Mucho más que un amor de primavera

Desde el principio del mundo se la ha señalado como la estación del amor. Celebrado, sufrido, preservado, anhelado, idealizado, el amor modela nuestra historia. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Compartamos este misterio y un puñado de textos maravillosos para regalarle a la persona que amás. Subilos a tu Facebook.

No se puede medir ni fotografiar ni pintar. No se puede tocar, envasar ni definir. Sin embargo, habita en cientos de pequeños gestos, se ampara en los ojos y se alimenta de personas.

Hombres y mujeres desde el principio del mundo y desde el principio de sí mismos lo necesitan para mantenerse vivos y cuerdos y locos.

Es el amor ante quien nadie puede ocultarse ni huir, ante quien todos nos rendimos sin condiciones, con alegría y con la certeza de que nos transformará en tontos y sabios al mismo tiempo, nos cambiará el pasado en un puñado de pequeñas anécdotas sin importancia y hará del futuro un enorme lugar que sólo tendrá sentido si el amor nos acompaña.

Apenas se puede decir con temblorosas y esquivas palabras. En la mezquindad de dos sílabas, del recinto de apenas dos sonidos que necesitan estar próximos para tener cuerpo, forma y sentido, los idiomas luchan con el lenguaje para nombrarlo: amor, love, amour, amore, Liebe, como si la lengua se buscara a sí misma y no pudiera encontrarse.

El amor ha alterado el curso de la historia, domesticado monstruos, inspirado obras de arte, alentado a los desesperanzados, ablandado a los recios, consolado a los esclavos, enloquecido a mujeres fuertes, conquistado a conquistadores, glorificado a los humildes, provocado escándalos nacionales, consumido camas, burlado a los reyes, instigado crímenes, alimentado bancarrotas, salvado a moribundos, tomado continentes, ungido a ateos, despabilado a los torpes y atolondrado a los genios.

Y, por supuesto, inspirado a todos y a cada uno de nosotros para, temerariamente, poner por escrito eso que sentimos por la persona amada. Desde la más tierna y cursi cartita de amor adolescente al más certero poema.

Quienes han dado cuenta de este viejo, sostenido, bello e inútil intento de asediar con palabras al amor son los escritores, esos cronistas de la humanidad, en pugna constante por alcanzar lo imposible: decir qué es el amor, cuánto, cómo y por qué se ama a quien se ama.

Aún a sabiendas de que no hay respuestas cuando nos preguntamos de qué hablamos cuando hablamos de amor, a pesar de saber perfectamente que el amor es también un axioma, una verdad indemostrable, los escritores han insistido una y otra vez intentando describir ese estado narcótico del alma.

Así, han indagado en la alquimia del amor y en su poder de transformación, en la idealización del amado, en el inmenso poder de esclavitud, dominio, fortaleza y liberación del amor y sus secretos placeres sensuales que hacen brillar los ojos y enriquecer la boca.

Dolor y placer, celebración y duelo, fiesta y lágrimas lleva en su corazón lleno de piedras puras el amor.

A la vez sagrado y profano, erótico y espiritual, salvaje y delicado, cómico y trágico, carnal y místico, escrito, dicho, recitado, gritado, inaugurado cada vez que alguien se enamora por miles de palabras en miles de idiomas, tenemos pequeños textos para demorarnos en la bella necedad de esta compleja y fascinante emoción.

Porque el amor es la única necedad que nos consuma cuando nos consume. Y viceversa.

"Los recién casados de la Torre Eiffel", de
Marc Chagall (1909).

Y aquí, los textos maravillosos:

Soneto LXVI, de Pablo Neruda

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.
Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.
Tal vez consumirá la luz de Enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.
En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

 

 

 

 

Amor a primera vista, de Wislawa Szymborska

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Poema IX, de Nazim Hikmet

Miro la tierra, de rodillas.
Miro la hierba
Y el insecto.
Miro el florido instante, tan azul.
Y como tú recuerdas la tierra en primavera,
Te miro en todo lo que miro.
Acostado de espaldas, veo el cielo,
Veo los árboles, las ramas,
Veo volar a las cigüeñas…
Y, como te pareces al cielo en primavera,
Te veo en todo lo que veo.

Si el hombre pudiera decir lo que ama (fragmento), de Luis Cernuda

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

El querer (fragmento), de Manuel Machado

Estoy enfermo de ti,
de curar no hay esperanza,
que en la sed de este amor loco
tu eres mi sed y mi agua.

"La boda", de Marc Chagall (1909).

Un amor más allá del amor, de Roberto Juarroz

Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.

 

 

 

 

Erótico, de Marguerite Yourcenar

Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el río y yo el puente;
Yo la onda en mí nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo
Azul cruzando su vuelo,
Como el alma atiza el fuego.

Preguntas, de Juan Gelman

Ya que navegas por mi sangre
y conoces mis límites,
y me despiertas en la mitad del día
para acostarme en tu recuerdo
y eres furia de mi paciencia para mí,
dime qué diablos hago,
por qué te necesito,
quien eres, muda, sola, recorriéndome,
razón de mi pasión,
por qué quiero llenarte solamente de mí,
y abarcarte, acabarte,
mezclarme en tus cabellos
y eres única patria
contra las bestias del olvido.

El amenazado, de Jorge Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. 

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La 
    hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
     ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
     la vaga erudición el aprendizaje de las palabras que usó
     el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
     las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven
     amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche
     intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz
     del ave, ya se han oscurecido los que miran por la ventana, pero la
     sombra no ha traído la paz.
Es ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la
     espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

"Las tres velas", de Marc Chagall (1938).

 

El jardín de las delicias (fragmento), de Olga Orozo

El sexo, sí,
                     más bien una medida:
                     la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.



Quién alumbra, de Alejandra Pizarnik

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.

 

 

 

 

 

Fiero amor (fragmento), de Alfonsina Storni

Fiero amor: soy pequeña como un copo de nieve,
fiero amor: soy pequeña como un pájaro breve,
triste como el gemido de un niño moribundo,
fiero amor, no hallarías mejor presa en el mundo.

Ninguna moriría más ligero en tus garras,
ninguna moriría más pronto en tus amarras.
Alumbra, sol naciente... Naturaleza, crece:
sobre la vida oscura la muerte resplandece.

¿Qué se ama cuando se ama?, de Gonzalo Rojas

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

¿Qué es el amor?, de Witold Gombrowicz

Pero, ¿qué es el amor?
El amor es un puente verde sobre un precipicio azul.
¿Y qué es la vida?
La vida es un puente azul sobre un precipicio verde.

En la tumba de Eva, de Mark Twain

Adán: Dondequiera estaba ella, allí estaba el Edén.

Patricia Rodón

Opiniones (3)
9 de Diciembre de 2016|11:00
4
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9 de Diciembre de 2016|11:00
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  1. Como siempre ilustrando la Patri, gracias por todos los que no conocía, y por recordarme todos los que alguna vez leí, y pensar que hay gente que no ama la poesía no? lo que se pierden!!!
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  2. NERUDA..........NERUDA. ERES UN GRANDE , MARAVILLOSO ,. SUS PALABAS DELEITAN EL OIDO , ES UN PLACER.
    2
  3. muchas gracias, sobre todo por Gelman y Borges.
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