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Opinión a un ratito del partido: El desafío de Maradona

El mito no podrá defender su condición dentro del campo de juego y ése será el principal reto en la más terrenal de sus funciones en el fútbol. (Nota de Daniel Arcucci, desde canchallena.com)

PRETORIA.- Nooo, no, nooo. Si hay que poner en juego el mito, lo pongo ya. Si hay que poner en juego esa corona que me dieron, esa corona ficticia, la pongo ya. Por estos 23 jugadores, mato, en el buen sentido de la palabra, pero mato. Lo que está atrás ya pasó: no te dejan ganar un partido con la camiseta o con lo que hiciste.  

Pasó poco más de media hora del mediodía y Diego Maradona camina a embarcarse a los autos que lo devolverán desde el estadio Loftus a su búnker, en la Universidad de Pretoria. Es un trayecto de apenas unos minutos infinitamente menor que el que ha recorrido, simbólicamente, para llegar al lugar que ahora ocupa, su sueño cumplido: es el DT de la Argentina en un Mundial.  

La respuesta que ofrece al paso pero meditándola y enfatizándola con un movimiento negativo de su cabeza es para la definición que fue hipótesis en su designación y hoy se transforma en pregunta: si siente él, Diego, que en este desafío que afronta está poniendo en juego el mito Maradona. No tengo miedo de que se me caiga la corona. Si lo tuviera, sería un cobarde: estoy donde quiero estar, repite. Y se va.  

Antes había confesado que, en estos días, más de una vez ha repasado momentos de su vida: "Me vienen a la cabeza muchos recuerdos y muchos recuerdos feos". El destino le ha agregado un elemento más a su vida, plena de altos y bajos: se despidió como jugador de la selección en un Mundial con Nigeria y volverá como DT de la selección en un Mundial con Nigeria. "Nunca me voy a olvidar de aquella tarde del 25 de junio de 1994. Nunca. Sentía que había jugado un partidazo, estaba feliz. Vino esa enfermera a buscarme hasta el costado de la cancha, porque yo estaba festejando con la tribuna, y no sospeché nada. ¿Qué iba a sospechar si yo estaba limpio, limpio? Lo único que hice, me acuerdo, fue mirarla a la Claudia, que estaba en la tribuna, y le hice un gesto como diciéndole: ¿Y ésta quién es?. Pero era más un gesto entre nosotros, porque era una mina, y no porque fuera algo raro. Cualquiera de los periodistas que me hayan visto después del control puede decirlo: estaba feliz, feliz de la vida... Tan feliz como no podía estar alguien consciente de haberse mandado una macana. Me acuerdo, en serio, de que un periodista me preguntó: Diego, contra Grecia te calificaste con un 6,50. Hoy anduviste mejor. ¿Cuánto te das? Y yo le contesté: Seis cincuenta... y cinco, fiera.  

Tres días después, el martes 28 de junio, estaba tomando mate en el parking de la concentración, ahí en el Babson College. En eso apareció Marcos [Franchi], con una cara terrible, desencajado. ¿Quién se murió?, pensé yo. Diego, tengo que hablar un minuto con vos, me dijo y me apartó un poco del grupo. Me pasó la mano por el hombro y me largó la noticia, así nomás: Mirá, Diego, tu control antidoping contra Nigeria dio positivo. Pero no te preocupes, los dirigentes lo están manejando bi... . Lo último casi no lo escuché, ya había pegado media vuelta, buscándola a Clau... Casi no la distinguía, ya tenía los ojos nublados, llenos de lágrimas. Se me quebró la voz cuando le dije: Ma, nos vamos del Mundial. Y me largué a llorar como un chico." Así, casi tal cual como lo recordó para Yo soy el Diego de la gente lo sigue teniendo en su cabeza ahora.  

Después de aquella incomparable tristeza, volvió a volver varias veces. Pero ya su libro de jugador estaba cerrado y en la tapa lucían, inalterables, el gol a los ingleses (y el otro), el pase a Caniggia contra los brasileños (con el tobillo como una pelota) y la Copa del Mundo en alto (por supuesto). El libro que empezó ahora tiene todo por escribirse. Bajó a la más terrenal e injusta de las funciones futboleras y de poco o nada le sirve lo anterior, que no sea para compararlo. Ya lo vivió, en el turbulento preámbulo que fue el trayecto hasta aquí.  

Desde aquella presentación prolija y puntual en Ezeiza, en noviembre de 2008, hasta el desahogo y el exabrupto en el Centenario, en noviembre de 2009, hubo varios Maradona en escena, pero nunca más golpeado que ante los cachetazos de Bolivia, primero, y de Brasil y Paraguay, después. El Maradona que llegó aquí es todos ésos y ninguno, tal como ha sido siempre. Tan evidente es eso como que, cuando necesitó ayuda, no se dejó ayudar. Y así llegó a Sudáfrica, con su librito y mucho por escribir.  

Está claro que le ha quitado un enorme peso a la mochila de los jugadores: la simplificación dice que si la Argentina fracasa en este Mundial será por culpa de Maradona y si se consagra será a pesar de él. Está claro, también, que él ha puesto en los jugadores su destino.  

Para construir el grupo, a diferencia de los que él integraba y en los que era líder absoluto y unipersonal, ha elegido a tres caciques muy distintos entre sí (Mascherano, Verón y Heinze) y a un mago (Messi). El mito los deja hablar.  

Para construir el equipo, a diferencia de aquellos en los que brilló y en los que tuvo DT obsesivos para construirle un esquema alrededor, ha decidido -por las razones que sea- meterse poco: No necesitás que se les repitan veinte veces las cosas. El mito los deja hacer.  

"La verdad, pensando en mis mundiales anteriores, debo decir que estaba más nervioso como jugador. Me transpiraban las manos. Ponía las piernas para arriba para guardar energías. Hoy lo vivo con la misma intensidad, pero con mucha más tranquilidad. Porque creo en los 23 que tengo. Muero con estos 23. Por lo que sienten la camiseta, por lo que saben que está sintiendo el pueblo argentino. Me encanta que estén así", dijo. "¿Si puede haber alguna sorpresa? Sí, que juegue yo."  

Pero no, eso sí que no será posible: el mito no podrá defender su condición allí donde se creó, en un campo de juego. Y por eso es que afronta el mayor desafío de su carrera . 

*Información provista por canchallena.com
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