Teoría y práctica de la vendetta: la mafia en Argentina

En nuestro país la mafia tuvo características propias definidas por el contexto inmigratorio y el encuentro entre los mandatos culturales de quienes la representaban y los de la sociedad que los recibió. Una historia de sangre, pactos y silencios.

Casa en la que vivió Juan Galiffi y fue
asesinado Francisco Marrone, los dos
grandes capomafia.

Capo, Cosa Nostra, omertá, vendetta, cupula, consigliere, contabile, Cosa Nuova, don, famiglia, soldati y padrino son términos que resultan familiares a nuestros oídos, no tanto porque los actos y negocios de la mafia siciliana en nuestro país hayan sido investigados o porque fueran noticia en la primera mitad del siglo XX, sino por la vasta influencia del cine y de la televisión vía Hollywood.

Sin embargo, la mafia en Argentina tuvo características propias definidas por el contexto inmigratorio y el encuentro entre los mandatos culturales de quienes la representaban y los de la sociedad que los recibió.

La misma palabra mafia desde su incorporación al lenguaje corriente fue usada de las maneras más diversas, desde Roberto Arlt que hacia 1930 la adjetiva al describir el “barrio porteño” en el aguafuerte Silla en la vereda: “Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios!”, hasta la gente común que hablaba de los demonios “mafiosos” y cualquier delincuente común era catalogado como mafioso por la policía.

Poderosa fuente de inspiración popular, las historias de la mafia en nuestro país giran en torno de un puñado de figuras, como Juan Galiffi (alias, Chicho Grande) y Ágata Galiffi, su hija; Francisco Marrone (alias Chicho Chico), Cayetano Pendino (el Padrino), Diego Raduzzo, Carmelo Cinti, Julio Nannini (alias Bibi), entre otras.

Pero las investigaciones policiales y las notas periodísticas sobre ellos escasean. “Casi ninguno de los casos importantes fue esclarecido y, las condenas no fueron, en general, más allá de los ejecutores de algunos crímenes y secuestros”, escribe Osvaldo Aguirre en su notable libro Historias de la mafia en la Argentina.

Diego Raduzzo y Carmelo Vinti, dos
personajes importantes en la historia de
la mafia en Argentina.

De caballeros errantes a asesinos sangrientos

“La palabra mafia comenzó a utilizarse a partir de la obra teatral I Mafiosi di la Vicaria (Los mafiosos de la Vicaría, 1862), de Giuseppe Rizzotto y Gaetano Mosca, sobre la vida de los presos en la cárcel de Palermo”, precisa Aguirre en su investigación publicada por Editorial Norma.

Del éxito de sus representaciones los términos mafia y mafioso fueron incorporándose al habla popular con el sentido de asociación criminal basada en un código de honor y en la venganza como método para resolver los conflictos.

Como antecedente más antiguo se señala a los “jóvenes caballeros errantes que buscaban riqueza y gloria en el Medioevo bajo la divisa `la fuerza impone el derecho´. La violencia era un privilegio del señor feudal y a veces resultaba complicado distinguir entre los actos de guerra y acciones de bandidaje”, ya que los nobles sicilianos se rodeaban de una corte de hombres armados juramentados para defender los intereses de sus señores, explica el periodista.

Más tarde, esta suerte de ejército rural desconoció la autoridad de los nobles en Sicilia y comenzó a funcionar por su cuenta. Entre sus prácticas, que luego se institucionalizarían, destacaba la mediación entre delincuentes y víctimas con el objeto de tomar provecho de ambas partes. Muy semejante sería el origen de la Camorra en Nápoles.

En una sociedad semifeudal -donde la ley era la violencia y la fuerza-, el valor personal de los mafiosi era un atributo deseable para el rico y poderoso puesto que se que ayudaban a satisfacer mutuamente necesidades básicas: poder para el rico,  protección para el violento e ignorar la ley para ambos.

“Pero los comportamientos mafiosos no son un residuo del pasado remoto, sino una combinación de lo antiguo y lo moderno y esa es una de las características que explica su permanencia”, puntualiza Aguirre, ya que “el fenómeno mafioso es una síntesis de innovación y continuidad en la tradición. Se transforma adaptándose a las evoluciones de la sociedad en la que actúa y a la vez permanece fiel a un conjunto de valores, un ADN cuyos objetivos son la búsqueda y la obtención de impunidad”, resume el investigador.

La mafia, entonces, es consecuencia de la combinación de tres ingredientes: “la falta de comunicación entre el centro y la periferia de Italia, el carácter disperso de la administración periférica del Estado y la permanencia de la violencia privada como forma de regulación de las clases”.

Juan Galiffi, apodado "Chicho Grande".
Llegó a Argentina en 1910 y fue el
hombremás poderoso de la mafia en
nuestro país.
“Muerto por traidor”

En un conventillo de La Boca, en enero de 1885, apareció el cadáver de un hombre con rollo de alambre en el cuello y cartel en el pecho que decía “muerto por traidor”. Se trataba del primer asesinato cometido por la mafia en Argentina.

La mafia siciliana se instaló en nuestro país a finales del Siglo XIX y comienzos del XX. Aguirre releva, comenta y analiza artículos periodísticos de la época que dan cuenta de la presencia de grupos mafiosos en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, artículos que contribuyeron a la creación y circulación de mitos acerca de estas agrupaciones.

“En los primeros artículos aparece ya la idea de que se trataba de una organización rígidamente estructurada, que operaba en la clandestinidad y se movía al estilo de una banda delictiva moderna”, destaca el investigador.

El silencio que se imponían ante los extraños y la venganza como método hizo que el imaginario popular construyera, hacia 1910, un fantasma todopoderoso y omnipresente, marginal y delictivo, especialista en la extorsión y el secuestro: la mafia argentina. Pero ninguna de estas acusaciones tiene un sustento real porque no hay causas ni documentos policiales que lo prueben, apunta el experimentado periodista.

Aguirre señala que lo se observa es “una continuidad del funcionamiento tradicional de la mafia en Sicilia, estructurado en base a pequeños grupos autónomos entre sí. Los líderes solían ser personas con ascendiente en la comunidad, que establecían sus límites sobre la base de los propios territorios en que actuaban. Las relaciones de solidaridad que entablaron estos referentes, al traducirse en intercambio de información y cooperación en asuntos tales como las venganzas, contribuyeron a forjar la imagen de la mafia como un poder invisible, que actúa en cualquier parte y no puede ser localizado en ninguna”.

Los primeros hechos mafiosos en nuestro país involucraron a personas de una misma familia o de un mismo pueblo. Esto revela que la articulación en bandas surgió por pura solidaridad al grupo ante un medio desconocido y hostil, como estrategia de supervivencia.

Entre estas estrategias, destaca la antigua práctica mafiosa del uso de apodos y seudónimos para protección ante la policía. Tener más de un nombre –algunos sospechosos tuvieron más de una decena- ayudaba a enmascararse o desaparecer ante los ojos de la ley.

La Mano Negra, rúbrica de una
advertencia mafiosa. Se enviaban cartas
extorsivas con esa firma.

Del barco al conventillo

Entre 1880 y 1930 llegaron a Argentina casi dos millones y medio de italianos. Las primeras avanzadas fueron de artesanos, braceros, jornaleros y agricultores, una gran fuerza de trabajo que se incorporó al mercado laboral y a la vida social. Entre ellos, destacaron los piamonteses, pero los sicilianos y calabreses se mantuvieron más cerrados, atenidos a las reglas de su propia vida comunitaria y a una situación de virtual subconsumo.

“La mayoría de los hombres catalogados como mafiosos nunca lograron salir de esa condición; a la marginación económica le sumaron la marginación cultural que suponían su analfabetismo y la extrañeza respecto del manejo del castellano aunque llevaran muchos años en América. Ese doble aislamiento es una de las razones que explica su adhesión a las sociedades mafiosas: allí encontraban un sitio de pertenencia y, podría decirse, hasta de realización personal”, argumenta Aguirre.

El carácter cerrado de los sicilianos favoreció la preservación de los valores del pasado mafioso y actualizó la característica original de organismo de protección ante la hostilidad del nuevo mundo al que habían llegado. Unirse a sus paisanos para superar el miedo y convertirse en hombres de respeto en una sociedad violenta.

Vale aclarar que estos lineamientos no se aplican a todo el conjunto de los sicilianos. Obviamente no todos estuvieron vinculados a actividades ilícitas, pero sí se observa a lo largo de su historia en Argentina “la preservación de pautas de comportamiento que aparecían como indiscutibles porque eran legadas por los antepasados. El problema de la mafia consistió en que debió reacomodar sus reglas a un nuevo contexto, en el que estaba desprovista del sustrato histórico y cultural que daba cierta legitimidad a sus acciones”, desarrolla el investigador.

La llegada de los sicilianos a Argentina, fruto de una fuerte cohesión entre familias que tenía como objeto evitar la dispersión y como consecuencia el vivir en las mismas zonas y contraer matrimonio entre ellos, también implicó la reformulación de alianzas y esto se tradujo en vendettas que quedaron en el misterio.

La misteriosa Agata Galiffi, hija de Juan Galiffi. En 1939 lideró el último acto de la mafia tradicional en Argentina.

“La sangre llama a la sangre”

“La concepción contemporánea de vendetta aparece distorsionada por las leyendas anudadas en torno a las guerras de gángsteres en Estados Unidos, sobre todo en los años 20. En los relatos que aporta el cine, por ejemplo, suele desplegarse como la ejecución de un toma y daca, un impulso irracional que hace del orgullo un pretexto para desencadenarse. Incluso se la explica como el simple cumplimiento de la fatalidad, donde los individuos no tienen, en última instancia, ningún poder, ya que son conducidos por una potencia ajena a sus voluntades, casi al estilo de la tragedia clásica”, explica Aguirre.

La brutalidad de la vendetta contrastaba con las pretensiones de los capomafia, quienes ansiaban ascender socialmente y no ser asociados con la delincuencia sino con la clase dirigente. Para ello establecían lazos de amistad con burgueses y militares que les daban inmunidad a sus actividades delictivas, pero, agrega el periodista que “también reflejaban sus aspiraciones últimas, y las aspiraciones típicas de mafioso, un hombre que respeta porque quiere ser respetado”.

“Tales gestos no son entonces, pura ostentación, sino que remiten a una característica esencial: el capo recibe la ofrenda de la sumisión a cambio de la protección que puede dar; su autoridad se funda en la memoria del grupo y, para eso, necesita que en la huella de sus hechos sangrientos se pueda seguir el recuerdo o la historia de sus actos de generosidad”, apunta Aguirre.

De ahí que no hubiera contradicciones en el comportamiento mafioso. La vendetta era el castigo previsto por la única ley a la que se sometía. Al cumplirla ratificaba el orden de su mundo. “Si muero seré enterrado; si sobrevivo, te mataré” dice una de las máximas de esa ley no escrita. Una ley verbal, definitiva, colectiva y sin concesiones; una ley sin resentimientos personales.

La ofensa que desencadenaba una vendetta no afectaba a una sola persona sino a la familia o al grupo de pertenencia de esa persona. El silencio que rodeaba al crimen consiguiente, la omertà, era total y consensuado. Era un juramento solidario, era la lealtad absoluta, era una ley de honor.

La omertà “debía ser como un tablón de la cama, que ve todo pero no dice nada. (…) El hombre es un hombre que no se delata nunca aunque haya recibido una cuchillada”, explica el periodista y agrega que “la omertà resulta ser algo bello y noble porque aparece motivado por el estoicismo ante el peligro o el sufrimiento. Además, en la palabra resuena el término umirtà (humildad): es decir que significa, a la vez, la ley de sumisión implícita en la relación establecida con el líder del grupo”.

La vendetta y la omertà son estructurales en los códigos mafiosos tradicionales ya que constituyeron demostraciones de poder de un grupo que se sustraía al orden legal y resolvía sus diferencias con sus propias reglas y su particular ingeniería del crimen.

Imágenes de archivo de la reconstrucción del asesinato de Francisco Marrone.

Fuente: Historias de la mafia en la Argentina, de Osvaldo Aguirre. Buenos Aires, Norma, 2010. 416 páginas.

Patricia Rodón

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