Maternidad: una guerra que ganaron las mujeres

En la antigüedad el parir un niño no le daba la categoría de madre a ninguna mujer. El nacimiento era un hecho mucho más complejo. La anticoncepción, el aborto, el abandono de niños y el infanticio eran prácticas usuales y legales.

Ser madre de familia siempre ha sido una prisión estrecha, pero honorable. La mayoría de las cosmogonías y mitologías antiguas unen a la mujer al concepto fertilidad y reproducción; desde las primeras representaciones artísticas, como la paleolítica Venus de Willendorf, pasando por los arquetipos cristianos antagónicos de Eva y María, la primera condenada a “parir con dolor” y la segunda que engendra un niño sin intervención humana; una, sexual, desobediente y seductora; otra, asexual, obediente y venerada.

La famosa Venus de Willendorf, de 27.000 años de antigüedad, fue hallada en 1908. El año pasado se encontró a la Venus de Hohle Fels, que tiene 40.000 años.

Asociada desde el principio de los tiempos a la tierra y a las diosas de agricultura, de las cosechas, de la fertilidad, de la prosperidad, la abundancia y por ende, del nacimiento y de la maternidad -como la Ceres griega (la Démeter romana) semejante en atributos a la Anat de los pueblo semitas, la Aneneth egipcia, la Anu celta, la Anahit armenia, la Astarté siria, la Tanit cartaginesa, o la Pachamama quechua, entre otras-, la mujer es símbolo de fertilidad en tanto que protagonista y responsable de la reproducción mientras que el hombre era un espectador más o menos pasivo.

De ahí que diferentes culturas de la antigüedad glorificaron la figura materna desde las primeras etapas de su evolución. Las numerosas  estatuillas femeninas del Paleolítico talladas en hueso o en piedra, todas de exageradas formas nutricias y sexuales, divide la opinión de los arqueólogos, quienes se preguntan si existió un culto a la fecundidad y a la mujer en virtud de una organización matriarcal de la sociedad.

Desde siempre, la maternidad siempre ha estado ligada al rol femenino que conlleva a actividades relacionadas con la reproducción y la crianza de los hijos. Pero para la psicología moderna, “ser madre se hace, no se nace” ya que es una construcción cultural que comienza en el seno familiar desde la primera infancia. ¿Pero cómo llega a nosotros esta concepción? ¿Dónde se origina? Repasemos algunos datos.

Una parturienta, sentada en una silla, es asistida por dos comadronas. Sirvientas dan el primer baño al recién nacido. Las imágenes pertenecen a sendos sarcófagos del siglo I.

Parir no convertía en madre a ninguna mujer

Mientras en la antigua Roma la ley otorgaba a las madres de tres hijos un privilegio por haber cumplido con su deber, éstas también eran una herramienta al servicio del oficio de ciudadano y del jefe de familia: hacía hijos y aumentaba el patrimonio.

La esposa era uno de los elementos de una familia, que comprendía por igual a los hijos, a los libertos, los clientes y los esclavos. “Si tu esclavo, tu mujer, tu liberto o tu cliente se atreven a replicarte, montas en cólera”, escribe Séneca. Si un jefe de familia debe tomar una gran decisión reúne al consejo de sus amigos” en lugar de discutir el tema con su mujer.

Para los hombres romanos, una mujer era un niño grande que debía cuidarse a causa de su dote y de su padre, era una eterna adolescente, caprichosa: un marido es el dueño de su mujer, como de sus hijas y de sus criados. Si la mujer le era infiel era una desgracia, lo mismo que si una hija quedaba embarazada o un esclavo no realizaba sus tareas.

En la Roma pagana el sólo hecho de parir un niño no le daba la categoría de madre a ninguna mujer. El nacimiento era un hecho mucho más complejo, ya que un recién nacido adquiría categoría de hijo en tanto que fuera aceptado por el jefe de familia, es decir, el padre.

Un ciudadano romano no “tenía” un hijo sino que “tomaba” un hijo: inmediatamente después de nacido, el padre tenía la prerrogativa de levantarlo del suelo donde había sido depositado por la comadrona. Para tomarlo en sus brazos y manifestar así que lo reconoce.

En la Roma clásica la anticoncepción, el aborto, la exposición de niños de origen extraconyugal y en el infanticio del hijo de una esclava eran prácticas usuales y perfectamente legales. Sólo siglos más tarde, con la llegada de la nueva moral estoica y el cristianismos estas costumbres serían al comienzo mal vistas y luego, ilegales.

De ahí, el hecho de que el padre alzara a su hijo y lo reconociera, también convertía en madre a la mujer que lo había parido, sentada en una butaca especial, lejos de cualquier mirada masculina. Pero no antes.

El padre de familia era quien aceptaba o
no al niño. (Fresco hallado en Pompeya).

Niños abandonados

Si el hombre no reconocía al niño, no lo levantaba del suelo; esto significaba el bebé debía ser “expuesto” ante la puerta de la casa, abandonado en un basurero o en las afueras de la ciudad, para que lo recogiera quien lo deseara.

El recién nacido también sería expuesto si el padre ausente había ordenado a su mujer que lo hiciera. Del término, expuesto, del verbo exponer, ha llegado hasta nosotros, el concepto de “niño expósito”, es decir, niño abandonado.

Esta práctica continuó a lo largo de la historia hasta hoy de formas más caritativas, como la práctica medieval de dejar a los bebés en el torno o en el atrio de una iglesia; en las inmediaciones de los hospitales o, como hace más de dos mil años, en los basurales y cloacas.

En Grecia se exponía con más frecuencia a las mujeres que los varones, pero en Roma también se exponía o se ahogaba a niños con malformaciones; al hijo de una hija que hubiera cometido una “falta” o al niño fruto de una infidelidad conyugal, o de la sospecha de infidelidad.

El abandono de hijos legítimos era una práctica cultural que atravesaba a todas las clases sociales: los pobres exponían a los hijos que no podían criar; personas de la que hoy llamaríamos clase media exponían a los hijos que podían educar; y los ricos se deshacían de los hijos que podrían perturbar disposiciones testamentarias ya adoptadas en lo referente al reparto de la sucesión.

Numerosos personajes de la historia legendaria occidental, que luego la literatura hizo célebres, fueron expuestos. Este es el caso del Moisés bíblico, “salvado de las aguas” y criado por la hija del faraón; de los abandonados Rómulo y Remo amamantados por Luperca, la loba romana; de Edipo, quien fue salvado de la muerte al nacer gracias a la piedad de un esclavo que lo expuso en el monte donde fue hallado por un pastor; de Paris, el príncipe troyano que amaría a Helena, quien fue abandonado en el Monte Ida pero rescatado por un criado que lo crió como a su hijo. Shakespeare, Henry Fielding, Charles Dickens, Victor Hugo, Rudyard Kipling, entre decenas de autores, retoman el tema y muchos de sus personajes son o han sido niños expósitos.

La madre da de mamar al bebé, observada por su marido. (Detalle de un sarcófago del siglo II).

“Bebé”, una palabra moderna

Es lógico pensar, que los niños abandonados no sobrevivían: morían de hambre y de frío o eran devorados por los animales si nadie los recogía a tiempo. En ocasiones, la exposición era una puesta en escena: sin que el marido lo supiera, la madre lo entregaba a vecinos o esclavos para que lo criaran.

Todo esto era posible porque para la antigua civilización clásica, un niño era un proyecto de persona, no una persona; antes de la modernidad era un “adulto pequeño” y la infancia en sí misma no era reconocida como tal; era parte del engranaje social y se lo iba formando para ser adulto y ayudar a conservar el grupo social al que pertenecía.

Inclusive el término “niño” no tomó su acepción moderna sino hasta el siglo XVII y recién en el siglo XIX se incorporaría la palabra “bebé”. El castellano incorporó la palabra francesa bebé, tomada a su vez de inglés baby que los galos de finales del siglo XVIII pronunciaban “bebe”. Se trata de una onomatopeya que imita el balbuceo de los recién nacidos.

Fuentes: Historia de la vida privada, dirigida por Philippe Ariès y Georges Duby; Historia de las mujeres, dirigida por Georges Duby y Michelle Perrot.

Patricia Rodón

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2 de Diciembre de 2016|16:32
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2 de Diciembre de 2016|16:32
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  1. y muy instructiva. Cómo me gustaría conocer una partecita de todo lo que vos sabés!
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