Arte y desastre natural: el aire y la tierra

Grabados y pinturas contienen información sobre cómo entendieron los artistas y sus sociedades a esos eventos extremos que llamamos "desastres naturales". Aquí analizamos dos de los elementos más devastadores.

"Tornado", de J. Steuart Curry (1929).

Los seres humanos usamos representaciones, tanto verbales como visuales, para  dar cuenta de las múltiples manifestaciones del mundo natural, social e individual. Dentro de las representaciones visuales están las imágenes artísticas.

En el arte, la naturaleza ha sido presentada como el escenario y el fondo de imágenes religiosas, de retratos y de batallas. Pero la naturaleza también ha sido el objeto central del arte en el caso de artistas paisajistas.

Por eso, algunos grabados y algunas pinturas contienen información sobre cómo entendieron los artistas y sus sociedades a esos eventos extremos que llamamos “desastres naturales”. Con ejemplos seleccionados de grabados y pinturas del pasado, seguiremos a los cuatro elementos que han sido considerados desde la antigüedad como los primordiales: el fuego, el agua, el aire y la tierra. En esta nota, dos de los más devastadores.

El aire

El aire ocasiona desastres si se mueve (sopla) con vientos violentos. Los mendocinos lo sabemos muy bien cuando nuestro aire se transforma en Zonda severo. Tanto en alta montaña como en el llano, y tanto en la ciudad como en el campo, su paso produce daños.

La forma más conocida de viento que produce serias disrupciones es el huracán. Esta palabra es de origen caribeño: es el dios Hurakan cuya imagen reproducida abajo está sacada de un grabado y que fue a su vez copiada de un trozo de cerámica.

El dios maya Huracán. La voz nativa "huracán" desplazó a la española "tempestad".

Hurakán significa “el de una sola pierna” y claramente evoca el movimiento giratorio que sabemos que tiene un huracán (las fotos satelitales no dejan dudas sobre su forma de disco). En la representación, ese círculo está dibujado por los brazos. Para los mayas, Huracán formaba parte de  los cuatro dioses destructivos.

A su llegada a América, los europeos utilizaban el término de “tempestad” para designar a las tormentas fuertes en tierra y en mar. Pasaron muchos años hasta que la voz nativa de “huracán” reemplazó a “tempestad” y la primera pasó entonces a formar parte del lenguaje habitual.

Los huracanes son los fenómenos catastróficos más frecuentes del Caribe y América Central. El grabado se encuentra decorando un mapa de Cuba de mediados del siglo XIX y se refiere a un huracán en La Habana. El viento ha volado el techo de un edificio del malecón y ha hecho naufragar a naves del puerto. En pleno apogeo del fenómeno, las olas rebasan las defensas costeras, pero la gente no ha podido dejar de ir a mirar semejante espectáculo. El portento de la naturaleza no atemoriza, solamente vuela sombreros, paraguas y tira de bruces a los espectadores.

Un huracán La Habana (1853).

"Trombe sur terre" (1869).

Los tornados son otros eventos destructivos donde participa el aire. Este grabado de un manual de meteorología del siglo XIX muestra cómo queda una zona después del paso del tornado.

En este caso, se trata de un lugar donde habían casas de madera. Lo que eran casas ahora hay tablas arrancadas y amontonadas, y sus habitantes -no sabemos si aún están vivos- se encuentran  ellos también derrumbados como parte del montón de escombros.

La tierra

El desastre natural por excelencia relacionado con la tierra es el terremoto. La palabra es un compuesto del latín que significa “tierra que se mueve”. Es probablemente el fenómeno natural más extremo y más perturbador al que nos enfrentamos.

La tierra deja de ser firme y sólida para moverse como si fuese agua. El silencio de una tierra inerte se rompe y la sentimos con estruendos inusuales que solamente antes hemos escuchado en los cielos durante las tormentas. El sismo dura segundos pero juraríamos que fueron minutos interminables. En suma, nuestros sentidos se desorientan.

Se calcula que este terremoto alcanzó el
grado 9 en la escala de Richter.

Este grabado ilustra esa desorientación con motivo del terremoto de Lisboa de mediados del siglo XVIII que fue uno de los más fuertes de la historia geológica del planeta. Se especula que midió grado 9 en la escala de Richter.

El grabado tiene superpuestos dos tiempos: el del impacto del evento y el de sus consecuencias. El momento del impacto agita las aguas y confunde la realidad: no podemos ver dónde empieza la ciudad y dónde termina el mar, los edificios y los barcos se confunden con el oleaje y el tsunami que ingresó a la capital portuguesa se mezcla con los humos de los incendios que provocó el terremoto. También hay una imagen de la etapa del socorro: se trata de un bote que está procediendo al rescate. En él, un funcionario está parado, muy firme y seguro, organizando las tareas. Es como si esta pequeña parte del grabado no perteneciese a la situación de convulsión y dislocación provocada por el terremoto y el tsunami.

Otro fenómeno devastador que tiene como principal protagonista a la tierra son, precisamente, las tormentas de tierra o de polvo. Estas son tormentas habituales en el centro de los Estados Unidos y muchos de los artistas denominados “de las praderas” han, por esto mismo, retratado ese suceso que podemos ver en los cuadros del Museo de Kansas y sitios en internet.

Una de las tormentas de polvo más grandes registradas en nuestro continente ocurrió a principios de la década de 1930. Se la conoce como el “Dust Bowl” (“Cuenco de polvo”) porque el polvo cubrió a una amplia región del centro de Estados Unidos como si se tratase de llenar una copa. Aquella tormenta  fue producto de casi diez años de sequía que, a su vez, estuvo ocasionada por una combinación de efectos entre La Niña y el Atlántico Norte. Algunos autores afirman que a esto se sumaron varias prácticas agrícolas insustentables.

Se calcula que el fenómeno del Dust Bowl perjudicó a unos tres millones de campesinos que vieron a sus campos literalmente enterrarse en oleadas de polvo. Eso los dejó a ellos sin posibilidad de cultivar y a sus animales sin pastos.

Alexandre Hogue (1898-1994) es un pintor norteamericano contemporáneo a los dramáticos sucesos que retrató la desoladora belleza que tuvo un desastre natural masivo cuyo protagonista central, hace ya casi un siglo, fue el cuarto y último de los elementos naturales que hemos asociado en este trabajo en su asociación con las representaciones artísticas.

"Dust Bowl" o "Cuenco de polvo", una de las tormentas de tierra más
devastadoras, del pintor Alexandre Hogue (1933).

 (*) Margarita Gascón es doctora en Historia; especialista del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (INCIHUSA) del CCT-CONICET y autora del libro Percepción del desastre natural y Vientos, terremotos, tsunamis y otras catástrofes naturales.

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