Piedras en la boca

Competencia, envidia, ira, vanidad, soberbia son apenas algunas de las marcas que permiten reconocer a un escritor desde lejos. Aquí te contamos los vicios, debilidades y odios entre los más célebres autores de todos los tiempos.

Ninguna pasión les es ajena, necesitan ponerlo todo por escrito y publicarlo, venderlo y pasar con más o menos gracia a la posteridad. Como por ejemplo, Demóstenes que se ponía guijarros en la boca para mejorar la dicción, ya que tartamudeaba y no podía pronunciar la letra “p” o Dostoievski que trabajó simultáneamente en la escritura de El jugador y Crimen y castigo.

Otros, como Wells, uno de los iniciadores de la ciencia ficción, sentía tanta envidia por Jules Verne, que descartó la fabricación de submarinos; o como Charles Darwin que llevaba trabajando catorce años en El origen de las especies mediante selección natural pero cuando supo que otro naturalista estaba escribiendo sobre la teoría de la evolución, se apresuró a publicar su obra.

La fábrica de novelas. El famoso novelista francés Alexandre Dumas (1802-1870) tenía un taller de novelas de fórmula, en donde “negros” literarios trabajaban para él por un sueldo mísero y la comida.

El precio de la palabra. El poeta chino Li Tai-Po (701-762) fue tan admirado que el emperador mismo sostenía su tintero y cuando bebía le escanciaba vino, base de su inspiración. El emperador lo premió entregándole una orden con su sello real que obligaba a los comerciantes de todo el reino a regalarle vino al poeta.

Anónimos célebres. En general se ignora que personas famosas son las autoras de ciertos artículos en las enciclopedias. Hoy se sabe que Lenin fue autor de diversas entradas en varios libros y en la Enciclopedia Italiana el artículo sobre fascismo fue redactado por el propio Mussolini.

Deudas y más deudas. Honoré de Balzac (1799-1850), padre del realismo francés, tuvo mucho éxito con sus novelas pero obtuvo comparativamente pocos beneficios, pasó la mayor parte de su vida acuciado por deudas y nunca consiguió un puesto en la Academia Francesa de la Lengua, pese a intentarlo en diversas ocasiones.

Piedras en la boca. El orador griego Demóstenes (384-322) introducía guijarros en su boca para mejorar la dicción, ya que tartamudeaba y no podía pronunciar la letra “p”. Además, tenía problemas de escritura y pésima ortografía. Decidido a corregirse, copió íntegramente ocho veces De bello Peloponensio (Historia de las guerras del Peloponeso) de Tucídides. Al finalizar, dominaba perfectamente la escritura y la redacción.

Disociación. Fiodor Mijailovich Dostoievski (1821-1881) trabajó simultáneamente en la escritura de El jugador, de tema humorístico y satírico, y Crimen y castigo, uno de los dramas más sobrecogedores e intensos de la literatura. Sus biógrafos dicen que destinaba la mañana a trabajar en una obra y la tarde a se dedicaba a escribir la otra.

No me hagas caso, Max. En su testamento, el austriaco Franz Kafka (1883-1924) ordenó a su amigo y albacea Max Brod que quemase los manuscritos de sus novelas inéditas. Sin embargo, Brod pensó que esa última voluntad no era genuina, pues Kafka sabía que él no haría nunca algo así y concluyó que no tenía que respetar tal petición. Esto es lo que ha permitido que llegaran hasta nosotros Der Prozess (El proceso), Das Schloss (El castillo) y Amerika (América).

Malditas editoriales, malditos críticos. Hans Christian Andersen (1805-1875), hoy maestro del género de literatura fantástica infantil, llevó sus manuscritos a todas las editoriales de Copenhague pero fue rechazado sin excepción. Convencido del valor de sus cuentos, el escritor pagó de su bolsillo la primera edición de su libro. Sus obras fueron censuradas y criticadas por considerárselas perjudiciales para los niños.

Cero en literatura. Émile Zola (1840-1902), considerado el maestro del naturalismo francés y uno de los mayores literatos de todos los tiempos, obtuvo en el colegio un cero en la asignatura de Literatura.

El visionario. Jules Verne (1828-1905) fue precursor de la ciencia ficción y de muchos inventos. Su segunda novela, tras el éxito arrollador de Cinq semaines en ballon (Cinco semanas en globo), fue Paris au XXe siècle (París en el siglo XX), y se la consideró tan fantástica que no consiguió publicarla en vida. En ella profetizaba cosas “que nadie podría creer”, en palabras de su editor, como por ejemplo, los trenes automáticos, el fax, la iluminación nocturna de las ciudades y entre otras cosas hoy corrientes.

Ahogado en la envidia. Herbert George Wells (1866-1946), uno de los iniciadores de la ciencia ficción y abierto a todo tipo de avances e inventos, descartó la fabricación de submarinos. Esto no se debió a falta de visión, sino a la envidia que le tenía a Jules Verne, quien en Vingt mille lieues sous les mers (Veinte mil leguas de viaje submarino) describía en detalle este medio de locomoción.

Selección natural. Charles Darwin (1809-1882) llevaba trabajando catorce años sin sentirse satisfecho y demorando la publicación de On the Origin of Species by Means of Natural Selection (El origen de las especies mediante selección natural). Cuando recibió un manuscrito del naturalista Alfred Russell Wallace, que también trabajaba en la teoría de la evolución, Darwin  publicó su obra para evitar el riesgo de que Wallace se le adelantara.

Todos nos equivocamos. Karl Marx (1818-1883) estaba convencido de que la influencia de sus obras Manifest der Kommunistischen Partei (Manifiesto del Partido comunista) y Das Kapital (El capital), que explicaban su teoría económica y su interpretación materialista de la historia, sería mayor en Occidente y que en Rusia sus libros no tendrían el menor impacto.

El plagio paga. La famosa novela Ben-Hur (A Tale of the Christ), de Lewis Wallace (1827-1905) sirvió para uno de los mayores fraudes de los que se tiene noticia en el mundo editorial. El reverendo presbiteriano William D. Mahan copió literalmente grandes fragmentos de la obra de Wallace e intentó hacerlos pasar por la traducción de un manuscrito original recientemente descubierto sobre la vida de Cristo. Publicó el material bajo el título de Archko Volume (El volumen Archko) en 1886 y, aunque pronto se supo la verdad, se siguieron vendiendo ejemplares masivamente hasta 1976, pues mucha gente cree aún que lo que en él se cuenta sobre la vida y personalidad de Jesús es totalmente cierto.

Un asesino ilustrado. Ben Jonson, dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, mató en duelo a un rival. En su defensa en el juicio, alegó el “derecho de clerecía”, que indicaba que él sabía leer y escribir y que era un crimen social matar a alguien que tuviera tales habilidades. Jonson fue absuelto.

Escribir, un ejercicio menor. El gran astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) consideraba por debajo de la dignidad de un aristócrata el escribir libros y meditó mucho antes de redactar su pequeño tratado titulado De nova stella, anno 1572 (La nueva estrella, año 1572) sobre una estrella de la constelación de Casiopea que estalló en dicha fecha.

Fuentes: Libro de los libros: mil curiosidades sobre el más fascinante de los mundos, de Enrique Gallud Jardiel; Sobre libros y otras curiosidades, de Fernando Cantalapiedra Erostarbe; Historias de la historia, de Carlos Fisas; www.papelenblanco.com.

Patricia Rodón

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3 de Diciembre de 2016|10:18
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