Internet, el teatro y el cuerpo a cuerpo

Marcela Montero es actriz, directora de teatro, docente e investigadora de la UNCuyo. Aquí, nos deja su visión sobre el mundo de la web y sus implicancia en los modos de vida actuales. "No importa qué, no hay que considerar viejo ningún aprendizaje, porque, ante tanta multiplicidad, ya no importa tanto el contenido, sino el ejercicio del aprendizaje y la reflexión para no olvidar el camino del ser humano", dice ella.

En un mundo donde ya no existen las certezas, parece una contradicción expresar el valor del teatro, la educación, la cultura… pero aquí vamos con algunas reflexiones.

Estoy leyendo un libro que, casualmente, bajé de Internet. El autor, Marco Antonio de La Parra, al que plagiaré en varias oportunidades, reflexiona  sobre la rapidez de los cambios.

Internet, el invento que revolucionó al mundo, como en su momento lo revolucionó la imprenta, es una de las  mayores causas de esta velocidad. Todo tiene múltiples direcciones, multiplicidad de ideas, de significados, de lecturas. La multiplicidad nos marca, lo es todo, y el todo es nada.

Abrimos ventana tras ventana, la idea que vimos, la vinculamos con otra con tanta rapidez que olvidamos la anterior. Internet o la televisión ofrecen una autopista veloz en la que podemos cambiar el paisaje y sus protagonistas según nuestro estado de ánimo. Y la cultura se desliza por ella sin penetrar ninguna profundidad.

Y ante tanta rapidez, si la banda ancha nos funciona bien, pareciera que a nadie le interesa ver la realidad, nadie está sin su notebook o cámara digital o celular (bueno, algunos sí: los excluidos). Nos mostramos desesperadamente, disfrazados de divertidos, mostramos lo que vemos, lo que sentimos (“te lo subo al facebook: por favor, comentalo, si no, ¡no existo!”).

Ahora, es más importante mostrar por la web, que el contacto cuerpo a cuerpo, mirada a mirada.

Las emociones están mutando minuto a minuto, las relaciones a un ritmo vertiginoso. Hoy te amo para toda la vida y mañana no sé; igual, te puedo eliminar de mis contactos.

Sin embargo, el mundo sigue hecho a la escala del hombre y sus procesos de crecimiento. Y, por suerte, todavía se pueden reestablecer algunos equilibrios: leer algún libro, por ejemplo; ver alguna obra de teatro, detenerse a escuchar un disco y, con suerte, escuchar nuestros silencios. Cuando lo hacemos, algo nos pasa: recordamos, sentimos que tenemos cuerpo, que el otro puede emocionarnos y hasta damos lugar a la solidaridad.

Así ocurre, pues, si bien la memoria está en riesgo de vencimiento, ya no hace falta acordarse; total, lo busco en la web, ella es la que puede rescatarnos de esta caída libre.

Hace poco asistí a una clase en la que se explicaba por qué se dudaba de la autoría de las obras de Shakespeare, dado que no podría haber escrito tanto. No así se dudaba de Mozart o de Miguel Angel y es porque el autor inglés utilizaba como soporte al teatro y ponía al hombre frente al hombre. Una experiencia que en la actualidad es difícil de conseguir. Entonces el teatro, que simula acontecimientos, tiene el valor de poner a un grupo de personas frente a otras, cuerpo a cuerpo, en un ritual tan lejano como antiguo.

El valor de enseñar o de hacer teatro, ante tanta proliferación de información,  radica en dos cosas: el actor es un constructor de sentidos que se para en un escenario para decirle algo a alguien y mantiene viva la memoria que es, junto con la intuición, uno de los tesoros más preciados del hombre. La memoria es creativa, la máquina no.

La cultura, el teatro específicamente, nos permite aprender y en estos tiempos en donde los códigos veloces hacen abismales las características y necesidades de las distintas generaciones, es saludable transmitir la posibilidad de aprender.

No importa qué, no hay que considerar viejo ningún aprendizaje, porque, ante tanta multiplicidad, ya no importa tanto el contenido, sino el ejercicio del aprendizaje y la reflexión para no olvidar el camino del ser humano.

Frente a esta idea de que, si no estás en Google no sos, yo escribo estos pensamientos: yo soy en mi casa, en  mi familia, en los otros, en mis plantas, en mis discos, en mis obras… Más que nunca soy las cosas que me nombran.

Marco Antonio de la Parra dice que “el cambio impuso su lógica de carrusel y nada está en su sitio por mucho tiempo...”. Otro pensador como Dolina podría responderle: “Pero en medio de tantas desolaciones hay una buena noticia: el amor existe”.
Opiniones (2)
11 de Diciembre de 2016|11:11
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11 de Diciembre de 2016|11:11
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  1. esta de invitar columnistas, como nos invitan a reflexionar sobre lo que es este tiempo que vivimos, donde escuchamos a muchos sobre la cantidad de amigo que tienen en facebook y sin embargo no conocen a sus vecinos, Se hacen eco de sugerencias, participan en foros pero no acuden a una reunión para tratar temas de la comunidad REAL, luego frente a la problemática REAL con absoluto facilismo culpan a los políticos que ellos mismos eligen con su voto. Algo anda mal y en la sociedad está la salida de este carrusel, quizás comenzar a reflexionar sobre cada una de esta columnas sea un modo de comenzar el cambio.
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  2. Ves por estas cosas te quiero tanto !! no al pedo existimos a veces...te quiero un monton !! que buena mdz de publicar esto...saludos. mar
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