La bella durmiente fue violada

Entre la agonía y el éxtasis, la brillantez y la estupidez, quienes crearon, coleccionaron y leyeron libros a lo largo de la historia hicieron todo tipo de genialidades y tonterías. Si te gustan los datos raros, las extravagancias y los chismes literarios, esta es tu nota.

Siempre la realidad supera la ficción. Así lo demostró Adolf Eichmann cuando confesó que nunca había leído Mi lucha, de Hitler, porque era un libro demasiado aburrido. O el regalo que recibió la autora de La cabaña del tío Tom, Harriet Beecher Stowe, a quien le enviaron un macabro paquete que contenía la oreja de un esclavo negro.

Y en la misma ficción dentro de la ficción la realidad se impone con crueldad. Como en la primera versión del cuento medieval La bella durmiente, en la que no hay príncipe gentil ni beso con final feliz; en esta versión un hombre encuentra a la mujer dormida, la viola y desaparece; meses después, ella da a luz a dos gemelos, que serán quienes la despierten con su llanto. Del príncipe, ni rastros. Y vamos por más rarezas.

Camellos en orden alfabético. Abdul Kassem Ismail (938-995), Gran Visir de Persia, poseía una biblioteca de 117.000 volúmenes de los cuales nunca se separaba. Cuando viajaba los transportaba en 400 camellos en una caravana; los camellos estaban colocados en el orden alfabético de los volúmenes que transportaban para facilitar la consulta durante cualquier alto en el camino.

Te invito a mi presentación. Las presentaciones de libros y las giras para su promoción no son un invento moderno. En la antigua Roma, los editores colocaban en las puertas de sus tiendas listas con los títulos de sus libros y reseñas de su contenido. En las mismas “librerías” se organizaban tertulias y lecturas públicas del autor para dar a conocer los nuevos libros y aumentar las ventas.

El secreto de los monjes. En la elaboración de libros manuscritos que tenía lugar en los monasterios medievales la copia propiamente dicha del texto no era la parte esencial del proceso. Se daba gran valor al miniado y a la ilustración con miniaturas. Los monjes dedicaban largas horas a cortar el pergamino si era nuevo o rasparlo si era usado, a rayar las hojas con un punzón, a cortar las plumas de ave, a preparar los pinceles y a elaborar las tintas.

Un artículo de lujo. Los reyes en la Edad Media hacían gala de su generosidad regalando a las bibliotecas de los conventos un ejemplar de un libro. Los elevados precios de los artistas que elaboraban la copia y la competencia entre los copistas más apreciados hacían los reyes sólo pudieran encargar un ejemplar de cuando en cuando.

Los títulos al final. Los títulos que aparecen al principio de los libros no siempre han estado ahí. Cuando se escribían en rollos de pergamino manuscritos, el título de la obra -que no siempre existía- aparecía al final del texto, puesto que de esa manera, al ser la parte que menos se tenía que desenrollar, era la más protegida y la que menos se deterioraba. El añadirlo también en la parte exterior para que pudiera reconocerse el rollo entre otros fue una idea posterior.

Aguanten las minúsculas. Los copistas medievales descubrieron que uniendo los caracteres y no levantando la pluma del papel lograban mayor velocidad en la escritura. Además, las letras minúsculas eran de menor tamaño y necesitaban menos movimientos de la mano para su trazo, lo que reducía el cansancio del amanuense. De esta forma, las letras comenzaron a deformarse y a simplificarse, creando lo que hoy consideramos minúsculas. En el siglo IX, para evitar confusiones, se comenzó a separar una palabra de otra, cosa que no se hacía en tiempos más antiguos.

Te la hago más difícil. La novela Gadsby, de Ernest Vincent Wright (1872-1939), tiene cincuenta mil palabras y no aparece ni una sola vez la letra "e". El autor ató la tecla "e" de sus máquina de escribir para evitar lapsus no deseados. Este caprichoso procedimiento literario se llama lipogramacia y es muy antiguo. El poeta y gramático griego Trifiodoro (siglo V) escribió una Odisea lipogramática sin la letra alfa en el primer libro, sin la beta en el segundo, etcétera. Los críticos no apreciaron su esfuerzo y le recomendaron que quitara también todas las otras letras de su obra.

Gutenberg no inventó la imprenta. Se afirma que la imprenta de tipos móviles fue inventada por Johann Gensfleisch Gutenberg (1397-1468), pero esto no es así. Esta forma de impresión era usada en la antigua China desde el año 960 (empleándose tipos de madera, cerámica, estaño y bronce). Su uso no se generalizó debido el elevado número de signos empleados por los chinos, pues se necesitaban de 4.000 a 5.000 caracteres diferentes para componer un libro.

Libros de bolsillo. En el siglo II los romanos tenían unos pequeños libros denominados "pugilares", en forma de códice, que se podían transportar con facilidad. En los siglos XVI y XVII los libros de pequeño tamaño que podían llevarse en los viajes fueron uno de los mejores negocios editoriales.

Faltó un datito. El Liber chronicarum, conocido como la Crónica de Nuremberg, esbozo de enciclopedia de la historia europea en tres volúmenes publicada en 1493 y redactada por Hartman Schedel (1440-1514), fue considerada la obra de esta clase más “completa” de su tiempo. Paradójicamente no contiene una sola palabra sobre el viaje de Cristóbal Colón ni sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo.

La bella durmiente fue violada. En su versión de Belle au bois dormant (La bella durmiente del bosque) Charles Perrault (1628-1703) eligió un final feliz para la princesa. Pero en la versión más antigua, de Giambattista Basile (1575-1632), Il Pentamerone (El pentamerón), el príncipe encuentra a la bella dormida, la viola y desaparece. Meses después, ella da a luz a dos gemelos, que serán quienes la despierten. Del príncipe no se vuelve a saber nada.

Aburrido. Cuando Adolf Eichmann fue procesado en Jerusalem, aseguró que nunca había leído Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler, ni conocía los postulados que se difundían en tal obra y explicó que sus compañeros nazis le habían desaconsejado su lectura por ser un libro demasiado aburrido.

Piel y huesos. Un asesino estadounidense escribió su autobiografía y la encuadernó con piel humana; este escalofriante detalle es el capítulo final de su volumen. En el monasterio budista de Taksang, en Bhután, hay un libro de páginas negras escritas con tinta blanca fabricada con las cenizas de los huesos de un venerado lama.

Libros encadenados. En la Edad Media, los libros tenían que ser utilizados en la misma biblioteca y para evitar robos estaban fijos por medio de cadenas. Por esa razón se les denominaba libri catenati (libros encadenados). Si tenía lugar algún préstamo, el que se llevaba el libro debía dejar en depósito otro libro, que en el caso de no devolverse el libro prestado pasaba a formar parte del fondo de la biblioteca. Los bibliocleptos (ladrones de libros) estaban especialmente mal considerados e incluso existían maldiciones especiales para ellos.

Un regalo mafioso. Uncle’s Tom Cabin (La cabaña del tío Tom), de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), fue capital en la toma de conciencia del pueblo norteamericano en el tema de la manumisión de los esclavos. La autora recibió correspondencia insultante y amenazadora enviada por los sectores más intransigentes; incluso le enviaron un macabro paquete que contenía la oreja de un esclavo negro.

Un libro en blanco. El médico holandés Herman Boerhaave dejó a su muerte un manuscrito sellado en el que prometía revelar los secretos de la medicina medieval. Siglos más tarde, el manuscrito fue subastado por una gran suma. Cuando se abrió el sello, la totalidad de sus páginas estaba en blanco menos el prólogo, donde se recomendaba mantener la cabeza fresca y los pies calientes para no acatarrarse.

El largo número Pi. En 1973 los matemáticos franceses Jean Guilloud y Martine Bouyer, publicaron una obra sobre el número exacto de Pi –esto es, la relación de una circunferencia con su diámetro–, en un libro de cuatrocientas páginas en las que sólo aparecía dicho número con un millón de cifras decimales.

Los secretos del número 1. En la enciclopedia Éléments de mathématique (Elementos de matemáticas), aparecida en 1939 bajo el seudónimo colectivo de Nicholas Bourbaki, un grupo de matemáticos franceses dedicó 200 páginas a toda una serie de cuestiones relativas al número 1.

Pobre pero ilustrado. Denis Diderot (1713-1784), principal autor de la Encyclopédie, resumen de todas las opiniones y conocimientos científicos de la Ilustración y una de las obras más ambiciosas en la historia de la cultura, trabajó en ella durante veinte años y ganó tan poco dinero que, una vez que terminada, para poder pagar la dote de su hija, vendió su biblioteca particular y enseres domésticos.

Por una cabeza. El poeta islandés Egill Skallagrimsson (910-980) fue hecho prisionero por el gobernador de York, quien le exigió que escribiera un magnífico poema en su honor. Le impuso la condición de que, de no completar la obra en el plazo de una noche a la mañana siguiente sería decapitado. Ante la muerte inminente, el poeta se sintió intensamente motivado e inspirado, por lo que compuso esa noche una gran obra titulada Haefudlansn (El rescate de la cabeza), que efectivamente le salvó la vida.

Contra la Trinidad. Se cree que el español Miguel Servet (1511-1553) fue quemado en la hoguera por defender su teoría de la circulación pulmonar de la sangre, pero esto es falso. De hecho, esa teoría ya había sido expuesta por Ibn al-Nafis en el siglo XIII. Lo que provocó el proceso y la condena a Servet fueron sus obras De Trinitatis erroribus (El error de la Trinidad) y Dialogorum de Trinitate (Diálogos de la Trinidad), que atacaban al dogma ortodoxo de la Trinidad y que desagradaron por igual a católicos, protestantes y calvinistas.

Un santoral literario. Partiendo de la premisa de que las gestas intelectuales tenían un valor superior a las de la fe y la religiosidad, varios filósofos positivistas ingleses redactaron en 1892 el llamado The New Calendar of Great Men (Nuevo calendario de los grandes hombres), basándose en las ideas de Auguste Comte. Este libro era un santoral en el que se reemplazaban los nombres de los santos por el de científicos o artistas que hubieran contribuido al avance de la civilización. De esta manera, Gutenberg, Newton, Leonardo, Mozart y Shakespeare pasaron a ser los patrones protectores de algunos días concretos del año.

Abajo el autor. En el siglo XII se consideraba que tener la capacidad de redactar un libro podía conducir al pecado de soberbia. La actividad científica más importante que se emprendía consistía en traducir los libros que habían legado los autores de la antigüedad. Cuando la Iglesia permitió que sus monjes compusieran obras literarias, exclusivamente de tipo religioso y moralizante, obligó a sus autores a dejarlas inéditas y a redactarlas en un estilo impersonal que no permitiera reconocer al autor, para que un posible éxito de las mismas no incitara al orgullo y a la soberbia de sus creadores.

Fuentes: Libro de los libros: mil curiosidades sobre el más fascinante de los mundos, de Enrique Gallud Jardiel; Sobre libros y otras curiosidades, de Fernando Cantalapiedra Erostarbe; Historias de la historia, de Carlos Fisas; www.papelenblanco.com.

Patricia Rodón

Opiniones (2)
9 de Diciembre de 2016|06:54
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9 de Diciembre de 2016|06:54
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  1. muy buena nota.gracias Patricia
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  2. Cuando leo sobre los monjes amanuenses me pregunto qué sentirían si pudieran ver nuestros avances tecnológicos. Pensar que ellos dedicaron toda su vida a una tarea que ahora se puede hacer mucho mejor en sólo unos días usando un procesador de texto o una fotocopiadora y resmas de papel A4. Y cómo será dentro de muchos años?
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