De la novia a la ramera: los amores del tango

El machismo, la pacatería y la represión de la Argentina burguesa de principios de siglo XX, sumados a las secuelas de los ideales románticos, se muestran en las letras del tango en una visión maniquea de la mujer: sólo puede ser un ángel o un demonio. Del burdel a "la casita de los viejos".

Mona Maris y Carlos Gardel en una
escena de "Cuesta abajo" (1934).

Amor y abandono; seducción y traición; celos y engaños; novias, minas y hembras.

El retrato de las mujeres en las letras del tango no suele ser muy generoso. El machismo, la pacatería y la represión propias de la Argentina burguesa de principios de siglo XX, sumados a las secuelas de la visión romántica, muestran una visión maniquea de la mujer: sólo puede ser un ángel o un demonio, una posesión honorable o una fatalidad que conduce a la ruina.

“En la mayoría de los tangos de esa época las mujeres aparecen como falsas, traidores, coquetas e inconstantes. Cuando son buenas y fieles, mueren o son abandonadas. Las madres, como es sabido, son todas santas”, escriben Lucía Gálvez y Eduardo Espina Rawson.

Jóvenes del arrabal deslumbradas por las luces de la ciudad, una población masculina que doblaba a la femenina en el Buenos Aires de las primeras décadas de 1900 eran algunos ingredientes de una compleja realidad social que Roberto Arlt describe magistralmente en sus Aguafuertes porteñas.

Mucho del universo específico del tango en esa época fue el de la vida prostibularia, con sus rufianes y rameras. En aquellas primeras décadas del siglo XX, el aluvión inmigratorio había traído a centenares de miles de hombres solos, que alimentaron un enorme mercado del sexo.

Por una parte, los hombres respetaban a las mujeres que se convertirían sus esposas y en las madres de sus hijos y, por ello, automáticamente, en santas; por otra, se divertían –timba, copetín y burdel mediante- con las jóvenes inmigrantes o criollas que ejercían la prostitución, o al menos, vivían bajo sus propias leyes. Estas serían las grandes ingratas, engañosas e interesadas más en el bolsillo que el corazón de los hombres.

Hay tangos que dirigidos a las mujeres cuyas letras las alaban, las cuidan, las miman, pero siempre ubicándolas en los lugares que les “están reservados”: mujer amante, madre, ama de casa, prostituta, milonguita. En no pocas letras el ideal de ascenso social de la mujer se resume en conseguir un marido con vento, como dice la letra de Margot, de Celedonio Flores (1921).

“Ahora vas con los otarios a pasarla de bacana
a un lujoso reservado del Petit o del Julien,
y tu vieja, ¡pobre vieja! lava toda la semana
pa' poder parar la olla, con pobreza franciscana,
en el triste conventillo alumbrado a kerosén”.


Al despecho y al rencor imperante hacia las mujeres se les sumaría hacia 1930 un nuevo matiz: el respeto hacia las “pebetas” del barrio como Malena, Mireya, Margot, María,  Ivette, Grisel, entre otras.

Gálvez y Espina Rawson señalan que “son rarísimas las ocasiones en que el tango narra la dicha de un amor logrado” o un amor correspondido y citan La Morocha (Ángel Villoldo, 1905): “Soy la gentil compañera/ del noble gaucho porteño/ la que conserva la vida/ para su dueño”.

“En el tango no hay amores felices; a lo sumo encontraremos la evocación y la nostalgia de un amor que feliz. Tampoco es frecuente la fidelidad”, destacan los investigadores.

El tango-bolero romántico estaba claramente destinado a las mujeres con un solo objetivo: la seducción. Por eso los tangos empiezan a dorarle la píldora a la mina desde afuera, como en Pasional (Mario Soto, 1951.

“¿Qué tendrás en tu mirar
que cuando a mí tus ojos levantás
siento arder en mi interior
una voraz llama de amor?
Tus manos desatan... caricias que me atan
a tus encantos de mujer.
Sé que nunca más
podré arrancar del pecho este querer”.

A media luz

Los amores y amoríos de los letristas del tango pasaron a las canciones. Todos tuvieron una compleja vida sentimental, ya fueran casados o solteros.

Eduardo Arolas fue abandonado por su mujer quien lo engañó con su hermano mayor; Francisco Canaro tuvo dos mujeres: “La Francesa”, su esposa legal, y la célebre “cancionista” Ada Falcón para quien escribiera No sé qué me han hecho tus ojos; Juan Carlos Cobián fue un Don Juan incurable; y Carlos Gardel, siempre estuvo entre su mamá, Isabel del Valle y “la Ritana”.

Alfredo Le Pera se enamoró de Aída Martínez, quien morirá en sus brazos, de Carmen Lamas con la que mantuvo una escabrosa relación y de la “China” Rodolico, su amor de juventud que la tragedia de Medellín impidió concretar; Enrique Santos Discépolo y Tania tuvieron una larga e intensa historia a lo largo de 24 años de amor y desencuentros.

Por su parte, Homero Manzi sostuvo a su amada Malena que no fue otra que Nelly Omar; el  dandy Enrique Cadícamo se convirtió en padre de familia por el flechazo de María Luisa Notar; y José María Contursi amó a Susana Grisel Viganó, la del bello tango que lleva su segundo nombre, entre otros.

Los nombres de la mayoría de las mujeres reales, las esposas, novias o amantes de los tangueros, se han perdido. “Se las idealizaba o se las denigraba en forma anónima, pero ningún hombre quería que se hablara de “su” mujer”, explican Gálvez y Espina Rawson. De hecho, en el caso de los tangos que llevan por título el nombre de una mujer casi siempre se trata de un seudónimo.

La Biblia y el calefón

Las mujeres no se libraron del machismo de la época y tuvieron que soportar muchísimos gestos de egoísmo. “Aunque la mujer aparece en los textos como "la reina de la casa" o "el hada del hogar, es en palabras de Balzac, "una esclava que hay que saber poner en un trono".

En esta época llamada "victoriana" por el largo reinado de la reina de Inglaterra, se acentúa la hipócrita moral sexual que divide a las mujeres en dos grupos: las serias y virtuosas destinadas al matrimonio y las "perdidas" que están para divertir a los hombres e iniciar a los jovencitos”, dice Gálvez en una entrevista.

Es más, estaba implícito que los largos noviazgos hubieran implicado grandes riesgos para la pureza de las jóvenes decentes, si no hubieran existido estas otras mujeres caídas o fáciles.

Siempre ha existido en Argentina la hipocresía en materia sexual; entonces era crudelísima y ahora, en apariencia parece más moderada. Esta doble moral era distinta para los hombres a quienes todo les estaba permitido, aún a los hombres casados. Mientras que la mujere debía ser impoluta, si llegaba a "dar el mal paso" y quedaba embarazada, era echada de su trabajo y a veces de su casa paterna, y si se soportaba que esa chica tuviera a su bebé, el niño era dado en adopción.

Berthe Gardes.

Madre hay una sola

Incluso Carlos Gardel, desde el punto de vista femenino, no queda muy bien parado. Al parecer, Gardel no amó realmente a ninguna mujer, salvo a su madre.

“Esta idea se basa en las propias palabras y actitudes de Carlitos: le gustaban las mujeres como los caballos de carrera y la ropa fina. Valoraba a su madre por su valentía y dedicación. Es curioso que los romances más prolongados de Gardel fueran con "la Ritana", bastante mayor que él, y con Isabel del Valle, que podría haber sido su hija”, explicita la historiadora.

Postal de conventillo y argumento de las letras de los primeros tangos cantados, junto a la mujer traicionera aparece la figura de la madre –inmigrante o criolla- abnegada, de escasos recursos y trabajadora que se sacrifica por sus hijos.

Este rasgo figura en decenas de tangos, entre ellos muchos de Canaro y Gardel.

Se demoniza a la mujer traidora y se diviniza a la madrecita: "Eras mujer…/ Pensé en mi madre y me clavé", dice Discepolín.

¡Pagaría por no verte!

El primer tango cantado y que contaba una historia fue Mi noche triste, de Pascual Contursi. “Es el primero que habla de la mujer que abandona y, dentro de todo, lo hace en términos amables, pero a partir de allí, las letras de los tangos van a hablar muy despectivamente de la "ingrata y "traidora".

Un caso típico es el de Celedonio Flores que le predice a una mujer que lo ha abandonado "y mañana cuando seas descolado mueble viejo"; o el joven Cadícamo que en su primer tango Pompas de jabón, escrito a los 18 años, para prevenir a una coqueta de lo que le va a suceder, la define como "embrión de carne cansada", detalla Gálvez.

Celedonio Flores llega a gritar: "¡Me revienta tu presencia, pagaría por no verte!", palabras que surgían del amor y el despecho.

Este trato descortés cambia con la nueva generación de autores quienes dedicarán sus letras a recordar más que a reprochar: Homero Manzi, José María Contursi, Alfredo Le Pera y Enrique Cadícamo, "bohemios de gomina y camisa de seda", como se definía éste.

Se dice de mí

Las intérpretes más famosas de la historia del tango, las precursoras de Amelita Baltar, Adriana Varela y Susana Rinaldi, fueron Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Sofía Bozán, Tania, Ada Falcón, Libertad Lamarque, Nelly Omar y Tita Merello. Surgidas del teatro, del folclore o del canto coral, estas cancionistas enamoraron a todos con su voz, sus curvas y su poder de seducción.

Hubo muchas cantantes de segunda línea que no llegaron a destacar debido al machismo del ambiente tanguero. Con resistencia los hombres aceptaron a las orquestas de señoritas, pero muchas compositoras tuvieron ocultar su género detrás de seudónimos como Maria Luisa Carnelli que firmaba como Luis Mario o Mario Castro. Mercedes Simone fue el gran antecedente de la la nueva poesía y la nueva música de Eladia Blázquez y de María Elena Walsh que en los años 60 se afianzaron en el mundo del tango.

Para el final, un clásico: Se dice de mí, de Canaro y Pelay (1943), en la voz de la recordada Tita Merello.




Fuentes: Romaces de tango, de Lucía Gálvez y Eduardo Espina Rawson; www.todotango.com; www.buenosairestango.com.

Patricia Rodón

Opiniones (1)
7 de Diciembre de 2016|16:54
2
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7 de Diciembre de 2016|16:54
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  1. Genial síntesis, me encantó, un lujo la Patri, y como siempre las imágenes que ayudan y tanto!!! gracias por andar por allí, del otro lado de la pantalla...
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