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La Copa del Mundo, da esperanzas de cambio a Sudáfrica, lejos del legado del apartheid

El país anfitrión se dispuso a reinventarse; el Mundial cambió la manera en que se veían a sí mismos los propios sudafricanos.

CIUDAD DEL CABO.- Como sede del acontecimiento deportivo más visto sobre la tierra, Sudáfrica se dispuso a reinventarse a sí misma ante los ojos del mundo, deshaciéndose de su fama de ser un lugar caracterizado por los delitos violentos, la pobreza y el sida. Lo consiguió en un grado notable. Pero cuando terminó la Copa del Mundo, el domingo pasado, lo que más sorprendió a los sudafricanos fue advertir en qué medida ese gran acontecimiento deportivo había cambiado la manera en que se veían a sí mismos.  

"Esta Copa del Mundo trajo a Sudáfrica mejores vibraciones", dijo Shaun Johnson, un escritor que dirige una fundación benéfica que Nelson Mandela ayudó a establecer. "En este país, tan dividido racialmente, resulta increíble ver hasta qué punto esta Copa del Mundo nos ha unido".  

Una democracia incipiente que ha luchado por enfrentar sus profundos problemas sociales descubrió con orgullo que podía organizar un megaevento que requería años de inversiones y de cuidadosa planificación. Un país cuya política ha sido herida recientemente por amargas invectivas de tono racial ofreció a miles de visitantes una afectuosa bienvenida.  

Y un cuerpo político fracturado por los conflictos raciales y la desigualdad tuvo un atisbo, tal vez tan fugaz como el torneo mismo, de lo que significaría superar esas barreras. En un parque gratuito en el que se había instalado una enorme pantalla para ver los partidos, en la plaza pública conocida como Grand Parade, los sudafricanos se mezclaron, tanto en raza como en clase, de una manera que aquí resulta rara y muy valiosa.  

Un camarero negro y un estudiante universitario blanco compartían un cigarrillo mientras hablaban de fútbol en la plaza, donde en la década de 1650 se estableció el primer asentamiento blanco de África, y donde Mandela pronunció su primer discurso después de haber sido liberado tras pasar 27 años en prisión. Maestros negros de los distritos segregados bebían alegremente sus cervezas en medio de bulliciosos hinchas blancos. Un trabajador teatral mestizo, habitualmente temeroso debido a la inseguridad, viajó por primera vez en un tren público nocturno junto a sudafricanos que tocaban las vuvuzelas y cantaban en xhosa para ser parte de algo más grande que él mismo.  

"Esta experiencia me quedará grabada para siempre", dijo el hombre, Ricardo Abrahams, un productor de 35 años del Artscape Theater. "Es algo único."  

Una y otra vez, los sudafricanos han reaccionado tardíamente al ver a sus compatriotas -y a veces a sí mismos- haciendo cosas sorprendentes. Athol Trollip, el líder parlamentario del partido de oposición, la Alianza Democrática, apoyado mayormente por votantes blancos y mestizos, dijo que su familia -que siempre se había interesado por los deportes "blancos", como el rugby y el cricket- había quedado atrapada por el fútbol, que es la pasión de la mayoría negra.  

"En mi casa, nadie solía mirar fútbol, salvo mi hijo", dijo. "Los demás jamás vieron fútbol, pero todos estaban sentados pendientes de la pantalla por primera vez en su vida."  

Niq Mhlongo, autor de After Tears , una novela cómica sobre la vida en los barrios negros, hinchó en la final por los holandeses -ancestros colonialistas de los afrikaners blancos que durante décadas oprimieron a los negros en Sudáfrica- en parte porque al país le haría bien "ver felices a nuestros hermanos afrikaners".  

Dijo que le produjo deleite y también se sintió desorientado al ver a los sudafricanos blancos enarbolar la bandera de la Sudáfrica democrática, hacer sonar las vuvuzelas y lucir las brillantes camisetas amarillas de los Bafana Bafana, la selección de fútbol sudafricana, que fue eliminada tempranamente en el Mundial. El desenfadado patriotismo de los blancos, su sentimiento nacional hacia su país liderado por negros, significó un gran aliento para muchos.  

"Ésta es una Sudáfrica desconocida", dijo Mhlongo. "El país se volvió gratamente ajeno para mí."  

Hace un mes, antes de que empezara la Copa del Mundo, las conversaciones se centraban menos en los potenciales beneficios espirituales del torneo que en la pregunta que planteaba si tenía sentido invertir 5000 millones de dólares en una gigantesca fiesta para el resto del mundo cuando Sudáfrica tenía necesidades sociales tan inconmensurables.  

Este debate sobre las prioridades persiste, pero por ahora los optimistas hablan sobre los beneficios a corto plazo y sobre la promesa a largo plazo que dejó el acontecimiento deportivo.  

El gobierno estima que la inversión en estadios, caminos, aeropuertos y nuevos servicios de transporte público, entre otros gastos relacionados con la Copa del Mundo, contribuyó a la creación de 130.000 empleos, mitigando un poco el impacto de una recesión global que le ha costado a Sudáfrica más de un millón de empleos. Y aunque algunos estadios, si no todos, pueden convertirse en elefantes blancos, las rutas ensanchadas, los aeropuertos elegantes y el sistema de autobuses de tránsito rápido apuntalarán el crecimiento, según afirman los economistas.  

La esperanza es que las ventajas ganadas por la mejora de la reputación de Sudáfrica acabarán por redituar en mayores inversiones extranjeras y una oleada turística que ayuden a dar empleo a la legión de trabajadores no calificados que colma el país.  

Ahora Sudáfrica espera ansiosamente para ver si se concreta la amenaza de nuevos ataques contra los empobrecidos inmigrantes de Zimbabwe y Mozambique -cuya presencia causa resentimiento porque los sudafricanos pobres los consideran competidores capaces de quitarles empleos-. Si eso ocurre, advirtió Thabo Leshilo, un editor de The Sunday Times , "será mejor que nos despidamos de la buena voluntad y de los miles de millones procedentes del turismo que todos estamos esperando".  

Durante el mes pasado, Sudáfrica no ha sufrido ninguna huelga importante ni tampoco ninguna clase de agitación civil de sus pobres insatisfechos, y muy poca incidencia de crímenes y delitos. Pero a la buena suerte subyace un elemento mucho más importante: la manera en que viven los sudafricanos de todas las razas está condicionada por el miedo al delito, y durante la Copa del Mundo el gobierno consiguió proporcionar espacios públicos seguros gracias a la crecida presencia policial, una situación que según los críticos, resultará imposible sostener.  

Aquí, en épocas normales, el delito ha reemplazado al apartheid -el sistema legislativo que separaba despiadadamente a las razas- en su carácter de gran divisoria social. La gente de clase media, negra y blanca, vive detrás de paredes coronadas por alambres electrificados y van en auto a centros comerciales densamente custodiados, con las puertas de sus autos trabadas y las ventanillas cerradas.  

Durante el mes pasado, los 44.000 agentes de policía -de los 190.000 que tiene el país- que fueron destinados a proteger a los turistas también consiguieron liberar a sus propios compatriotas, permitiéndoles salir de sus burbujas de aislamiento.  

Los funcionarios policiales dicen que disminuyó el índice de criminalidad, no sólo para los turistas sino en general.  

Aquí en Ciudad del Cabo, los policías no sólo estaban apostados en la tienda Armani de un estadio de la Copa del Mundo -sobrio, elegante y hermoso- sino también en los parques gratuitos para los hinchas, en las calles que la gente recorría para ir de un bar a otro y en el transporte público. Y eso incluía una línea de trenes que pasaba por el barrio de color en el que vive Abrahams, el trabajador teatral, y por Langa, otro distrito negro, antes de llegar al centro de la ciudad.  

Abrahams dijo que el contingente extra de policías armados que patrullaban los vagones lo ayudó a contrarrestar su miedo a los ladrones.  

"No tenía por qué tener miedo", dijo. "No tenía por qué pensar que ocurriría algo terrible."  

Aquí los turistas que paseaban por la costanera Victoria y Alberto no hablaban de Nelson Mandela cuando se les preguntaba qué les parecía el país, sino que se referían admirativamente a la cantidad de hermosos centros comerciales, a las superautopistas y a los hoteles elegantes.  

"Lo más notable es el nivel de profesionalismo de los africanos en la manera de servir una botella de vino adecuadamente", dijo Philip Crawford, un diseñador de viviendas de lujo de Noosa, Australia.  

Muchos sudafricanos anhelaban que la jubilosa atmósfera de la Copa del Mundo no hubiera terminado, y ya se preguntan cuándo la nación podrá volver a lograr la misma unidad y el mismo espíritu positivo para enfrentar sus problemas más graves. Pero por ahora están saboreando la dulce victoria del país.  

"¡Qué gran espectáculo!", exclamó The Sunday Times , mientras The Sunday Independent proclamó que había sido "El mejor momento de África".  

(Traducción: Mirta Rosenberg)  

Lejos del legado del apartheid La Copa del Mundo confirió cierta normalidad a la vida sudafricana. "Existe la sensación de que esta Copa no ha tenido que ver con el legado del apartheid, sino con los buenos caminos, con la seguridad de las calles, con el encanto de los parques públicos", dijo el historiador Bill Nasson.  

*Información provista por canchallena.com
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