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Sudáfrica se esfuerza para que el espíritu no decaiga

Con la eliminación, los anfitriones buscan un estímulo. El presidente Zuma pidió que "no termine la fiesta". El día después de la eliminación de Sudáfrica, Johannesburgo amaneció con una mezcla de amargura y resignación.

Alphonse Mogase, un puestero de la céntrica peatonal Kerk, embolsaba una pila de camisetas amarillas, pelucas, cornetas y bufandas. "Se acabó. Hoy ya no vendí nada. Está todo el mundo muy triste". A su lado, otro vendedor refunfuñaba: "De hacer 2000 rands (1000 pesos) en un día, pasé a 100". Las remeras de los Bafana Bafana se devaluaron: de 180 rands a 100. Regateando, 75. 

En la cosmopolita Sandton, por primera vez se veían vacías las escalinatas pegadas a la estatua de Nelson Mandela, el lugar donde hasta ayer se congregaban casi a toda hora cientos de sudafricanos a soplar la vuvuzela entre los turistas que llegaron a vivir el Mundial. "Estamos orgullosos. Pero un poco desilusionados. Hay que asumir que ya no estamos en la copa y elegir un nuevo equipo", decía Martin Nkomo, un joven que resaltaba en el shopping Sandton City por vestir los colores de su país. Ayer los de amarillo y verde eran en su mayoría de Brasil. 

El día después de la eliminación de Sudáfrica, la primera de un anfitrión en primera ronda, Johannesburgo amaneció con una mezcla de amargura y resignación, bombardeada de mensajes para mantener en alto el espíritu festivo durante los casi 20 días que quedan de campeonato. 

El gobierno y el comité organizador empezaron a cambiar los carteles con el eslogan principal del Mundial, "Siéntelo, está aquí". El mensaje ahora es: "Siéntelo. Todavía está aquí". El propio presidente Jacob Zuma se encargó de hablar al país, después de saludar a su seleccionado en el vestuario, al final del 2-1 contra Francia que selló la despedida. "Sudáfrica es el ganador igual. Estamos orgullosos de lo que hemos logrados. Seamos unos anfitriones ejemplares. Que la fiesta no termine", pidió. 

Aunque desde un principio parecían asumir que su equipo no llegaría lejos, los sudafricanos soñaban con una clasificación a la segunda ronda. La victoria sobre Francia salvó el honor, pero ayer sobrevolaba un aire de frustración en la ciudad. De repente uno podía sorprenderse con el sonido de una vuvuzela en la calle, algo que estaba incorporado como música ambiente hasta el día antes. 

"Hay que seguir. No vamos a tener otra oportunidad así. Nosotros ya sabemos quién queremos que gane: Argentina", contaban ayer los hermanos Edwin y Martin Ndlovu, en la Plaza Mandela. El nombre de Messi promete arrastrar muchos de los hinchas huérfanos. Brasil es otro gran favorito de los locales. Muchos optan por Ghana, que pasó de carambola, algo avergonzados por el decepcionante papel de los africanos en el primer Mundial en el continente. 

A dos kilómetros de Sandton, el Fan Park de Morningside, habitualmente el más animado de la ciudad, estaba casi vacío a la hora en que Inglaterra definía su suerte con Eslovenia. Pegado al centro, en Market Theatre, en la otra plaza para ver el partido en pantallas gigantes había literalmente más policías que espectadores. 

Los autos aún circulan con banderitas en las ventanas, pero un recorrido por el centro de la ciudad permitía descubrir mercadería mundialista en remate, en medio de puestos de diarios en los que destacaban titulares como "La Copa sigue viva", "Que no termine la fiesta" o "Sudáfrica debe sentirse orgullosa". 

"Ahora toca agotar esto y volver a vender comida, que es lo mío", decía Nadine, otra puestera de la peatonal Kerk, que pasó un día sin vender más que tres bufandas a un puñado de turistas, de los pocos que se molestan en visitar el centro de la ciudad. 

Los programas de radio transmitían todo el día mensajes de oyentes tristes por la eliminación, pero con el espíritu de mantener el ánimo festivo de todos modos. 

La FIFA también se preocupa por evitar una depresión en medio del Mundial. Ya anunció que sacará a la venta una partida importante de entradas para los partidos de las rondas decisivas a precios promocionales y alienta a los sudafricanos a elegir un equipo favorito. 

La otra cara son los sectores que siempre se opusieron a la forma en que se organizó la Copa del Mundo y, sobre todo, al poder que se le otorgó a la federación internacional para tomar decisiones soberanas. Ya se empieza a hablar otra vez del sobredimensionado costo de los estadios y del enorme costo que tendrá el campeonato para el fisco, mientras las ganancias más grandes vuelan hacia Zurich. 

Pero en las calles de la capital industrial de Sudáfrica todavía el tema de discusión eran los errores de los jugadores y del técnico Carlos Parreira adentro de la cancha. No había lágrimas ni caras largas. Sí una mueca de nostalgia que marcaba las sonrisas que casi nunca abandonan al sudafricano de a pie. 

Informe proporcionado por Canchallena.com
La Nación
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2 de Diciembre de 2016|21:51
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