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Roger Federer, los últimos capítulos de un superhéroe

El mejor tenista de todos los tiempos es también un hombre de gran espíritu humanitario. Con su carrera ya enfocada en las etapas finales, el suizo reparte sus energías entre la fundación solidaria, su familia y seguir siendo un ejemplo

Habrá que descubrir el verde paisaje entre agricultores y ganaderos, a los pies de los Alpes suizos, cual si fuera un óleo de Claude Monet, para comenzar a comprender por qué Roger Federer es como es.

La discreción es una condición helvética, una filosofía. Más allá de la acusación de custodiar lingotes de oro alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, Suiza, en general, permaneció al margen de conflictos, con neutralidad, buscando el consenso, aferrada al poder de su cultura y al secreto de su estabilidad bancaria.

En Basilea, en el noroeste del país, la concepción es la misma, claro, por más que uno de sus hijos predilectos sea el mejor de la historia en el arte de las raquetas. En la ciudad, a orillas del Rin, resulta una faena prácticamente absurda hallar una calle, un monolito o al menos una plaqueta que haga alarde de dicha bondad. Dicen que los lugareños se encogen de hombros cuando los turistas indagan acerca del hogar de Federer o la escuela donde cursó el primario.

Allí, ni se les ocurre comercializar la imagen del maravilloso tenista, por estos días N° 3 del circuito por primera vez desde 2003. Están acostumbrados a vanagloriarse con la algarabía de su carnaval, la trascendencia de su industria farmacéutica o la celebridad de sus arquitectos, matemáticos y cineastas. Sin embargo, Federer rompió los moldes. 

Robert, el padre de Roger, creció en Berneck, un pueblo de no más de 3500 habitantes, con dialecto alemán, sumido en un valle. Hijo de un obrero textil y un ama de casa, a los 20 años procuró independizarse y continuó el curso del Rin hasta llegar a Basilea, donde obtuvo trabajo en el laboratorio Ciba-Geigy.

Tras un puñado de años, Robert decidió emigrar y, entre otros motivos, producto de las facilidades para conseguir el visado sudafricano, en 1970 se instaló en una de las sedes que la compañía farmacéutica poseía en Kempton Park, un suburbio vecino de Johannesburgo.

Una tarde, en la cafetería de la empresa, el muchacho de estatura baja y abdomen fornido quedó encandilado por Lynette Du Rand, una adolescente sudafricana que trabajaba como secretaria. Calmo, pero muy chispeante, al tiempo Robert enamoró a la joven. Juntos, sin que el régimen del apartheid los afectara, vivieron momentos de felicidad, de plenitud. Eran aficionados a los deportes; incluso, solían jugar al tenis en el Club Suizo de Johannesburgo, pese a que ella prefería el hockey sobre césped.

En 1973, impulsados por una suerte de hábito nómada de Robert, viajaron a Basilea; allí se casaron y en 1979 nació Diana. Veinte meses más tarde, en la mañana del 8 de agosto de 1981, en el Hospital Cantonal de la ciudad Lynette dio a luz un varón al que llamaron Roger pensando que sería fácil pronunciarlo en inglés.

Un pequeño demonio

La familia de Federer era de clase media. Vivía en una casa modesta, con jardín, en Münchenstein, un barrio periférico de Basilea. Roger, de niño y también en la adolescencia, poco tuvo de esa personalidad principesca que se le pondera hoy. Era muy impulsivo, poco racional.

"Cuando no le gustaba algo podía ser agresivo. No podía perder, ni siquiera en los juegos de mesa. Revoleó el tablero en la sala unas cien veces", ha rememorado sonriente el padre. Tampoco le gustaba levantarse temprano ni hacer la tarea del colegio; le costaba concentrarse en clase.

Y su hermana, Diana, era víctima frecuente de las travesuras. Sólo lo entretenían los deportes. Jugaba con encanto al fútbol, al basquetbol (Michael Jordan era su ídolo), y se destacó en el hockey sobre hielo, llegando a integrar un seleccionado junior. Claro, además jugaba al tenis, actividad a la que se dedicó de lleno a partir de los 12 años. Durante esos tiempos, se pasaba decenas de horas frente a la TV, atento a los golpes de su referente, el alemán Boris Becker.

Pero, más allá de estar en el ámbito que él mismo había escogido, Roger siguió teniendo un estilo difícil, muchas veces indisciplinado. "Era un chico hiperactivo. Siempre gritaba, hacía bromas... Su buen humor contagiaba a todos, pero recuerdo que arrojaba mucho la raqueta y perdía el control -y se le imponían castigos-.

Era poco puntual: llegaba tarde a las prácticas, y había que empujarlo para que se entrenara, porque no era demasiado trabajador y se cansaba rápido; los ejercicios los hacía con más facilidad que otros", describió Paul Dorochenko -uno de los primeros preparadores físicos que moldeó el cuerpo de Federer- en el portal swissinfo.ch .

Preocupados por el comportamiento, Robert y Lynette adoptaron una decisión que finalmente sería acertada: a los 17 años, Roger acudió a un psicólogo deportivo que, en verdad, lo ayudó a controlarse y pasó casi de un extremo a otro, de un carácter explosivo a una compostura señorial.

De todos modos, ello no impidió que a lo largo de su carrera Federer volviera a exhibir, aunque con cuentagotas, pizcas de su antigua irascibilidad.

Más allá de la elegante capacidad corporal para manipular a sus rivales, del apabullante sentido de anticipación y lectura del juego, y de la milimétrica exactitud para golpear la pelota, características que lo transformaron en el mejor, Federer intenta escaparle a la condición de estrella.

Nunca estuvo envuelto en escándalos similares a los de su amigo Tiger Woods. No fue sospechado por apuestas ilegales ni por doping. Durante los días de certámenes no utiliza chofer; en el último Abierto de Australia, por ejemplo, él mismo conducía, del Melbourne Park a su hotel, una camioneta prestada por la organización.

Tampoco está casado con una actriz voluptuosa o una supermodelo de piernas interminables. Durante los Juegos Olímpicos de Sydney, en 2000, Roger, con 19 años, conoció a Mirka Vavrinec, tres años mayor que él, nacida en Eslovaquia y nacionalizada suiza, que llegó a ser 76ª en el circuito de tenis.

Ocho años y unos meses después de aquel primer beso, se casaron; la boda fue en secreto y con invitaciones para unos pocos familiares y amigos, "en un precioso día de primavera", según el propio tenista. En julio del año pasado nacieron sus hijas, las mellizas Myla Rose y Charlene Riva. Mirka acompaña a Rotschi -como llama a su esposo- a la mayoría de los torneos y dice que sólo soporta "tanto tenis" porque ella supo conocerlo desde su interior. "No creo que muchas mujeres lo toleraran. Pero mi tiempo vendrá después del tenis; lo sé."

Mirka está en todos los detalles de su marido; desde la relación con los auspiciantes hasta su estética. También, desde hace unos años, lo arrastra hasta la peluquería; el tenista hoy luce un cabello corto y arreglado, pero antes lo exhibía largo, desaliñado y atado con gomitas de colores.

Ella también le contagió el gusto por la moda: antes, Federer odiaba vestir de traje y se resistía a los eventos de alfombra roja. En la actualidad, sin embargo, Roger está mucho más pendiente de las prendas que lleva; Trudi Götz, referente de la moda suiza, invita a la pareja todos los años a desfiles en Milán, e incluso Anna Wintour, temible editora de la versión estadounidense de la revista Vogue, es amiga de ambos.

A fines de cada temporada, Federer se reúne con diseñadores de Nike, la indumentaria que lo viste, para estudiar y opinar sobre los futuros cortes y colores.

Sabores, voluntades y después...

Durante su adolescencia, Federer atravesó por una etapa vegetarianismo hasta que su coach lo forzó a probar distintos cortes de carne. Con el tiempo, de vacaciones en Tailandia junto con Mirka, descubrió los mariscos y los pescados.

Pero confesó haberla pasado "bastante mal" siendo vegetariano, sobre todo en los torneos juniors, donde la variedad gastronómica no abundaba. Hoy es adepto de la comida italiana y la japonesa; también de la suiza, obviamente: la fondue, el rösti (papas freídas con manteca) y el raclette (queso pasteurizado con leche cruda de vaca).

Aunque el chocolate blanco lo envicia. Si pudiera, a Roger le gustaría ser músico por un día; toca el piano y baila, según él, "no tan mal". Escucha rock (Metallica, AC/DC), y lo atemoriza la idea de hacer paracaidismo o puenting (deporte extremo en el que uno se lanza desde un puente atado por la cintura con una cuerda elástica). Se afeita todas las mañanas, y no tiene tatuajes ni piercings.

Le atrae leer revistas de National Geographic, como también ver películas de James Bond, o con Johnny Depp o Sharon Stone. Ama el calor de Dubai, donde vive junto con su familia durante gran parte del año; cuando no está en el emirato, las montañas suizas o las islas Maldivas lo amparan. En su sitio web ( www.rogerfederer.com ) recibe visitas de todo el planeta.

Es fanático del fútbol, admiró al francés Zinedine Zidane y, como hincha del Basilea, varias veces se dio el gusto de participar de picaditos con el grupo de jugadores. Julio Rossi, futbolista marplatense que actuó durante varios años en Basilea y conoció a Roger, contó: "Es un pibe simple, un ejemplo; nunca una palabra de más; jamás se lo vio en boliches. Debe salir, como todos, pero se cuida. Supe que prefiere jugar a las cartas con sus amigos".

El propio Boris Becker, incluso, lo elogió: "Es una persona espectacular, inteligente, culto, siempre está relajado, habla fluidamente varios idiomas (suizo-alemán, francés, inglés e italiano). Es el mejor embajador que existe para el tenis".

Pero la magia de la personalidad de Federer no sucumbe allí. Su curiosidad va más allá, sobre todo en estos días en que su juego parece haber perdido la perfección de aquellas jornadas encantadoras e indefectiblemente, por cuestiones biológicas, los últimos raquetazos serios de su carrera comienzan a acercarse.

Aunque la política no le interesa demasiado, a Federer lo conmueve Nelson Mandela y en 2003 creó una fundación con el objetivo de ayudar a los niños pobres de Sudáfrica, país donde creció su madre. Es Embajador de Buena Voluntad de Unicef desde 2006; fue galardonado con el Premio Humanitario Arthur Ashe por su comportamiento, y hasta tiene un sello postal con su rostro, pero su compromiso supera cualquier distinción: él, en persona, sin desconfianza ni temor a las epidemias, durante etapas de vacaciones viaja a países como Etiopía, Mali o

Tanzania para regalar ropa, útiles, pelotas y cubrir demás necesidades de los niños.  "Desde hace un tiempo empecé a pensar más en mi futuro. Antes estaba centrado en tratar de ser un mejor jugador, pero siempre quise compartir lo que recibía.

Para eso tengo mi fundación. Y también tengo a mis niñas. Esas son mis prioridades." Así es Federer, el hombre debajo del traje de superhéroe.

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