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El adiós al Mundial

Después de mucho tiempo, la Generación Dorada se vio claramente superada; en los cuartos de final, la Argentina cayó con un contundente 104-85 ante Lituania y ya no podrá luchar por el podio.

Argentina-Lituania, la película 

ESTAMBUL.- Aunque algunos conozcan la historia, es bueno recordarla: esta joven Lituania llegó al Mundial con la propuesta de hacer olvidar a las siete grandes estrellas que por diferentes razones no integraron el equipo. Tratar de que su gente no las añore y tomar sus lugares fue la consigna. Y aterrizaron en Turquía con crédito a favor por esa condición de "sustitutos", sin mochilas pesadas ni grandes responsabilidades. Incluso, esta joven Lituania vino en calidad de invitada porque las viejas figuras habían fracasado en el Europeo clasificatorio.  

Pero hubo un aliciente extra. Frente a la Argentina era una buena oportunidad para tomarse desquite de la medalla de bronce perdida en Pekín 2008. Es decir, jóvenes que querían vengar a sus próceres y usurparles el lugar definitivamente. Jóvenes de impecable condición para este deporte que es, por abrumadora diferencia, el N° 1 de su país.  

La sensación es que todas esas motivaciones no las supo advertir o interpretar la Argentina en los primeros minutos y por eso fue avasallada, como casi nunca en la última década, hasta perder por 104 a 85 y tener que luchar desde hoy, a las 15, por un lugar entre el quinto y el octavo puesto del Mundial.  

El conjunto europeo entró enceguecido, absolutamente enfocado en la victoria, con un apetito voraz y dispuesto a comerse la cotizada presa que le permitiera a esta nueva generación perpetuarse en los seleccionados nacionales por años. Era el momento. Y la Argentina lo asumió como un partido difícil, complicado, decisivo, pero sin terminar de entender el hambre rival.  

Las ganas, la mentalidad, la convicción, el no deberle cuentas a nadie, provocó que los lituanos apabullaran y lanzaran triples en automático y en estado de inconciencia. "Estaban en zona", suelen decir los norteamericanos. El estupor llevó a nuestro equipo a responder con la misma intensidad y el mismo apuro. Un error. Otro fue aceptar una defensa fuerte, al borde del medio foul, sin advertírselo a los jueces. Quizá suponiendo que el aluvión iba a pasar y podrían hacer su trabajo. La Argentina se mostró confiada en que podría revertir la situación. Pero, ya a los 7 minutos del segundo cuarto, los europeos sumaban 8 de 8 en triples y los nuestros, 0 de 9. Insólito. Y el tanteador no mentía semejante superioridad: 46 a 28.  

Toda esa descomunal fuerza, intensidad y agresividad lituana le impidió a Luis Scola encontrar espacios para gatillar y a Pablo Prigioni hallar un receptor medianamente libre para tener el balón. Pocas veces se vio a la Generación Dorada superada en uno de sus puntos fuertes, en la mentalidad, en el amor propio, en la voluntad y seguridad de que podía ganar.  

Lo mejor de los nuestros fue no rendirse, morir de pie, luchando, con una dignidad y vergüenza admirables. Carlos Delfino fue el mejor exponente de semejante demostración de hidalguía y honor en la derrota. Una manera de no ser barrido de la cancha y suponer que hay mañana. Una manera de llegar mejor predispuesto a un choque importante como el de hoy contra Rusia. El quinto puesto no sentará mal si saben asimilar una derrota que los tomó por sorpresa. Pero que llegó por no haber interpretado que el rival era un animal en celo, con dientes afilados y un apetito voraz. No lo vieron antes y se pagó muy caro. O quizá no pudieron emparejar semejante motivación porque el desgaste mental con Brasil había sido supremo.  

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