El viejo de literatura 4-5-6: tres nuevos episodios imperdibles

José Niemetz es profesor de Literatura y escritor. Reside en General Alvear, donde imparte clases. Aquí, nos deja tres nuevos capítulos que tienen como protagonsta al "viejo de literatura", él mismo. Una profunda "historieta con aire sainetero sobre ciertos episodios antojadizos de nuestra cotidianeidad escolar", como él la define.

EL VIEJO DE LITERATURA


(Historieta con aire sainetero sobre ciertos episodios antojadizos de nuestra cotidianeidad escolar)


4



JUEVES

Los destinos de Rogelio, (contador, 31 años, docente de escuela media) y el mío se entreveran en una de las tantas escuelas en las que trabajamos, desde hace como cinco años, durante dos recreos semanales (el 2º del jueves, el 1º del viernes). Habitualmente nos amparamos recíprocamente del bullicio de los alumnos (y el de los colegas), intercambiando algunos jugosísimos comentarios sobre fútbol, mujeres, educación, política y nimiedades del estilo.

Hoy Rogelio me contó esta joyita:

Fui a visitar a mi vieja… ya tiene setenta años. ¿Sabés lo que me pasó? Escuchá. Estábamos tomando unos mates con biscochitos de grasa cuando, cae una amiga de ella de toda la vida y tras saludarme muy feliz de volver a verme tras varios meses,  me toma la mano , con tono de que va a hablar de lo que no se debe,  me pregunta:

- Rogelio... ¿todavía estás sin trabajo?

Permanecí unos instantes mirándola desconcertado. Como vengo trabajando ininterrumpidamente desde bastante antes de recibirme, no entendía a qué se estaba refiriendo. Mi vieja aclaró (“encandiló”, habría que decir) la situación, cuando, abandonando la bombilla,  se precipitó tomar la palabra y responder:

- Si, querida, todavía. Nada de nada. Rogelio se quemó las pestañas para recibirse de contador pero es docente, nada más.

- ¡Ay! ¡Qué pena! –añadió como cereza de postre la amiguita de mi vieja.

Después Rogelio me contó que a su mamá no había cómo hacerle entender que, si bien cuando había ingresado en la facultad su sueño era tener un estudio contable con una alfombra así de gorda y una secretaria así de flaca, con unas lolas así de grandes y minifalda así de corta, el tiempo había pasado destartalando al país y, por lo tanto, destartalando los sueños de alfombras, lolas, secretarias y minifaldas.

-Descubrí en la docencia una verdadera fuente de satisfacción. Es cierto que no ganamos un pepino (mentira, mentira: no dijo “pepino”), pero te digo que hoy que la tormenta (al menos ‘aquella tormenta’) ha pasado, no me pondría un estudio contable ni loco, ni mucho menos, me emplearía en uno ajeno. Me gusta esto. Pero es al pedo: para mi vieja esto no sólo no es un trabajo, sino que es mucho peor: es una forma de fracaso. ¡No sabés lo fuerte que resulta!

Rogelio tiene razón: la historia es muy fuerte. Dejemos que él se haga cargo solito del rollo que tiene con su vieja. Pero resulta oportuno reflexionar sobre todo lo que nos involucra socialmente en la historia de Rogelio. Porque hacernos cargo debe ser, seguramente una buena punta a la cual aferrarnos para comenzar a desenredar el engalletado ovillo de la educación argentina.

Conozco a Rogelio (y algunos otros Rogelios) que, no habiendo estudiado específicamente para trabajar de docentes (ingenieros, arquitectos, contadores, abogados, médicos, psicólogos, diseñadores, etc.), han encontrado en la docencia no sólo una fuente laboral, sino una importante fuente de desarrollo profesional, de crecimiento personal. Sin embargo, también conozco a otros ingenieros, contadores, abogados, médicos, psicólogos, diseñadores, que aluden a sí mismos con tristes frases como “yo soy profesional, no docente”. Como si el ser docente les avergonzara. Como si el ser docente no fuera una forma de ser profesional. Como si el haber ‘caído’ en la docencia significara una forma de frustración personal.

También conozco a muchas mamás (y papás) como la mamá de Rogelio. Mamás (y papás) que suelen quejarse enérgicamente (a veces con justa razón, sobre todo si pudieran obviar sus consabidas generalizaciones) del desempeño de los docentes de sus hijos; gente que ubica a los docentes en una categoría de “mal necesario”.

Con cierta condescendencia reconocen y valoran la tarea del docente, le sonríen falsamente, le palmean el hombro sin convicción. Sin embargo, inmediatamente añaden las frases que, rápidamente delatan su verdadera identidad; frases que como tatuajes portan inscriptas en sus cuerpos, frases estigmas y estigmatizadoras; frases del tipo “trabajan sólo  medio día”, “tienen vacaciones de tres meses”. Valoran a los docentes siempre y cuando no ‘aumenten el gasto público’. Valoran el trabajo de los docentes de sus hijos, (como también valoran el trabajo que la mucama, la secretaria o el policía realizan para ellos) siempre y cuando sus propios hijos no vayan a ‘caer’  en la docencia. Con fe de talibanes creen que ser maestro es para otro tipo de gente. (Una pregunta entre paréntesis: ¿qué hubiera opinado el “ingeniero” Blumberg si su hijo Axel hubiera ingresado a la escuela de policía?).

Nada, pero nada, nos conduce tan bien o nos hunde tan hondo, nada nos puede hacer tan libres al tiempo que puede sojuzgarnos, como nuestras propias ideas.



EL VIEJO DE LITERATURA

(Historieta con aire sainetero sobre ciertos episodios antojadizos de nuestra cotidianeidad escolar)

5

VIERNES


- Buen día, chicos –dije.

No soy de los profes que al ingresar al curso obedecen la regla institucional que impone a los alumnos el colocarse de pie y enmudecer antes de pronunciar “buen día”. Estas prácticas inconcebibles son algunos de los indicadores más elocuentes que nos permiten entender las razones por las que los “chicos odian la escuela” (y también nos permiten revisar algunas de nuestras prácticas actuales a quienes cuando fuimos adolescentes despreciábamos la escuela y hoy,    -que si bien hemos avanzado algo en el sentido de desarrollar alguna que otra reconciliación con nuestro pasado, no obstante no hemos logrado olvidar aquel odio-, la vida nos ha colocado atendiendo, desde el otro lado del mostrador de la educación).

No soy de esos profes que acuden a ese tipo de prácticas absurdas y autoritarias para sentirse respetado. (Conozco colegas de alguna institución de acá cerquita, que han sido sumariados por no consentir la norma que estipula que los chicos deben prosternarse y reverenciar el ingreso del docente a clase)

Esta decisión se encuentra decididamente sostenida en una razón de índole práctica tan pero tan elemental y obvia que da pudor escribirla: es muy difícil enseñarle algo a quien nos desprecia. Es imposible enseñar en climas de miedo, de rituales absurdos y de vínculos humanos tan (pero tan) distantes entre alumnos y profesores. En una institución que cotidianamente le falta el respeto con absoluta naturalidad normalizando la estupidez, respetar al joven constituye un recurso básico a fin de generar situaciones, momentos, climas, adecuados para que, aprender (y enseñar) se convierta en una tarea un poco más amable, un poco menos irritante y, fundamentalmente (con un poco de suerte), se convierta en una tarea posible. (Lo tuyo es demagogia –me enrostró cierta vez un directivo. Y agregó: Lo tuyo no es decencia, ni mucho menos, docencia: es pura condescendencia.

- Cierto, tiene usted razón – clausuré el debate pedagógico, economizando pólvora en chimangos.

No obstante, a veces pasan cosas que hacen dudar de la metodología.

- Buen día –repetí ya que muy pocas de las casi cuarenta gargantas me habían respondido.

Entonces sí se oyeron algunos buenos días, formales, pachorrientos. (Nota: Los viernes uno espera otro tipo de “buenos días”. Normalmente hay un poco más de entusiasmo). Fue obvia la deducción de que algo fulero estaba pasando.

- Bueno, bueno, bueno. ¡Cuéntenme! ¿Qué pasó?

- No. Nada, (¿cuántas veces por día un adolescente promedio pronuncia la palabra ‘nada’?) profe… es que…

- Bueno… ¿y? ¿Qué pasó? ¿A quién amonestaron esta vez?

- No. Nada, profe… es que… la profesora de química faltó y el de informática llegó tarde…

- ¿Y? –pregunté mirando el reloj, eran las diez menos veinte de la mañana.

- ¡Cómo que ‘y’! ¿Le parece poco? ¡Estamos al pedo desde las siete y media de la mañana!

Cuando iniciaba la robotizada reprimenda por “la-inconveniente-palabra-pronunciada-fuera-de-lugar-por-el-educando”, me detuve y calculé: siete y media, los pibes se levantaron a eso de las seis y media, siete menos cuarto, tomaron colectivos, bicicletas, hace un frío de perros, mamá, papá los trajo, llegaron puntuales, el que llegó 10 minutos tarde le pusieron media falta y… “la vieja de química” (tiene 28 años) no vino. Sencillito, sólo eso: no vino. Los pibes llevan como tres horas, encerrados, sentados, aburridos… y yo espero de ellos que ni se les ocurra pronunciar la palabra “pedo” porque es una grosería.

- Pero… ¿no avisó? –pregunté por preguntar, no más esta pregunta estúpida y los rostros que me respondieron (ahora sí eran los cuarenta los que me respondían al unísono), concordaban en que, efectivamente, se trataba de una “pregunta-inapropiada-formulada-fuera-de lugar-y-de-tiempo-por-el-educador”.

Intenté adecuar mi clase al contexto con el que me encontré. Saqué a Dolina del portafolio. Afortunadamente uno ha aprendido a ser precavido y no salir sin él, nunca se sabe. Hay textos soporíferos, hay textos sísmicos, hay textos inquietantes, y hay textos que son como un bálsamo, un botiquín para sanar heridas del alma. Ya que la palabra “pedo” había rondado el aula, leímos “El hombre que se desgració en el tren”, nos reímos, le cambiamos el final, nos reímos, contamos anécdotas, nos reímos.

Hay muchas formas de castigar a los adolescentes. La policía conoce varias de ellas. Cromañón es mucho más que un ejemplo más de lo que significa el descuido en el que hemos instalado a la juventud hoy en el país.

También los docentes y las instituciones educativas, muchas veces se transforman en un engranaje del gran dispositivo represivo.

Decimos que queremos que lo chicos estén en las escuelas y no en la calle, pero les enseñamos a odiarla. Algunos piden “mano dura”, otros piden bajar la edad de imputabilidad, y no se les ocurre reclamar con la misma vehemencia por la educación. Se escandalizan por una “rata” colectiva convocada por Facebook, pero no porque existan colegios que los días de lluvia suspenden sus clases porque los agujeros están con un poquito de techo.

Por suerte aún son mayoría los docentes que no quieren para sí el rol de cómplices de ninguna forma de castigo. Los que no quiere avergonzarse de ser docentes.




EL VIEJO DE LITERATURA

(Historieta con aire sainetero sobre ciertos episodios antojadizos de nuestra cotidianeidad escolar)

6

LUNES

Sala de profesores, recreo de las 10:20 hs. 

Marita, “laviejadehistoria” (44, casada, separada, reconciliada, separada, juntada, separada, actualmente en status incierto) abre la cartera y con un ostensible gesto de autosatisfacción, nos muestra las presas capturadas durante su reciente incursión de caza (o sea, la clase): cuatro teléfonos celulares que habrían de ser devueltos a los padres de los alumnos confiscados. 
- ¡Já! Cuatro juntos. Me tienen harta. Ellos saben que no se puede. Y si no se puede, no se puede. ¡Qué tanto!

La aprobación general que recibió de parte de los colegas, reprimió abruptamente, mi primitivo instinto por preguntarle si ella apagaba su propio celular cuando entraba a clase, o, de lo contrario, era de los docentes (o médicos, o abogados, o lo que sea) que lo dejaban encendido mientras trabajan “por las dudas, uno nunca sabe, alguien me puede necesitar… ¿viste?”

También se me ocurrió pensar sobre el sentido de hacer venir a la escuela a los padres para retirar esos aparatos que, con toda seguridad, no sólo se los habrían comprado ellos mismos a sus hijos, sino que les financiaban el uso cotidiano. 

Los chicos, al portar el celular, de una u otra forma, asumen, aceptan, reconocen, la vigilancia materna-paterna. La correa de la mascota, el brazo del control, el ojo vigilante se extiende del ámbito del hogar a la calle, al club, al boliche y… a la escuela. Gracias al celular, los padres hemos alcanzado la ubicuidad (en realidad, eso es lo que preferimos creer).

Para los chicos, el rédito que obtienen del hecho de pertrecharse con uno, parece compensar ampliamente la aparente desgracia del saberse vigilado. Desde hace unas pocas décadas, el adolescente ha sido inscripto socialmente como consumidor, como cliente. Desde la tele se lo empuja despiadada e insistentemente al consumo de los más diversos objetos y servicios como requisito inalienable para la constitución de su identidad. ¿Cómo habremos de saber quién diablos somos si no portamos un celular? ¿Eh?

No obstante lo cual, muy poco importa el designio maternal-paternal y, mucho menos el clientelar mandato social: laviejadehistoria, (es decir, la escuela) reprime severamente el uso del celular. Si como dicen, ninguna tecnología es neutra y, además funcionan como dispositivos de control, de vigilancia, de domesticación social… podríamos invertir la lógica y pensar la norma de que los chicos apaguen los celulares en clase, como una forma de estallido estudiantil silencioso, una sorda revolución libertaria. Sin embargo, (¡oh cruel paradoja!), el estallido alcanza los decibeles (y muchos de sus significados) de un cementerio y la revolución libertaria adopta la forma de la litúrgica, automática y arbitraria prepotencia del sistema educativo. 

Se podrían redactar (de hecho, ya están escritas), bibliotecas enteras de guitarreos argumentando muy sesudamente contra del uso del celular en la escuela. Hay aulas con cartelitos en las paredes prohibiendo su uso. Hay preceptores que ordenan apagar los aparatos. Hay profesores (intento ser uno de ellos) que, generalmente en vano, piden por favor que, si no quieren apagarlos, al menos tengan la deferencia de “ponerlo en vibrador para que no moleste” (a veces, incluso se nos da por explicar que el celular es una de las tantas muestras de cómo en este mundo, los intereses privados de algunos pocos, se imponen sobre la vida pública –el cine, el parque, la clase-, de muchos; y si los pibes se enganchan con el tema, añadimos ideas tales como que “un ringtone es antes que nada un contaminante ambiental emitido por un prepotente, despótico y autoritario”). 

¿No resulta verdaderamente intolerable en el narcisismo de los docentes el hecho de que los chicos prefieran largamente ese terreno (para nosotros, árido, seguramente infértil, enajenante e insípido) de los SMS que nuestras “maravillosas” clases? 

Que bostecen… bueno; que miren por la ventana… ¡Qué va a hacerle! Que hagan dibujitos en el banco… ya estamos acostumbrados… pero que redacten un mensajito (con ese diminutivo sorprendente que revela cuán poca fe le tienen a sus palabras), como: “estoi en clse de lengua q’enbole!”,  pareciera como que ofende nuestro pudor. Nuestro umbral del dolor es superado con creces. Por ello me pregunto: ¿qué es verdaderamente lo que prohibimos en la escuela cuando prohibimos el celular?

Se me ha ocurrido pensar que, como en tantas otras cosas, el celular es, en realidad, sólo un excipiente inerte en el cual depositamos en forma más o menos visible, las que debieran ser nuestras auténticas fuentes de preocupación: nuestros propios miedos, nuestras propias incomprensiones. Y, sabido es, el poder actúa antes que en cualquier otro sitio, en aquello que teme, en aquello que no comprende. Actúa por las dudas. Algo habrán hecho… por algo hay que hacerlos desaparecer. 

Porque además de todo el piripipí psicopedagógico obvio sobre el celular, hay una idea que no veo que hablemos suficientemente los adultos: la idea del ostracismo en el que se sumergen los pibes.  El autismo como requerimiento de los juegos en red, del MP3, del Chat. El celular entendido como un exilio voluntario, como una deportación hacia un mundo que a muchos, nos resulta muy difícil comprender. 

Nos debiera quedar claro que si los chicos se van (y se van…, y se van…), el problema es nuestro que nos quedamos, no de ellos que se van. Tal vez, (podríamos comenzar la tarea preguntándonos estas cosas) lo que nosotros llamamos evasión no sea otra cosa que el hecho de que la sociedad que les ofrecemos a los adolescentes, carezca por completo de significado para ellos. Tal vez, lo que nosotros llamamos evasión, ellos lo llamen sentido, o esperanza, o libertad.

A los docentes el celular, también nos replantea algunos temas éticos. Por mencionar alguno: ¿hasta dónde, la institución educativa, digo, nosotros los docentes, tenemos derecho a “meternos” con la intimidad de nuestros alumnos? ¿Es acaso la escuela un panóptico perfecto? ¿La escuela, o el aula son un recinto más del Gran Hermano Social y nosotros el Ojo que Vigila?

Opiniones (11)
9 de Diciembre de 2016|10:55
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9 de Diciembre de 2016|10:55
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  1. Nos gustaron mucho tus cuentos ya que con gran ironía reflejas las carencias de nuestro sistema educativo. Felicitaciones. Estamos muy orgullosos de n/sobrino.
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  2. Nos llevamos la sorpresa de verte y leerte en este diario mientras tomábamos clases de computación! Nuestra opinión te la daremos después de leer los cuentos
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  3. "El profe Niemetz" reemplazo a mi profesora de Literatura alla por el 2003 creo, cdo estaba en cuarto año de la querida Escuela de Agricultura...qué placer haberlo conocido!! haber sido su alumna! escuchar las innumerables anecdotas, aprendizajes contados como historias... Y sí, OJALÁ todos los profesores compartieran SU manera de enseñar. Un gran abrazo, Ana
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  4. Qué lástima que el "viejo de literatura" vive tan lejos,me encantaría un docente con esta calidad para mis hijos. Yo, que amo las letras, nunca encontré un docente que les infudiera a mis niños el amor por la literatura. Gracias por este texto.
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  5. saludos, Jorge, no lo conozco mas que de nombre, por haber sido profe de alguno de mis hijos. coincido en mucho de lo que dice, salvo, quizà, en lo del celu. espero que MDZ le siga dando un lugarcito.
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  6. me quedo a la espera de la próxima
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  7. Unos de los pocos que enseña de verdad! Saludos Profe!
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  8. Como siempre José nos das lo mejor!!. Como Docente y como Ex alumna creo en mirar desde los zapatos del otro lo que sucede, y lo del "viernes" me pareció sencillamente espectacular. Natalia
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  9. EXCELENTE.....COMO SIEMPRE...
    Me encantó empezar la mañana con una buena lectura, tan real, tan simple pero tan absoluntamente estilo Jose Niemetz. Que bueno poder reecontrarme con tu genio ... aún estando a tanto kilómetros de mi querido General Alvear.... ahora soy tu fans....
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  10. De ninguna manera el cronista viejo. En la redacción de la nota asoma de cuerpo entero el escritor, lo que le otorga placer a la lectura. Respecto de los celulares, es todo un tema, pero trato siempre de mirarlo por el lado del respeto. Es cierto: Algunos padres (Novios/as; Esposos/as, etc.) ejercen un control enfermizo através del aparatito, al punto tal de sentirse hasta con derecho a violar la privacidad de sus hijos, revisando sus mensajes y/o llamadas, esgrimiendo para ello el absolutista poder del dinero: "Yo te lo compré, yo lo uso para ssometerte". El acto de usar el celular para comunicarse con otra persona, es un acto privado y debe ser respetado como tal, el problema se presenta cuando lo que debería ser estrictamente privado, se convierte en un acto público, transformándose en un búmerang que le falta el respeto a los demás, interrumpiendo una charla, una clase, una sesión amatoria, etc. Si uno está participando de cualquier clase de reunión, debería apagar el celular, así como cuando vamos al baño y cerramos la puerta, porque lo que hagamos ahí dentro nos interesa sólo a nosotros. Felicitaciones al "Viejo de Literatura", que debe tener más o menos mi misma edad.
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