Entre la historia y la magia

Mendoza es tierra de escritores, artistas cuyas obras conforman un riquísimo patrimonio cultural que nos enorgullece. En esta entrega Marta Castellino nos habla de los paisajes de Lavalle y Malargüe y de los grandes autores que los cantaron.

Lavalle, tierra de presencias inquietantes

Acercarnos a Lavalle es remontar los siglos cauce adentro, hasta el corazón de la memoria: memoria de su pasado huarpe, que tuvo en torno de las Lagunas de Huanacache su asiento privilegiado, y también memoria del poblamiento hispánico y católico, de los misioneros que levantaron esas “catedrales del desierto” (Capilla de La Asunción, Capilla de Nuestra Señora del Rosario) que aún perduran en medio del silencio ancestral.

Entre lo hispano-criollo y lo indígena, la voz del desierto se hace oír aún en las leyendas, en los relatos y poemas que todavía hoy la tradición oral atesora. Y late también en la obra de aquellos autores que han hecho de esta zona el norte privilegiado de sus anhelos literarios, como es el caso de Draghi Lucero.

Y también de otros, como Antonio Di Benedetto, Rolando Concatti, Gregorio Manssur... que se ocupan de estas tierras en algunas de sus obras.

El turismo rural en Lavalle invita a degustar comidas típicas y admirar bellos paisajes propios del desierto. Los médanos de Los Altos Limpios y la reserva de los Bosques Telteca son sitios donde se puede observar la fauna y la flora ricas del monte. También son atractivos para el viajero las “Catedrales del desierto lagunero de Huanacache”, como la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, de San José o de La Asunción, que albergan importantes festividades religiosas.

Geografía de tierra reseca (verdadero Cuyum de la sed y las arenas); de fauna huidiza, casi únicamente visible a través de esas catas bullangueras cuyos nidos decoran en profusión los árboles lugareños; de flora pobre y achaparrada, que florece sin embargo en amarillos y espinas, con el chañar, con el retortuño.

Un sistema hidrográfico modificado tanto por la mano del hombre (desvío del curso del río hacia tierras labrantías), como por causas telúricas (movimientos que afectaron la topografía de la zona. Una economía pastoril, arcaica, que nos retrotrae cientos de años en alucinado retorno a los orígenes, a la mítica Pachamama –Señora de los multiplicos– diosa indígena de la fecundidad: Madre Tierra.

Podemos visitar las Lagunas del Rosario y su Capilla en sus días bulliciosos, cuando la celebración de Nuestra Señora congrega una multitud de fervorosos y de curiosos: días mágicos, propicios a todos los rituales... los de la fe pero también los del amor y el vino.

Días en los que se asiste a una suspensión del tiempo ordinario para ingresar (oh Pachamama rediviva) en un círculo sagrado donde se exalta por sobre todo la fecundidad de la tierra, junto a la celebración de la Madre de Dios.

Noches del Bordo Negro, donde afloran antiguas supervivencias paganas, agazapadas entre la bebida y los bailes. Noches estrelladas del desierto, profundamente oscuras en su abismante sugestión de misterio, poco antes iluminadas por los fuegos artificiales y las Vivas a la Virgen del Rosario.

Pero podemos ir también en invierno, cuando la soledad y el frío hacían todavía más hondos el desamparo y el silencio: paredes de adobe marcadas por los surcos del tiempo, que aún no habían recibido su bautismo de cal, para disponerse –ellas también– a la fiesta. Puertas cerradas, campanas silenciosas.

Vísperas de todo: de la fe, de la alegría, de la vida misma. Sólo un sitio paradójicamente alegre: el cementerio vecino a la Capilla (justo enfrente del Reprofundo donde lloran las velas los lunes, días de ánimas), con sus humildes coronas de flores de papel, brillantes y coloridos testimonios de piedad en ese humilde camposanto lagunero.

Podemos visitar también el pueblo de La Asunción y su antigua Capilla y saber por boca de sus lugareños de la profunda sabiduría ancestral que dispone que aquellos que han nacido y muerto en la tierra reposen en un lugar diferente de los que no son nativos de la zona; he aprendido también que las almas, en las profundas noches del desierto, requieren de nosotros el regalo de botellas de agua, ofrendas votivas que sellan la continuidad de nuestros mundos, que desdibujan la frontera de lo sobrenatural.

O podemos escuchar el viento en Los Altos Limpios (¿será acaso el legendario Hachador, el espíritu solo de una tierra en sufrimiento?). Y ante la estricta desnudez de arena, comprender que existe también la belleza del vacío, de lo inexistente... el encanto casi abstracto de un paisaje que, sin ofrecer nada a los ojos, eleva insensiblemente el alma a la meditación del misterio...

Estos médanos, ubicados a 130 kilómetros de Mendoza capital y a solo pasos de la ruta 142, se encuentran dentro de las 24.000 hectáreas que comprende la Reserva Faunística y Florística Telteca, encargada de proteger la flora y fauna de la formación de monte; alcanza una altura de hasta 15 metros de arena sin vegetación. En ellos podremos disfrutar hermosos atardeceres, en los que todo el lugar se tiñe de tonos rojos que van transformándose poco a poco en los ocres y amarillos característicos del desierto.

Malargüe: la magia de la voz y la memoria

El topónimo “Malargüe” proviene de dos vocablos mapuches: malal (corral o barda: pequeña elevación natural del terreno que permitía a los aborígenes encerrar a los animales) y hue (lugar).

La región es un tesoro geológico y paleontológico mundial, ya que fue tierra de dinosaurios y animales marinos, cuando la zona estaba cubierta por un brazo de mar, proveniente del Atlántico, hace 70 millones de años (período cretácico).

En 1752 el P. Bernardo de Havestad llega a Malargüe, pero desiste de evangelizar por la belicosidad de los indios. El 30 de abril de 1877 se crea el Departamento y el 20 de febrero de 1886 se firma el decreto de creación de la Villa, hoy Ciudad de Malargüe, por parte del gobernador Rufino Ortega.

Malargüe es tierra de contrastes. Así como la Payunia nos permite más bien leer el libro de la naturaleza antes que las creaciones humanas y nos remonta hacia un pasado inmemorial, el Planetario y el Observatorio de Rayos Cósmicos “Pierre Auger” nos abren nuevas perspectivas de acceso a galaxias y fenómenos ignotos, nos abisman en la contemplación del universo todo

El ingreso de Malargüe a la literatura de Mendoza se produce en primer lugar en función del rico patrimonio legendario vivo aún en la tradición oral e íntimamente asociado a un paisaje de hermosura subyugante (el Pozo del as Ánimas, la Laguna de la Niña Encantada...), que acaba imponiéndonos, por la sola fuerza de su presencia, antes el silencio que la palabra.

Pero en ese contexto natural surgen las historias, trágicas o risueñas, en sus versiones tradicionales o bien recreadas por los poetas.

Precisamente, Alfredo Bufano, el poeta cantor de Mendoza se sintió deslumbrado por el paisaje malargüino y lo celebró en sus versos, y también prestó oído a los rumores legendarios que despiertan ciertos hitos de la historia de la región, como los sucesos ocurridos  en el paraje denominado Chacay.

También Abelardo Arias, empedernido viajero, dedica varias páginas de sus diarios a evocar los momentos incomparables vividos en estas tierras, tan propicias al misterio. No olvidemos que la antigua leyenda de la Ciudad Perdida, de incontables riquezas, toda de oro y piedras preciosas fue en alguna ocasión ubicada en el sur mendocino.

Historias de riquezas, o de tesoros ocultos, como los del bandido Pincheyra, legendario visitante procedente de allende los Andes, que ha dejado huella en la toponimia y también en el imaginario colectivo de la zona. Historias que se relacionan igualmente con la denominada “literatura de fronteras” y que tienen que ver con la posición de Malargüe como avanzada de la conquista del desierto, tal como las que Juan Draghi Lucero recrea en sus Andanzas cuyanas.

De ese período de nuestra historia data la construcción del Fortín “El Alamito”, ubicado sobre el camino entre Coihueco y El Chacay, cuya historia nace en 1876, cuando el teniente coronel Luis Tejedor fundó un fuerte con el nombre de “General San Martín”, en el paraje El Alamito, denominación que prevaleció con el tiempo. Diez días permaneció allí Tejeda, y desde allí se trasladó al pequeño fortín de El Nihuil. A partir de esa fecha, el Fortín El Alamito quedó a cargo del entonces sargento mayor Saturnino Torres, también evocado por Bufano en uno de sus romances históricos, al que se le dio una dotación de cinco oficiales y 150 soldados.

El denominado “Fortín Malargüe”, por su parte, es una construcción de piedra ubicada a unos cinco kilómetros de la Villa Cabecera y si bien no existió allí dotación permanente de fuerzas militares, sí se documenta que el 13 de marzo de 1833 acamparon allí por un día los efectivos dela primera Expedición al desierto.

Otro topónimo de interés pro su relación con una leyenda, y también con la literatura es el cerro Tinguiririca, ubicado en las proximidades de valle Hermoso. Sobre el origen de su nombre existe una antigua leyenda que solían contar viejos puesteros del sur, quienes decían que se le llamaba “tinguiririca” a una raza de indios de muy reducida estatura y que vivían aislados en cuevas existentes en la cordillera llamada Las Choicas.

Estos enanos eran mineros, ya que se dedicaban a la recolección de pepitas de oro, por ser el material más pesado, y lo utilizaban para hacer balines destinados a sus huaracas  u hondas de revoleo. Por eso eran muy temidos por los indios puelches, ya que tenían muy buena puntería. Por esta razón, las tribus enemigas se vieron obligados a construir una pared de piedra, que nos enanos no podían saltar. Durante el invierno, los tinguirircas vivían en una población subterránea. Juan Draghi Lucero nos da una colorida y humorística reconstrucción de la vida cotidiana de estos primitivos pobladores, tomando como eje precisamente su baja estatura.

También es sumamente rico el patrimonio musical tradicional del departamento, representado por las que se ha dado en llamar “las cantoras de Malargüe”. Precisamente, desde la Dirección de Patrimonio Histórico-Cultural de la Subsecretaría de Cultura de Mendoza, en conjunto con la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Malargüe, se está llevando a cabo un proyecto que tiene como objetivo la documentación, investigación, difusión y revalorización de esta tradición.

(*) La autora de la nota es doctora en Letras, directora del Centro de Estudios de Literatura de Mendoza y vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo.

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2 de Diciembre de 2016|21:09
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2 de Diciembre de 2016|21:09
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  1. Aaahhh, me encantó esta nota. Felicitaciones a su autora.
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