Historia de un deseo: el oficio más antiguo del mundo

Para algunos la prostitución no es el trabajo más remoto, sino la primera forma de esclavitud. Lo cierto es que a lo largo del tiempo, a la mujer se le asignó socialmente el papel de madre, virgen o prostituta. Te contamos por qué y cómo se relacionan sexo, dinero, poder y belleza.

Pintura en la casa de Rufus, Pompeya
(ca. 70 d.C.).

Mujerzuela, ramera, hetaira, mesalina, fulana, zorra, puta, meretriz, cortesana, gato, pelandusca, buscona, cocotte, cualquiera, barragana, gamberra, golfa, turra, ligona, querida, cabaretera, furcia, jinetera, loba, loca, prosti, soldadera, trotacalles, yiro, casquivana, descarriada, deshonesta, libertina, perra, pecadora, perdida, guarra, loca.

Los sinónimos son cientos y cada lengua y país tiene sus propios términos para nombrar a las prostitutas.

Hay quienes opinan que la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la forma de esclavitud más antigua. Y lo cierto es que a lo largo de la historia, a la mujer se le asignó socialmente el papel de madre, virgen o prostituta.

En el imaginario patriarcal, desde el deseo o el repudio, se ha mantenido constante la representación de la mujer con una connotación negativa, ya sea porque fuera sometida al varón como esposa o porque se la convirtiera en objeto de deseo.

Sin embargo, justamente desde ahí, desde el deseo, se opondrá al hombre, tomará un rol más activo, independiente y de fortaleza, de fascinación y de peligro que desde las primeras prostitutas bíblicas a las actuales "acompañantes" representan la encarnación del sexo.

El término prostituta proviene del latín prostituere, donde pro significa antes o delante y statuere estacionado, colocado; es decir, algo colocado adelante, a la vista, con la intención de ser vendido. El diccionario de la RAE la define como "persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero".

Un oficio tolerado

La idea que se tiene de la prostitución en el Antiguo Testamento es por lo menos notable. La prostitución era moralmente reprobada pero no estaba prohibida legalmente. El comercio sexual con mujeres por dinero era corriente en el primer Israel lo que induce a pensar que sus habitantes no tenían por especialmente censurable la conducta de estas mujeres.

La prostitución se caracterizaba y se caracteriza por su carácter comercial. Si la mujer que la ejerce no recibe compensación económica, directa o indirectamente, no puede llamarse prostituta.

Sin embargo, los narradores bíblicos llaman prostituta a la mujer que se dedica al oficio pero también aplican el término, con intención insultante, a toda mujer que mantiene relaciones sexuales fuera del matrimonio y, por extensión, a toda mujer que yace con varios hombres. Exactamente igual que ahora.

La mujer que no llegaba virgen al matrimonio era condenada a muerte por haberse “prostituido en la casa paterna”. “Toda mujer que es prostituta será hollada como estiércol en el camino”, dicen los textos más extremos. Las prostitutas, las viudas y las mujeres repudiadas tenían para los religiosos de la época una condición de impureza ritual. Para ellos también se prostituyen quienes adoran a dioses de otros pueblos.

A pesar de esta supuesta severidad los textos bíblicos, más que denigrar directamente a las meretrices, intentan persuadir a los hombres de que no ocupen sus servicios.

Por el Antiguo Testamento sabemos que las rameras se cubrían el rostro con un velo, se exhibían a sus potenciales clientes situándose a orillas de los caminos, en las afueras de los pueblos o visitaban las casas –como se hace también hoy-; el precio del servicio se discutía y podía pagarse en especies, por ejemplo, animales o verduras que sirvieran de alimento. En el Eclesiastés se dice: “No te entregues a prostituta para que no disipes tu patrimonio”, lo que da una idea muy pragmática y materialista del tema.

Los narradores bíblicos también dan cuenta de la prostitución sagrada, es decir, aquella que ejercían hombres y mujeres que ocupaban puestos en el templo con fines no especificados, pero que las tradiciones judía y cristiana vinculan a este tipo particular de prostitución.

En determinadas festividades, y asociados a ritos paganos como el de Astarté, personas de ambos sexos prestaban servicios sexuales a los hombres de la congregación a cambio de un tributo para el templo.

El Antiguo Testamento reprende sin reservas a las mujeres y a los hombres que se prostituían en honor de los dioses. Los textos dejan claro su aversión hacia estos ritos extranjeros que tenían lugar en el templo. “No lleves a la casa de Yavé ni la merced de una ramera ni el precio de un perro para cumplir un voto, que lo uno y lo otro es abominación para Yavé”, clama el narrador. Pero hay quienes sostienen que la prostitución sagrada no es más que un artilugio de los narrados bíblicos para enlodar los cultos de las naciones vecinas.

"Friné en el areópago", de Jean-Léon Gérôme (1861).

Entre Eva y María

Dos símbolos estructuran el sexo en el cristianismo: el de Eva y el de María. Eva era el origen del pecado, de allí que todas las mujeres fueran sinónimo de corrupción del cuerpo y del alma y la raíz de todos los vicios. María era la pureza, la suprema virtud y la redención y todas mujeres tenían la obligación de semejarse a ella.

Entre las dos se encuentra María Magdalena. Aunque el Evangelio no lo dice, se atribuyó a María de Magdala el episodio de la pecadora que unge los pies del Señor. Es aquélla a quien Jesús dice: “Mucho te será perdonado porque has amado mucho”. A María Magdalena la hagiografía piadosa de la época añade otra María, la Egipciaca a quien le rezaban las prostitutas y los que querían apartarlas de su vida de vicio.

Arte erótico en una antigua vasija griega.

Ramera y a mucha honra

En Babilonia el ser prostituta no era una deshonra. La ley ordenaba que una mujer pública no podía llevar velo ni cubrir su cara como las demás mujeres, ni podía tampoco cubrirse la cabeza, cosa que a estas trabajadoras les ayudaba a ser rápidamente identificadas por los clientes.

Hacia 1750 a.C, bajo el reinado de Hammurabi, en los templos había cortesanas que servían de intermediarias entre los fieles y la divinidad. Se cree que esta prostitución sagrada tenía su origen en los ritos prehistóricos de la fecundidad. 

El historiador griego Heródoto escribe al respecto en 480 a.C.: “Los babilonios tienen una ley vergonzoza. Toda mujer del país debe, por lo menos una vez en su vida, ir al templo y entregarse a un desconocido. No puede volver a su domicilio hasta que un hombre haya depositado una moneda de plata en su regazo y se la haya llevado a acostarse con él. La mujer no tiene derecho a escoger, tiene que seguir a quien le ha dado la moneda. Cuando ella se ha acostado con él, ha cumplido ya su deber para con la diosa y puede volver a su casa. Las mujeres hermosas pueden volver en seguida a su domicilio pero las feas o mal formadas deben esperar mucho tiempo antes de poder cumplir con las obligaciones impuestas por la ley. Algunas, tres o cuatro años”. De esto se deduce, que las supuestas feas tenían una vida sexual mucho más activa que las hermosas.

Las prostitutas sagradas estaban agrupadas según su “consagración” al trabajo. Una harimtu era una cortesana semisagrada; una gadishtu, una meretriz sagrada, y una ishtaritu, una prostituta consagrada a la diosa Istar. Un refrán babilónico decía: “No te cases con una harimtu pues son innumerables sus maridos, ni con una ishtaritu pues está reservada a los dioses”.

"La dama que se descubre el seno", del
Tintoretto (1556).

Con el sexo en la tierra

El griego Demóstenes tenía muy claro el papel de la mujer: “Las hetairas sirven para proporcionarnos placer, las concubinas para nuestras necesidades cotidianas y las esposas para darnos hijos legítimos y cuidar la casa”. Un modelo de equidad, el filósofo.

Estas distinciones ponen de relieve las diferencias con que eran tratadas las prostitutas en la antigua Grecia. Una de ellas, llamada Metiké, fue apodada “Clepsidra” porque utilizaba su reloj de agua para medir el tiempo que le dedicaba a cada cliente. Practicidad pura.

Las hetairas, bellas, inteligentes y cultivadas eran muy consideradas. Su éxito radicaba en su talento y en su modo de comportarse, fingiendo o no. Ellas sometían a los hombres por todo aquello que los maridos prohibían a sus esposas (algunas cosas nunca cambian). Tenían casa propia donde recibían, sabían leer y escribir, cultivaban la compañía masculina y alegraban los banquetes en los que las esposas estaban excluidas.

Entre las historias de prostitutas griegas famosas que han llegado a nosotros, destaca Filomena, quien le escribe francamente a un enamorado: “¿Por qué me escribes tan largas cartas? Necesito cincuenta monedas de oro y no epístolas. Si me quieres, paga; si prefieres el dinero a mí, deja de molestarme. Adiós”. Más claro, imposible.

La hermosa Lais de Corinto fue tan célebre que Demóstenes viajó desde Atenas para conocerla y tenerla, claro. Cuando ella le pasó su tarifa, como era una  suma considerable, el orador dijo “No compro tan caro un arrepentimiento” y se volvió por donde había venido, dos veces “caliente”.

“Yo no sé de ellos más que lo que me cuentan. No he leído sus libros, pero no creo en su sabiduría. ¡Si supieseis lo que me piden y hacen estos sabios y filósofos cuando están a solas conmigo!”, decía Lais que sabía que a la hora del sexo, todos los hombres son iguales.

El famoso escultor Mirón solicitó los favores de Lais pero fue rechazado. Creyendo que la causa del rechazo eran su edad y sus canas, se tiñó el pelo y volvió a presentarse en la casa de la hetaira que, en cuanto le vio, exclamó: “¡Tonto! Tú pides una cosa que le he negado a tu padre”

La cortesana Friné, que no usaba pomadas ni afeites de ninguna clase, fue acusada de cometer un delito; para defenderla su abogado la desnudó ante el tribunal y preguntó: “¿Creéis que una mujer tan bella puede cometer delito alguno?”. Los jueces absolvieron a Friné, quien pagó una estatua de oro macizo en honor Júpiter con la inscripción: “Gracias a la intemperancia de los griegos”.

Praxíteles, uno de los grandes artistas griegos, ofreció a Friné sus obras para que escogiera entre la mejor. Durante una cena la astuta ramera hizo que uno de sus sirvientes gritara que el taller de Praxíteles estaba ardiendo. “¡Ay, mi Cupido!”, dijo el escultor. Así Friné supo cuál era la mejor obra y la escogió.

"Desnudo de mujer", de Joaquín Sorolla
(1902).
De lupanares, fornicaciones y burdeles

Las concubinas no tenían ni la consideración de las hetairas ni el rango social de las esposas y terminaban vendidas a un burdel cuando sus amos se cansaban de ellas.

En Roma las prostitutas eran llamadas meretrices (del latín, meretrix, del verbo mereo pagar, ganar), y que ha pasado sin cambios al castellano. También se las llamaba fogata porque debían vestir la toga en vez de la estola propia de las matronas decentes.

Se consideraba que las prostitutas preservaban del honor de las familias. Horacio  cuenta que Catón el Viejo, viendo salir de un lupanar a un joven conocido suyo le dijo: “Bien hecho, aquí es donde deben venir los jóvenes cuando el deseo hincha sus venas, en vez de palpar las esposas de los otros”.

Séneca pone en boca de uno de sus personajes la siguiente defensa: “No ha pecado en nada, que ame a una meretriz es natural; es joven, ten un poco de paciencia; se enmendará y se casará”.

El historiador Suetonio relata que la emperatriz Mesalina alquilaba una celda en uno de los lupanares más miserables de Roma; bajo el nombre de Licisca, allí recibía a todos los hombres que podía y regresaba al alba al palacio cansada pero no saciada.

Los lupanares estaban regentados por un leno, de ahí la palabra lenocinio, quien cuidaba del orden y de cobrar a los clientes si las mozas eran esclavas; si eran libres cobraban ellas y daban su comisión al leno. Es lo que hacía Mesalina.

Las celdas se llamaban jornices, de donde viene el verbo fornicar, porque estaban situadas muchas veces bajo las bóvedas y arcadas de algunos monumentos públicos, como el circo, el anfiteatro, los teatros, el estadio, etcétera.

La palabra burdel  deriva del catalán bordell y éste de bord, bastardo; de allí que burdel  significaría el lugar en donde se concebían bastardos.

Estampas medievales de arte erótico.

De putas y sonetos

Durante la Edad Media este oficio fue objeto de múltiples ordenanzas, leyes y decretos. No podían vestir como las demás mujeres, sino en forma tal que se distinguiesen de las damas llamadas honestas. Los vestidos cambiaban según el lugar.

Mientras las damas se cubrían el cuerpo con aceites y perfumes, usaban vertiginosos escotes y se depilaban el pubis, una reminiscencia judía y musulmana, las prostitutas, por ley, debían ir más cubiertas y más honestamente ataviadas. Gajes del oficio.

En toda Europa se reglamentaron los burdeles y se dictaron normas para el ejemplar regimiento de las prostitutas.

En el siglo XIII empezó a usarse la palabra puta para designar a una mujer que ejercía la prostitución (del italiano putto, niño, que hoy en el vocabulario del arte se usa para designar los niños pintados, grabados o esculpidos de las obras clásicas, los putti de Donatello, por ejemplo).

En el arte la prostitución adquiere cartas de nobleza en cuadros como los de Carpaccio, o en la célebre Danae de Tiziano. Aquí el pintor la muestra recibiendo la lluvia de oro en que Júpiter se había convertido para poseerla, pero el dios se transforma no en polvo áureo sino en monedas de oro que va recogiendo una mujer con trazas de Celestina.

El gran Quevedo aconseja a los clientes cuánto deben pagar por los servicios sexuales: “Dar un real a una dama es poco precio; dos la daréis si es prenda conocida, y tres, cuando conforme a estado y vida, darla cuatro os parezca caso recio. Cuatro, es el moderado y justo precio; mas si la prenda fuese tan subida seis la daréis, con tal que no os los pida; si la diéredeis más, quedáis por necio. Esta doctrina es llana y resoluta; ha lugar, si la dama que os agrada, os pareciere libre y disoluta. Mas, si fuese tan grave y entonada que menosprecie el título de puta, si la queréis pagar, no la deis nada”.

Y declara sin ponerse coloreado: “Puto es el hombre que de putas fía, y puto el que sus gustos apetece; puto es el estipendio que se ofrece en pago de su puta compañía. Puto es el gusto, y puta la alegría que el rato putaril nos encarece; y yo diré que es puto a quien parece que no sois puta vos, señora mía. Mas llámenme a mí puto enamorado, si al cabo para puta no os dejaré; y como puto muera yo quemado, si de otras tales putas me pagare; porque las putas graves son costosas, y las pululas viles, afrentosas”. 

Del otro lado del Atlántico y hacia la misma época, sor Juana Inés de la Cruz, señalaba: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Si con ansia sin igual solicitáis su desdén ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada la que cae de rogada o el que ruega de caído? ¿O cuál es más de culpar aunque cualquiera mal haga, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”

"Danae", de Tiziano Vecellio (1553).

Fuentes: El sexo en la Biblia, de Marco Schwartz; Historias de la Historia, de Carlos Fisas; Erotismo en la historia, de Carlos Fisas y Las mujeres en la Biblia, de Naomi Harris Rosenblatt.

Patricia Rodón

Opiniones (6)
9 de Diciembre de 2016|11:04
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9 de Diciembre de 2016|11:04
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  1. Que linda nota, me gustó muchísimo. Felicitaciones.
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  2. ... siempre con sus notas tan buenas. La felicito Patricia. Ud. sabe "enganchar" a los lectores.
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  3. Muy buena Nota!!
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  4. exelentes las fotos
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  5. Muy buena la nota, sobre un tema fascinante, lo de los Babilonios es increíble!!!
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  6. Muy instructiva y muy completa. Bien escogidas las ilustraciones.
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