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Otra vez locales

Por unas horas, Sudáfrica se enamoró de los colores celeste y blanco a pesar de la cercanía de los nigerianos, se pareció a una invasión criolla; historias de una jornada con color, con pasión y con política, tan cercana al fútbol...

JOHANNESBURGO.- "Es la de Messi, my friend." Raúl Flores caminaba las veredas del Ellis Park con un manojo de camisetas celestes y blancas que parecían recién salidas de un taller de Once. Con su inglés rudimentario, se hacía entender entre los sudafricanos que llegaban al estadio. "200 rands, my friend." Cien pesitos. 

Los argentinos que bajaban de a cientos de unos micros custodiados por la policía sonreían al ver la escena, con alguna mueca de lástima por los clientes que se probaban, con felicidad inocente, esas remeritas de estampado frágil. 

Los nigerianos estaban por todos lados. Los de camiseta verde que tenían entradas para el partido y los otros, los que salieron a las puertas de sus casas para espiar el espectáculo, en el temible barrio de Hillbrow, que rodea el estadio. 

Cancha brava, a simple vista. En condiciones normales se diría que éramos visitantes en la zona donde manda la enorme comunidad nigeriana de Johannesburgo. Pero cuando faltaba una hora para el pitazo inicial, empezó a sentirse la invasión celeste y blanca. 

De lejos la avenida Curry, que lleva a la cancha, podía confundirse con Udaondo un día de eliminatorias. De cerca también, pero sólo si Benetton estaba haciendo un casting para su nuevo aviso. Hindúes embanderados de pies a cabeza, musulmanes de origen malayo con la cara pintada, rubios afrikaaners con cuerpo de rugbiers y vuvuzeleros de todas las etnias nativas de Sudáfrica se sumaban a la ola de hinchas argentinos. 

"Vamos, vamos / Argentina" La canción emblema guiaba hacia la entrada. ¿Locales otra vez? Thulani Malaba era uno de los que intentaban sumarse al ritmo de la hinchada, tentado de risa. Este chico de origen zulú tenía encima todo el kit de fanático sudafricano, en la versión celeste y blanco: anteojos gigantes, peluca, makarapa (unos gorros de minero decorados) y la infaltable cornetita. Llevaba un cartel de cartón escrito a mano, en inglés: "Maradona mostrales la mano de Dios". 

Los argentinos se envalentonaban con el apoyo local. Ya dentro del predio del Ellis Park, un templo del rugby, era fácil congeniar, cerveza en mano, a la espera del fútbol. A los nuestros les costaba resistir la tentación de una postal africana: la foto del abrazo a un negro que tuviera la banderita celeste y blanca pintada en la mejilla. 

El público llegado desde la Argentina se dividía, básicamente, en tres tribus. 
Los que venían en tours bien organizados, vestidos de arriba abajo con la indumentaria oficial, y guías que los movían de acá para allá. 

Los que venían con mochilas llenas de chucherías para vender y cara de no comer caliente desde hacía días. 

Y los barras. Muchos barras. 

Entrar al estadio invitaba a sorprenderse por la cantidad de equipos que existen en la Argentina. Las banderas, colgadas de cada pedazo de tribuna, aludían a más de 50 clubes. Los "trapos" simbolizaban un intento de conquista en tierra desconocida. Muchos estaban dedicados a Maradona ("Gracias, Doña Tota", "Dios es argentino", "Barrilete cósmico") y unas cuantas a los financistas: "Camioneros, presente", en homenaje a Hugo Moyano; o "Con el Pata Medina, a muerte", en honor al líder de la Uocra-La Plata, enemigo íntimo del jefe de la CGT. El municipal porteño Amadeo Genta también llevó su nombre a Ellis Park. 

Los nigerianos formaban tres grandes islas verdes en el estadio. Los argentinos estaban desperdigados por todos lados, entre la mayoría sudafricana. El duelo parecía planteado cuando entraron los jugadores: vuvuzelas o redoblantes. 

El himno argentino puso de pie al estadio, que coreó la letra completa. Esa que dice: "¡O-o-o-o-o ooooooo?!" Y el arranque del juego despertó otra vez el clásico "¡Vamos/vamos?!" 
Higuaín, a los 3 minutos, y Messi, a los 5, enloquecieron al Ellis Park de cantitos de cancha. Por un rato pareció otro Mundial. En uno de los laterales "El Tula" batía su famoso bombo a un pasito del palco desde el cual Nelson Mandela hizo historia en 1995 vestido con la número 6 de los Springboks en el mundial de rugby que cambió a su país. 

El gol de Heinze a los 6 minutos revivió a las vuvuzelas; más bien pareció ponerlas definitivamente del lado argentino. ¿Hermandad africana? Y... no mucha. 

Los locales se decidieron a marcar el ritmo a cornetazo limpio. Funcionaba así: la tocaba Messi y explotaba un triple soplido, que en el lenguaje tribunero sudafricano significa algo así como "dale que es gol". Los nigerianos, asimilados a la cultura del país anfitrión, hacían lo mismo cada vez que la pelota volaba hacia la espalda de Jonás Gutiérrez. 

En el segundo tiempo la hinchada argentina cedió a los nervios. El zumbido que acompañará todo el Mundial enmarcó el partido, entre emociones fuertes en los dos arcos. Sólo al final volvió la confianza argentina: "¡Que de la mano, de Maradona?!" o "¡Que vamo´ a salir campeones/como en el ´86!" Miles de brazos revoleaban buzos y camperas. 

La salida fue una fiesta moderada. En los puestos oficiales de la FIFA no quedaban camisetas con el nombre de Messi en la espalda. Y en la noche fría de Johannesburgo se fundían unos "vamos, vamos" con acento africano y los soplidos desafinados de vuvuzeleros principiantes con ganas de quedarse un mes entero en Sudáfrica. 

EL AMIGO KIRCHNERISTA 

No se lo podía perder. Alejandro Granados, el intendente kirchnerista de Ezeiza, cumplió con la promesa que le había hecho a su amigo y vecino Diego Maradona y estuvo en Ellis Park, vestido con la camiseta argentina. Se lo vio pasar apurado, de la mano de su mujer, la diputada Isabel Visconti, más conocida como Dulce Granados, y dos chicos. Ex menemista, Granados ahora es un insistente impulsor del regreso de Néstor Kirchner a la presidencia. En el próximo partido tendrá que ver cómo hace para no cruzarse con Eduardo Duhalde, que llega el miércoles. Al menos, sin que lo vea Kirchner. 

LA REVENTA 

Un argentino con camiseta de Boca recorría las calles adyacentes al estadio. "¡Tickets, tickets!", ofrecía a cada peatón que no tuviera pinta de argentino. "Son buenas. 300 dólares", le decía a un holandés en busca de ver a Messi por primera vez. Pudo vender cinco, junto a otros tres compañeros de ruta. "Hacemos unos mangos para durar más tiempo, total acá te colás como querés", contó. "Si nos metimos en el partido inaugural, entramos a cualquier lado", explicó. Se lo pudo ver sentadito en una platea... 

PROYECTILES 

No se le ocurra ser amable en el entretiempo y salir a comprar gaseosas para un grupo de amigos. En los quiosquitos de los estadios sólo se ofrecen botellitas de medio litro y los vendedores deben abrirlas y tirar las tapitas. "Es para que no las usen de proyectiles", dijo uno. 

Información provista por canchallena.com

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