¿Qué ves cuando me ves?: breve historia de la belleza

Cuando nos miramos al espejo, ¿cómo nos vemos?, ¿desde qué parámetros nos juzgamos bellos o feos, atractivos o misteriosos?, ¿a qué ideal de belleza respondemos? ¿A los prototipos clásicos, a los de consumo o a los propios? Mirate en esta nota.

"Hermes con el niño Dionisio", de
Praxiteles (ca. siglo III a.C.).

¿Qué es la belleza? ¿La pícara sonrisa en los ojos de un niño, un verso que traduce justo lo que uno siente o el silencio de un paisaje que nos deja sin aliento? ¿Acaso es una perfecta escultura clásica, una misteriosa miniatura medieval, una catedral desde la que se puede ver el cielo? ¿Es el redondeado cuerpo de una mujer, la energía debajo de la piel masculina o la armonía que equilibra sus rostros?

Cuando nos miramos al espejo, ¿cómo nos vemos?, ¿desde qué parámetros nos juzgamos bellos o feos, atractivos o misteriosos?, ¿a qué ideal de belleza respondemos, al de los prototipos de consumo hoy, al provocador de hace cien años, al artístico de hace dos siglos?

El concepto de belleza es tan amplio como vago, cambiante y en redefinición constante.

Asociada principalmente al arte, a lo largo de la historia la idea de belleza ha mutado como el arte mismo en virtud de las acciones y reacciones, modas y revoluciones con las que los artistas interpretaron, e interpretan, el pulso de su época.

Pero la idea de belleza es justamente, eso, una noción abstracta y su talante es subjetivo. Bella puede ser cualquier cosa cuya percepción nos proporciona placer, satisfacción, bienestar emocional a través de su forma, de su movimiento, de su armonía. Y los sentidos involucrados especialmente en esta apreciación personalísima son la vista y el oído.

Pero lo bello no es solamente algo que nos agrada, sino que también está vinculado a valores, ideas abstractas y subjetivas que responden a creencias determinadas por  mandatos de época. “La bellaza nunca ha sido algo absoluto e inmutable, sino que ha ido adoptando distintos rostros según la época histórica y el país”, señala Umberto Eco.

Desde las formas nutricias y sexuales de la Venus de Willendorf, hasta las pinturas rupestres de Altamira pasando por la belleza ideal del modelo platónico griego, en el transcurso de la historia de Occidente, lo bello y lo bueno han sido muchas veces sinónimos y el “hacer bien las cosas” era una de las funciones del arte.

"El hombre de Vitrubio", de Leonardo
(1492).

Lo bello es bueno

Pitágoras encontró una relación entre las matemáticas y la belleza en virtud de su simetría. Ésta y la noción de proporción se yuxtapusieron en el concepto de la representación de lo bello y cimentó lo que sería el canon clásico de belleza.

“El que es bello es amado, el que no es bello no es amado”, cantaba Hesíodo; Heráclito matizaba: “La belleza armónica del mundo se manifiesta como desorden casual”; Platón sentenciaba que la belleza es una manifestación de la verdadera belleza que reside en el alma y el oráculo de Delfos se pronunciaba con los mandatos de que “lo más justo es lo más bello” y el “de nada demasiado”, en consonancia con la idea de que la belleza era orden, verdad, cosmos, mientras que lo feo encarnaba el desorden, lo falso y el caos.

Este ideal griego, de que la belleza es armonía y proporción llegará hasta la Edad Media y atravesará toda la historia occidental.

Porque, además, la simetría como manifestación de orden sería asociada a la salud, a la perfección, a la sensualidad y a la juventud, de la que serían, más tarde, verdaderos intérpretes los grandes maestros del Renacimiento.

Pero lo bello nunca estuvo solo porque la existencia de “lo feo era necesario para la belleza”. De ahí la abundancia de bestiarios y de toda la serie de monstruos que crearan El Bosco, Brueguel, Giovanni da Modena, y Arcimboldo, entre otros.

“Desaparece la distinción entre proporción y desproporción, entre forma e informe, visible e invisible: la representación de lo informe, de lo invisible, de lo vago trasciende las oposiciones entre bello y feo, verdadero y falso. La representación de la belleza gana complejidad, se remite a la imaginación más que a la inteligencia y se dota de reglas nuevas. Por eso, la belleza manierista expresa un desgarramiento del alma apenas velado: es una belleza refinada, culta y cosmopolita como la aristocracia que la aprecia y encarga las obras (mientras que el barroco tendrá rasgos más populares y emotivos)”, escribe Eco.

"Las tres gracias", de Peter Paul Rubens
(1638).

“Existe una criatura recurrente a lo largo de los siglos en la evolución de la belleza: la mujer, que pasa por distintas representaciones: la dama angelical de Botticelli, la dama sensual medieval, la dama huidiza, la dama de belleza supersensible, la Venus, que adopta una paulatina mutación. (…) la mujer de belleza práctica de Vermeer, la mujer de belleza enigmática de Leonardo, la mujer de belleza huidiza o que se oculta de Velázquez, la mujer gracia o de belleza más inquieta, que encontramos en Durero y en los románticos. En el Barroco asistimos a una hermosura que está más allá del bien y del mal, que puede expresar lo bello a través de lo feo, lo verdadero a través de lo falso, la vida a través de la muerte”, reflexiona el crítico Antón Castro.

A comienzos del siglo XX serán las vanguardias las responsables de hacer de la belleza una provocación, o mejor, de proponer la “belleza de la provocación”, como el gesto demoledor de Marcel Duchamp, al exponer un mingitorio como obra de arte.

“El arte de las vanguardias no plantea el problema de la belleza. Se sobreentiende, sin duda, que las nuevas imágenes son artísticamente "bellas" y han de proporcionar el mismo placer procurado a sus contemporáneos por un cuadro de Giotto o de Rafael, precisamente porque la provocación vanguardista viola todos los cánones estéticos respetados hasta ese momento. El arte ya no se propone proporcionar una imagen de la belleza natural, ni pretende procurar el placer sosegado de la contemplación de formas armónicas. Al contrario, lo que pretende es enseñar a interpretar el mundo con una mirada distinta”, explica el semiólogo italiano.

"Retrato de Mae West", de Salvador Dalí
(1935).
La belleza del consumo

A diferencia de los siglos anteriores, durante la última mitad del siglo XX y esta década del XXI todos parecemos seguir los modelos de belleza propuestos por las revistas de moda, por el cine, por la televisión, es decir, por los medios de comunicación de masas. Se trata de los ideales de belleza del mundo del consumo comercial.

En su monumental ensayo Eco destaca que el cine propuso en los mismos años “el modelo de mujer fatal encarnado por Greta Garbo o por Rita Hayworth, y el modelo de "la vecina de al lado" personificado por Claudette Colbert o por Doris Day. Presenta como héroe del Oeste al fornido y sumamente viril John Wayne y al blando y vagamente femenino Dustin Hoffman. Son contemporáneos Gary Cooper y Fred Astaire, y el flaco Fred baila con el rotundo Gene Nelly”.

Es decir, que los medios ofrecen modelos de belleza tanto para los dotados naturalmente como para la proletaria de formas opulentas. “La esbelta Delia Scala constituye un modelo para la que no se corresponde con el tipo de la exuberante Anita Ekberg; para el que no posee la belleza masculina y refinada de Richard Gere, existe la fascinación delicada de Al Pacino y la simpatía proletaria de Robert De Niro”, anota el experto.

No se trata de presentar un ideal único de belleza: de la exuberante Mae West a la peligrosa anorexia de muchas modelos de pasarela, de la belleza de Naomi Campbell a la cara lavada al estilo de Julia Roberts; de un Rambo y un George Clooney, de un galán argentino como Joaquín Furriel a un emo adolescente, para Eco ya no es posible distinguir un ideal estético único, pues estamos ante un “sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza”.

De ahí que cuando nos detenemos frente a una obra de arte, podamos disfrutarla o no porque la belleza no es inherente a la obra de arte sino que está en nuestra mente, en nuestros de ojos de espectador atiborrado de influencias, saberes y prejuicios.

De la misma manera, cuando nos miramos al espejo nos hallamos más o menos bellos o feos, atractivos o misteriosos, hermosos o pasables, “normales” o “de poster”,  divinos o gauchitos, encantadores o simpáticos, puesto que nuestra subjetividad está cargada de valoraciones que tienen que ver con el gusto propio, pero también con la autoaceptación asociada al humor, lejos ya de los mandatos tradicionales, de los modelos del arte y de los medios y más cerca del bienestar emocional.

Fuentes: Historia de la belleza, de Umberto Eco; Historia de la fealdad, de Umberto Eco; Historia de las mujeres, comp. por Georges Duby y Michelle Perrot; Una historia de la belleza, de Antón Castro.

Patricia Rodón

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4 de Diciembre de 2016|11:28
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4 de Diciembre de 2016|11:28
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  1. Cómo me veo? No como quisiera verme. Hay mujeres que envejecen bien, como Jane Fonda (la de Gringo Viejo)... pero bueno, es Jane Fonda no es una común mortal, habrá que resignarse. Me causan estupor los cuerpos de las modelos de Las Tres Gracias. Si esas tres muchachas lindas tuvieran esas siluetas ahora, creo que se enclaustrarían en un gimnasio hasta salir transformadas. ¿Serían así todas las mujeres jóvenes o Rubens habrá tenido alguna razón para elegir sus modelos entre celulíticas?
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  2. YO ME SIENTO ATRACTIVA Y VALORADA. TENGO AUTOESTIMA ALTA EN ESE ASPECTO. ESTOY SEGURA DE MIS ENCANTOS , PERO NO EXAGERO. PERO LA INTELIGENCIA, LA CAPACIDAD, EL CONOCIMIENTO, TIENEN UN ASPECTO DE BELLEZA Y SEDUCCION QUE PODRIAN DEJAR EN SEGUNDO PLANO LA BELLEZA ESTETICA.
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