Deportes

Corrupción y dinero, historias marginales

Por el mundial, muchas mujeres llegaron para cubrir la demanda de sexo, un turbio negocio inferior al que se esperaba.

La brecha entre ricos y pobres es tan enorme en Sudáfrica como las tarifas de oferta sexual callejera que se manejan en distintos puntos de esta ciudad. El mismo servicio que en los turísticos barrios de Sandton y Rosebank cuesta 200 dólares, en Hillbrow o en el downtown se ofrece por menos de diez. Poner el pie en un terreno empantanado como el de la prostitución implica oír historias de corrupción y dinero, violaciones y sida, migraciones y leyes oxidadas. 

Raya la medianoche de un miércoles y en la esquina de Oxford y Chaplin tres chicas susurran ante el paso furtivo de un patrullero. Intentan pasar inadvertidas girando la mirada. La policía observa y sigue de largo. Es una suerte de advertencia, como un sutil trazado del territorio. 

"Trabajar en esta zona es como trabajar con un socio. La policía nos extorsiona y nos obliga a compartir las ganancias porque si no nos amenazan con meternos presas. En tiempo de Mundial su vigilancia es insoportable. Quieren dinero, el nuestro, y el de los extranjeros", acusa Nadia, una mujer de 40 años que ejerce desde hace tres la prostitución, tras haber perdido su trabajo de mesera en un bar de Ciudad del Cabo. 

En el Café Maude, en Sandton, Siphiwe hechiza miradas acodada a la barra. Tiene 26 años y apenas gana lo suficiente para que su familia pueda comer. Es de Zambia y cruzó la frontera por Botswana atraída por el tufillo del Mundial. 

Como Siphiwe, muchas mujeres de las zonas rurales se movilizaron hacia las grandes urbes para sacar provecho del desembarco turístico ocasionado por la gran industria del fútbol. Se abrieron también las fronteras y llegaron chicas desde Mozambique, Nigeria y Zimbabwe, únicamente por el mes que dura la competencia. 

"La relación con el gobierno es amarga, casi tan mala como la que tenemos con la policía. Ellos no quieren legalizar ni blanquear la situación. Ni siquiera el Mundial logró que escucharan nuestros reclamos", cuenta enojado a LA NACION Jacob Motsamai, un hombre que trabaja con el afán de que se reconozcan los derechos de los trabajadores del sexo. Una ley promulgada en 1957 establece que en Sudáfrica la prostitución es ilegal. 

Motsamai está vinculado con Sinsonke, una ONG local que reúne a médicos, abogados y prostitutas que organiza charlas sobre educación sexual y violencia doméstica, y cuyo principal rol es ofrecer ayuda a los trabajadores del sexo. 

En los cruces de las calles Esselen y Klein, en Hillbrow, se sitúa una pequeña oficina de Sisonke. Es una suerte de consultorio con cientos de cajas de preservativos tiradas al suelo. Dicen las paredes de la salita: "Todo ciudadano tiene derecho a elegir libremente su ocupación o profesión". Desparramados en la mesa hay recortes de diarios sobre violaciones y asesinatos sufridos por las prostitutas. Hay fotografías de las manifestaciones organizadas por la ONG en su lucha por el reconocimiento de los derechos. 

Al término del Mundial, Sisonke divulgará los resultados de una investigación sobre la prostitución durante la Copa. LA NACION accedió a un apunte preliminar en el cual se especificaba el ingreso de 78 mujeres provenientes de Zimbabwe sólo por este mes. Son trabajadoras de paso, en tránsito. La cifra era mayor con las personas que migraron internamente de las zonas rurales a la gran ciudad. Duermen y trabajan en burdeles precarios. 

El Mundial no resultó el oasis económico que se creía. A tono con la decepción, en el mundillo de la prostitución resultó un cachetazo la caída en el número de visitantes. Sudáfrica esperaba a 450.000 extranjeros, pero la Cámara de Turismo informó que la afluencia fue menor a los 200.000. 

Cuenta Nadia que su ganancia apenas se mantuvo durante el Mundial, aunque ofrece el ejemplo de Angie, su compañera que aguarda en la esquina de Oxford y Chaplin. "Ella conoció a un alemán en un hotel al que vio durante una semana y ganó muy bien en euros." 

En un país de estadísticas escalofriantes, con índices que caminan por abismos que preceden al infierno, la prostitución es una pesadilla. El sida avanza y no se puede obviar. Un 12 por ciento de los 49 millones de sudafricanos están infectados con el virus del VIH, un total de 5,7 millones. 

En Sisonke incitan a las trabajadoras del sexo a hacerse análisis. Muchas veces, dicen, el miedo de saber las condena a la ignorancia, lo que genera que muchas prostitutas desconozcan su verdadero estado de salud. Nadia cuenta angustiada su experiencia y la del grupo de chicas con las que recorre las esquinas de Rosebank. "Ante la primera reacción alérgica o mancha en la piel recurrimos al médico. El sida no es una broma. El gobierno debería reformar su política de educación sexual. Cada vez hay más embarazos precoces y jóvenes infectados con el virus." 

Informe proporcionado por Canchallena.comLa Nación
En Imágenes