Monarquía constitucional, el príncipe inca y la nueva nación

El martes 9 de julio de 1816 no llovía como el 25 de mayo de hacía seis años. "Hasta cuándo esperaremos declarar nuestra independencia", escribía furibundo San Martín a Tomás Godoy Cruz. Después de meses de debate, los congresales votaron por "una nación libre de los reyes de España".

El 24 de marzo -por aquel entonces fecha sin connotaciones nefastas- de 1816 comenzaron las sesiones del Congreso bajo la presidencia del doctor Pedro Medrano, que decía en una confesión a un amigo: “¿No le parece a usted como a mí, que tal comisión de arengar en la apertura del Congreso es bastante peliaguda? ¡Perra! Pues bien que he dado vueltas para encontrar qué decir, y todavía no lo hallo”.

Pero se las ingenió y dejó abiertas las sesiones. Se resolvió que la presidencia sería rotativa y mensual y se designaron dos secretarios: Juan José Paso y José Mariano Serrano.

“Tan pobre era la patria que, como Jesús, no tenía lugar para nacer”, decía la copla popular y, efectivamente, el Congreso sesionó en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna -como todos sabemos desde nuestra más tierna infancia, la mejor productora de empanadas de todo el Tucumán-, ubicada en la Calle del Rey N° 151. Se había construido a fines del siglo XVIII y era una típica casa colonial. La dueña permitió hacer algunas modificaciones ad hoc. Se demolieron paredes y se armó un gran salón de 15 metros por 5.

El gobernador Aráoz y los conventos de Santo Domingo y San Francisco prestaron los muebles. Cuando el Congreso pasó a  Buenos Aires, doña Francisca recuperó la casa. En 1869 el gobierno la compró, pero no para transformarla en un museo sino para destinarla a ¡una oficina de correos.  En 1880 la casa se derrumbaba y se aprobó un proyecto de restauración que tardó más de medio siglo en concretarse.

La primera cuestión que tuvo que tratar el Congreso fue el reemplazo del renunciante director supremo Ignacio Álvarez Thomas. Fue elegido para el cargo el diputado por San Luis, coronel mayor Juan Martín de Pueyrredón, de quien decía Medrano: “Hay hombres más virtuosos, pero no tan políticos. Los hay más sabios, pero no tan discretos. Los habrá más santos, pero no tan vivos y perspicaces. Juan Martín tiene de aquellas virtudes las que se necesitan y tiene sobre todos los virtuosos la política, la perspicacia, la destreza, y lo que vale más que todo, la opinión”. El nuevo director debió viajar de inmediato a Salta para confirmar a Güemes como comandante de la frontera norte tras la derrota de Rondeau en Sípe-Sipe.

El tema siguiente fue el debate sobre la forma de gobierno. La mayoría de los congresales estaba de acuerdo en establecer una monarquía constitucional, que era la forma de gobierno más aceptada en la Europa de la restauración. En el mundo sólo quedaba en pie una república: los Estados Unidos de Norteamérica.

En la sesión secreta del 6 de julio de 1816, Belgrano, que acababa de llegar de Europa tras su fallida misión, propuso ante los congresales de Tucumán que, en vez de buscar un príncipe europeo o volver a estar bajo la autoridad española, se estableciera una monarquía moderada, encabezada por un príncipe inca.

Decía Manuel Belgrano: “Las naciones de Europa tratan ahora de monarquizarlo todo. Considero que la forma de gobierno más conveniente a estas provincias es una monarquía, es la única forma de que las naciones europeas acepten nuestra independencia. Y se haría justicia si llamáramos a ocupar el trono a un representante de la casa de los Incas”.

Belgrano recibió el cálido apoyo de San Martín y de Güemes. La idea también entusiasmó a los diputados alto peruanos, que propusieron un reino con capital en Cuzco: se daba por descontado que esto aseguraría la adhesión de los indígenas a la causa revolucionaria.

Es curioso observar cómo califican muchos historiadores la idea belgraniana del inca. Casi sin excepción se burlan de ella tildándola de exótica. No usan el mismo calificativo para los zares, el príncipe de Luca o los integrantes de la realeza europea, ellos sí exóticos, que trataron de coronar los directoriales. Resulta que el único exótico es el inca, y a tales efectos no deja de ser interesante la definición de la palabra según el diccionario de la Real Academia Española: “Exótico: extranjero, especialmente si procede de país lejano”. Claro que para muchos escribas vernáculos siempre será más “exótico” un inca, un gaucho, un criollo o un “cabecita negra” que cualquier parásito de las monarquías transatlánticas.

Para los porteños, la coronación del inca era inadmisible y “ridícula”. El diputado por Buenos Aires, Tomás de Anchorena, dijo que no aceptaría a “un monarca de la casta de los chocolates, a un rey en ojotas”, y propuso la federación de provincias a causa de las notables diferencias que había entre las distintas regiones.

Fray Justo Santa María de Oro hizo gala de su muñeca política y postuló que había que consultar a los pueblos de todo el territorio antes de tomar cualquier resolución sobre la forma de gobierno, amenazando con retirarse del Congreso si no se procedía de ese modo. Las  discusiones entre monárquicos  y republicanos siguieron cada vez más acaloradas, sin que se llegara a ningún acuerdo.

Pueyrredón regresó a Tucumán, apuró a los diputados para que declarasen de una vez por toda la independencia y viajó a Buenos Aires.

Una comisión compuesta por los diputados Gascón, Sánchez de Bustamante y Serrano redactó una especie de plan de trabajo para el Congreso, en el que se incluía el tan deseado y demorado tema de la independencia, que impacientaba al gobernador intendente de Cuyo, José de San Martín, como puede leerse en esta carta que le envió al diputado por Cuyo, Tomás Godoy Cruz: “Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia, ¿No le parece a usted una cosa bien ridicula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo? (…) Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.

San Martín terminaba su carta expresando una duda que comenzaba a sonar cruel: “¿Los medios violentos a que es preciso recurrir para salvarnos tendrán o no los resultados que se proponen los buenos americanos? ¿Se podrán realizar o no contrastando el egoísmo de los más pudientes?”

La Casa de Tucumán en una fotografía
de 1868 de Angel Paganelli.

El sol del 9 viene asomando

El martes 9 de julio de 1816 no llovía como en aquel 25 de mayo de hacía seis años. El día estaba muy soleado y a eso de las dos de la tarde los diputados del Congreso comenzaron a sesionar. A pedido del diputado por Jujuy, Sánchez de Bustamente, se trató el “proyecto de deliberación sobre la libertad e independencia del país”. Bajo la presidencia del sanjuanino Narciso Laprida,’ el secretario, Juan José Paso, preguntó a los congresales “si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre de los reyes de España y su metrópoli”.

Todos los diputados aprobaron por aclamación la propuesta de Paso. En medio de los gritos de la gente que miraba desde afuera por las ventanas y de algunos colados que habían logrado entrar a la sala, fueron firmando el Acta de Independencia, que declaraba “solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas e investirse del alto carácter de nación independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”.

En la sesión del 19 de julio uno de los diputados por Buenos Aires, Pedro Medrano, previendo la reacción furibunda de San Martín, que estaba al tanto de las gestiones secretas que involucraban a algunos congresales y al propio director supremo para entregar estas provincias, independientes de España, al dominio de Portugal o Inglaterra, señaló que antes de pasar al ejército el Acta de Independencia y la fórmula del juramento, se agregase, después de “sus sucesores y metrópoli”, “de toda dominación extranjera”, “para sofocar el rumor de que existía la idea de entregar el país a los portugueses”.

La declaración iba acompañada de un sugerente documento que decía “fin de la Revolución, principio del Orden “, en el que los congresales dejaban en claro que les preocupaba dar una imagen de moderación frente a los poderosos de Europa, que, tras la derrota de Napoleón, no toleraban la irritante palabra “revolución”.

El jefe de la flota inglesa informaba en estos términos a Su Majestad sobre los últimos acontecimientos: “Será quizás sorprendente para Su Excelencia el hecho de que el
Gobierno existente (…) haya elegido este momento preciso para declarar su independencia, no solamente de España, sino de toda otra potencia. Pero pienso que esto puede fácilmente explicarse por el hecho de que eso fue necesario para aplacar el entusiasmo revolucionario de aquellos que constituían un peligro, a quienes de ningún modo podía confiarse el verdadero secreto. Las ceremonias públicas fueron, sin embargo, postergadas hasta el 13 del corriente, cuando ya fue absolutamente necesario continuar con ellas para evitar sospechas; fue fácilmente perceptible advertir que los actores que tomaban parte en esta ceremonia sentían ciertamente muy poco interés por el papel que venían representando”.

Fuente: Los mitos de la historia argentina 1. De los pueblos originarios y el descubrimiento de Ámerica a la independencia, de Felipe Pigna. Buenos Aires, Planeta, 2009. 432 páginas.

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