y mucho menos, claro, algún problema físico o disfunción sexual.

Por el contrario, suelen recrearse maratones sexuales masculinas, como por ejemplo y, valga la aclaración, en muy distintos registros, las del marqués de Sade, Henry Fielding, Curzio Malaparte, Henry Miller, Charles Bukowsky, Gabriel García Márquez o Bret Easton Ellis, entre otros, sin olvidar a los clásicos donjuanes, casanovas y libertinos de toda laya.

Inclusive en la celebrada Relaciones peligrosas de Pierre-Ambroise Choderlos de Laclos, que aparentemente solicita la misma libertad sexual para hombres y mujeres, condena a la condena de Merteuil y salva al libertino vizconde de Valmont, “redimido” por la culpa.

"Un beso ganó", de Jean Honoré Fragonard (1806).

Un pedazo de carne

Desde mucho antes de la Roma de los leones, los gladiadores y las mujeres de largos peplos según el último grito de la moda griega, el matrimonio, la unión de la pareja era cosa seria.

Desde el estoicismo como contexto, Séneca decía que el matrimonio es un intercambio de obligaciones desiguales y que la de la mujer era sobre todo la de la obediencia; que los esposos no debían hacer el amor más que para tener hijos ni acariciarse demasiado, ya que “no se puede tratar a la esposa como a una amante”. Y Epicteto enseñaba que “el adulterio es un robo” y que sustraerle la mujer al prójimo era como arrebatarle al vecino su porción de carne de la mesa.

Aunque en el plano de las ideas la infidelidad se consideraba tan grave en el hombre como en la mujer, en la práctica la moral cívica privilegiaba a los varones; de ahí, que los y las amantes estuvieran a la orden del día. Como ahora, como siempre.

“Más allá de los prejuicios machistas, en la infidelidad, sea de mujeres o de hombres, se juegan muchas otras cosas; sobre todo el deseo o el sueño de ser otro. Quién no ha sido infiel alguna vez en su vida, por lo menos mentalmente, imaginariamente. Quién no se ha proyectado en el amor de otro y, por consiguiente, en el diseño deslumbrante de una nueva vida”, se pregunta Rosa Montero.

Todos lo hemos hecho, hasta el fiscal Picard que condenó a Emma Bovary. Todos somos lo que no tenemos y el amor es una de las mejores formas de buscar lo que nos falta. La infidelidad es sólo una de sus variantes.

Patricia Rodón

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9 de Diciembre de 2016|07:17
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