Para una sociología de Maradona

Su origen de clase siempre se terminó colando en su vida de éxitos y fracasos, de declaraciones y reacciones de ira. Un diego contradictorio, tal como la misma sociedad que lo parió. Por ello, todavía hay esperanzas de que “el juego” no se pierda. Mientras aparezcan sus sucesores fieles al campito, más allá del corsé al que están sometidos por las grandes empresas que dominan el negocio del fútbol.

El fútbol en la Argentina, hoy mercancía fundamental de la industria del tiempo libre, es uno de los espacios masivos por excelencia donde se desplazan los conflictos sociales. Si bien el fútbol no es un reflejo directo de lo que pasa en la sociedad, sí constituye una arena simbólica de importante densidad significativa donde interpretar nuestra cultura. Se supone que es en las canchas donde las penurias cotidianas pueden amortiguarse con el disfrute de un juego que apela a sensaciones colectivas. Esa fue la intención básica y la función fundamental del deporte moderno, desde sus orígenes, en nuestras sociedades: contener, cohesionar, y porqué no adormecer todo intento de resistencia o rebelión en la vida cotidiana (recordemos que despuntó con el auge del anarquismo social). Fue también estrategia político-ideológica de aquellos empresarios que con  sus empleados-obreros, armaron su equipito para distraer a sus trabajadores, pero también para alejarlos de la vida licenciosa en las tabernas, y mantenerlos en estado saludable para que puedan rendir productivamente en la fábrica. Es en el contexto del modelo agroexportador entre 1880-1930 que nuestro fútbol argentino, como en la economía  y la política, también dominado por el estilo inglés, era una práctica amateur. Luego, los jugadores serán “trabajadores” del fútbol y tendrán sus sindicatos, y pelearán por sus condiciones de trabajo.

De ahí que la gran huelga de jugadores durante los primeros años del peronismo, en 1949, nos impidiera participar en el mundial en Brasil del 50 y, como consecuencia de aquella, por la emigración de jugadores a otros destinos, no participaremos en el mundial de Suiza del 54. Dos mundiales sin participación de la Argentina producto de la lucha sindical de los futbolistas. El fútbol entró, de ahí en más, al mundo del profesionalismo, y todo será distinto. Pero este profesionalismo ascendente, no pudo neutralizar del todo la picardía y las astucia de la gambeta que caracteriza el juego en el sur.

En nuestro país también se expresan rebeliones y resistencias en nuestros “criollos circos romanos”. Por caso remontémonos a los inicios. Fue recién en 1913 cuando un equipo argentino (Racing Club), integrado por jugadores criollos e inmigrantes españoles e italianos, ninguno de origen inglés, saldrá campeón de la primera división, destronando al invencible Alumni, referente del juego-máquina de los ingleses de los hermanos Brown. Se inicia allí lo que se denomina la refundación criolla del fútbol argentino; ya que la primera fundación fue británica, hacia fines del siglo XIX. Los nuestros, nacionales, serán jugadores que aprenderán este deporte en los baldíos y potreros, y no en las escuelas con pizarrones como lo hicieron los ingleses. Nuestro “potrero sudamericano” hará emerger a un tipo social paradigmático, que desarrollará las habilidades propias de nuestro fútbol: “el pibe criollo del potrero”. Desde aquella época se produce una suerte de independencia- relativa de estilo de nuestro fútbol respecto del inglés. El baldío será la patria y el tango su música. Entre esos descampados y la escuela pública, empezarán a socializarse y a argentinizarse los niños marginados de estas tierras.

Maradona, a diferencia de otros grandes jugadores que tuvo la historia del fútbol argentino, se convirtió en un ídolo popular que excedió la geografía argentina para ser “tomado” como tal por la gente amante y no amante del fútbol en todo el mundo. El estilo-símbolo Maradona se asentó en lo siguiente. Por una parte su estilo de juego marcadamente sudamericano, con individualidades perfectamente catalogables como artísticas, se destacaron a contrapelo de una tendencia general del fútbol del Cono sur a imitar esquemas y estilos de juego europeos, más eficientistas, más especulativos que, en definitiva, buscan mayor rentabilidad con la menor pérdida de tiempo e “irracionalidades” posibles. El juego- Maradona combinó el coraje, la inteligencia, el placer por deleitar y deleitarse y sobre todo una complicidad absoluta con la gente en las tribunas. La picardía popular, el engaño y la astucia para con el contrario, en definitiva, un estilo y un criterio de juego bien de potrero, suburbano y de barrio, fue re-presentado por Maradona en la cancha. Esa forma y contenido en su fútbol, no pudo ser vigilada, controlada, cambiada, por las reglas institucionales del deporte.

¿Por qué? Si tenemos en cuenta que el fútbol cuanto práctica deportiva informa sobre destrezas corporales y su domesticación para materializar estrategias rentables, en goles por ejemplo, y que el “autorizado para “hablar” es el director técnico, Maradona, devolvió “al centro del juego” al jugador,  retorna la posibilidad de que aquél pase sobre éste, y superar al director técnico, (división técnica establecida entre el trabajador que juega y pone su cuerpo (fuerza de trabajo) y el director que ordena, selecciona y excluye, que tiene el poder, cambia los estilos y moldea a los que les gusta mucho lucirse con “jueguitos”). Maradona “habla” y dice cosas no autorizadas por la “normatividad” del campo del fútbol. Rompe con el “silencio” de los deportistas. Su origen de clase siempre se terminó colando en su vida de éxitos y fracasos, de declaraciones y reacciones de ira. Un diego contradictorio, tal como la misma sociedad que lo parió. Por ello, todavía hay esperanzas de que “el juego” no se pierda.

Mientras aparezcan sus sucesores fieles al campito, más allá del corsé al que están sometidos por las grandes empresas que dominan el negocio del fútbol. Todavía pueden divisarse algunos potreros en el gran Mendoza, secos y con champas dispersas en Las Heras, costeando los barrios del oeste del piedemonte godoycruceño, o en el mismo Guaymallén, donde  quedan algunos baldíos que resisten la instalación de un complejo privado. Es allí donde los niños, a cuero pelado en verano, patean y patean la pelota barata del supermercado. Es allí donde muchos clubes van a buscarlos para detectar los talentos, que luego nos harán deleitar desde las tribunas del juego lírico, de la gambeta traviesa e irrespetuosa, o del caño atrevido. Luego serán moldeados por la industria del deporte, los pesarán y los medirán, le ofrecerán un futuro promisorio y fantasías de salvación. Los semidioses de barrio, a esta hora, están payaneando su destino. Esos malditos carasucias.

Un dato de clase: la gran mayoría, entre el 75% y 85% de los resultados de las encuestas en diarios digitales del país dicen que la “gente on line”, moderna y tecnológica,  no lo quiere a Maradona. ¿Podría ser de otra manera? Con tipos como Maradona la cosa es siempre igual: dividen aguas, no admiten términos medios: lo dejás o lo tomás, lo amás o lo odiás. Pero nunca podrán negar que el pibe de Fiorito es referente indiscutible del mejor fútbol mundial, símbolo de rebeldía globalizada que genera adhesiones cuasireligiosas, desde Pakistán a Georgia, Senegal y México. El barrilete cósmico se agita, toca el cielo y lo penetra hasta confundirse con el mismísimo dios. Nuestra argentinidad al palo renace. Diego es droga tranquilizadora para las almas en pena que rehúyen al fútbol en el país del fin del mundo. Catastróficos y humanos, argentinos de pura sangre, mosto reposado para el mejor vino de consumo interno. El elixir del olvido. La pata de conejo. La cintita roja para la ojeadura nacional. Un diego vale más que diez dólares americanos. Solo aquí, en nuestra vapuleada nación, sube el diego más que el merval y el euro. Crack financiero allá y recuperación simbólica acá. Una lágrima en el desierto que reproduce mares de emoción. Maradona es patria popular y antiimperialismo vivo en un tipo común que vengó, en la ficción, a nuestros pibes de Malvinas, frente a los ingleses invasores –a los ingleses Dios los ayudó siempre-.

El poeta de la zurda subió de los infiernos y arrastra tormentas de pasión. Contradictorio, gordito, morocho y de origen descamisado. Un recienvenido para el cipayismo oligárquico que se obnubiló más con Beckam o Batistuta: gringos de allá y de aquí. Racismo de clase y estético de gente como uno.

Como muy bien lo representa Carlos Sorín en su film “El camino de San Diego”, todo mito representa un paradigma de sentido y orientación colectiva, construido por el imaginario social, en base a algún acontecimiento. El mito, no representa un reflejo mecánico de “lo real”, ya que éste se constituye más como “mediación simbólica” de la realidad que representación directa de la misma. Es a través del mito que nos identificamos, representamos y fundamentalmente nos comunicamos. Es un atributo de la especie humana esta capacidad de simbolización de la realidad, y no de otras especies. Por lo tanto, contra aquellas posiciones positivistas del conocimiento que niegan el carácter profundo del mito o minusvaloran estas formas culturales, debemos reconocer y afirmar que el mito, a la vez  que integra, orienta, construye y proyecta a una sociedad o  cultura determinadas. No obstante, todo mito no es sostenido desde las ideas puramente, sino además, a través de la materialidad de prácticas concretas, donde el mismo es refrendado en el tiempo, de generación en generación. El mito entonces tiene un carácter profundamente material y simbólico, y son las prácticas rituales las que permiten su durabilidad y vigencia, adaptando la referencia simbólica del pasado a sus contextos culturales presentes, a su momento histórico.

Hoy el mito renace, para la mayoría de los que funden paganismo y creencias oficiales en su cuenta espiritual, en su banco que no quiebra, en su fábrica de fantasías. Bienvenido Diego, el mejor opio para nuestro pueblo desencantado. Tu reino es de este mundo.

Las clases medias y altas en este país siempre quisieron ser europeas. Tal vez por ello, en el fondo del patio, tengamos a miles de inmigrantes bolivianos que explotamos como sociedad, otros tantos peruanos y paraguayos; y millones de “cabecitas negras” que contrastan con las ciudadelas de la prosperidad. Abarrotadas de shoppings, de glamour, restaurantes raros y vestuarios exóticos, de un patrimonio sólido de arte y cultura, de escritores consagrados, de campos que generan una inmensa riqueza. Sin embargo, no tienen alfombra suficiente para esconder las cenizas, lo que no gusta que sea visto. Maradona insiste con estar arriba de la alfombra.

Maradona pertenece a ese “otro mundo”, un recienvenido para muchos que no sueltan más reflexión que decir: - es un negro con plata-, o –quedó loco por la merca-, -fue un ídolo como jugador, pero mejor que no hable-. Otros, para rematar, cierran con sus lúcidas palabras: -es un resentido y lo será toda su vida-.

El diego es un tipo contradictorio, ¿quién no?, en eso coincidirán muchos. Pero a partir de sus contradicciones ha optado por no callar y decir las cosas que dice desde su condición u origen de clase, así como de los intereses que lo rodearon en distintas etapas de su vida. No ha sido, todavía, sometido al discurso dominante del establishment que le impone no solo una vida ordenada, sino discursos ordenados, reacciones ordenadas, movimientos ordenados, pero que fundamentalmente le pide “el “silencio de los deportistas”. Podría haberlo hecho y no lo hizo, por innumerables circunstancias. Muchos otros, ligados a las artes, hicieron lo contrario: el premiado escritor Mario Vargas Llosa se transformó en un acérrimo intelectual del liberalismo de derecha peruano compitiendo como candidato a presidente en 1990, cuando antes admiró a la Cuba revolucionaria.

El mismo Rubén Blades, que relataba en sus canciones la vida de los guapos con su tumbao al caminar, también devino en un pensador antipopular, presentándose como candidato a presidente en 1994 en Panamá, su tierra natal, por un movimiento liberal, además de ser un ferviente antitorrijista. Ernesto Sábato, Presidente de la CONADEP y escritor del nunca más, el cual le permitió el exacto marketing para que millones lo leyeran en la era democrática en la Argentina, fue a saludar y a felicitar al propio General Videla cuando hizo el golpe de Estado del 76. Sí, Maradona estuvo con Alfonsín en la Rosada y con Menem y con Kirchner. Siempre invitado por el poder político para la foto. Pero él hoy está con Fidel Castro y Hugo Chávez, con Evo Morales y Néstor Correa. Con la causa de las Abuelas. Amigo de Manu Chao, Emir Kusturika, Charly García, Calamaro, Joaquín Sabina, entre otros, “el diego” se rodea de tipos inquietos, reflexivos y disidentes en el cine, el arte, la política, el deporte y la música. El diego es disidente, hace años que asumió ese rol, y por ello no le perdonarán nunca algunas denuncias y declaraciones a boca de jarro que incomodan y molestan.

En su vida, plagada de flashes y escandaletes, siempre tuvo una posición bastante clara: antiimperialismo americano, procuba de Fidel, anti-FIFA, pro-sindicalismo de los jugadores, pro-populista latinoamericano y eterno admirador del Che Guevara.

¿Por qué molesta tanto que un ex deportista opine y participe de la política, en este caso internacional? Creo que primero por un prejuicio social respecto de quienes “saben” y quienes “no saben” sobre un tema. El “conocimiento” le pertenecería, según esta opinión, a los especialistas que estudiaron y no a un gordito fiestero que lo único que hizo fue jugar bien al fútbol. Segundo, porque no adopta las posiciones que el establishment espera y promueve que adopte. Es decir, que se llame al orden con sus palabras, o se llame a silencio sobre ciertos temas. Y el tercero, agregaría, por el miedo que genera que un tipo tan popular asuma posiciones contra el poder. En definitiva, miedo a las identificaciones que genera en las clases populares.
Opiniones (2)
8 de Diciembre de 2016|23:24
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8 de Diciembre de 2016|23:24
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  1. Maradona fue el mejor jugador de su época y sus logros, especialmente con la camiseta argentina, fueron gestas irrepetibles... Todos nos conmovimos viéndole y celebramos sus triunfos que, algo vanidosos, hicimos nuestros... Pero es que Maradona era nuestro. Después lo destruimos... Lo endiosamos, le pedimos que fuera el mejor de todos en todas las cosas, le perdonamos sus errores como ser humano olvidándonos que era un simple ser humano como si nosotros fuéramos los jueces, le hicimos creer que realmente era Dios y no lo dejamos en paz. Es cierto que él aportó lo suyo... Y tal vez en sus repetidos errores nos estaba (y nos está) diciendo, sin que él mismo se de cuenta y se escuche, que no es Dios, que no es el mejor de todos en todas las cosas, que puede fracasar, que no puede opinar de todo como si tuviera siempre la razón y que necesita, implora, que alguien le diga que no a sus caprichos, que alguien le marque límites, que alguien le marque con un lápiz rojo sus faltas... ¡Como un niño! Fue a Sudáfrica como si de él, y sólo de él dependiera un nuevo triunfo de Argentina en un mundial... Y fracasó, porque no es un buen DT y porque no tuvo suerte. Ahora está recluido en su hogar seguramente destruido por la triste derrota frente a Alemania... Y en vez de dejarlo en paz pretendemos hacer "una sociología de Maradona" como si fuera el paladín de la lucha contra el poder y el símbolo de la clase social más carenciada. ¡Dejémoslo en paz! Esa es la mejor manera de decirle que lo seguimos queriendo... Y ud. Padilla tiene cuerda para escribir sobre otros temas más profundos, más necesarios... En definitiva más importantes y trascendentes, que yo leeré con avidez. No caiga ud. también en la confusión de pretender que Maradona sea más de lo que fue (y es): un simple muchacho humilde que llegó a ser (y lo será seguramente para siempre) el jugador más vistoso del fútbol mundial. UN ABRAZO
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  2. Excelente la nota, Padilla, y más que aparezca el nombre del ídolo con minúsculas, porque ya no es un sustantivo propio, sino común, eso se llama meterse en el lenguaje de todos. Otro verdadero hallazgo de su prosa, maestro.
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