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La mejor camiseta, el peor momento

El columnista de Canchallena -La Nación-, Daniel Arcucci, recuerda con una anécdota la forma en que Maradona se retiró ante Nigeria, el mismo equipo con el que debuta como técnico de la Selección Argentina. Aquí la imperdible historia acontecida en junio de 1994.

En estas horas sobrevuelan, como nunca, los fantasmas del pasado, recuerdos de momentos vividos. La Argentina vuelve a jugar con Nigeria en un Mundial y es difícil soslayar el dato que podría ser puramente estadístico, pero es más que eso: como jugador, Maradona disputó su último partido en un Mundial contra Nigeria; como DT, Maradona jugará su primer partido en un Mundial contra Nigeria. Podríamos recordarlo de infinitas maneras, pero tengo una historia personal de aquellos días de junio de 1994.

Ya habían pasado unos años del fatídico Mundial de los Estados Unidos y yo disfrutaba, una vez más, de estar como en mi casa en esa especie de museo, de templo, que Claudia tiene en la suya: la habitación dedicada a los recuerdos de su marido. Ordenábamos papeles, identificábamos camisetas. De pronto, ella se detuvo en una, especialmente. Una camiseta blanca, del Argentinos Juniors de los años ochenta, que hasta barro de la cancha donde se jugó el partido tenía encima. También una dedicatoria -a quien Diego se la regaló, Gismondi, el kinesiólogo del equipo- y además la fecha, 14 de septiembre de 1980: era la que Maradona había usado cuando convirtió el gol número cien de su carrera, contra San Lorenzo de Mar del Plata: “Este hombre me la mandó de vuelta, me dijo que acá iba a estar mejor que en ningún otro lado… Hay gente buena, que da las cosas que tiene, ¿viiissshte?”,  me dijo Claudia entonces.

El golpe me pegó en el medio del pecho. Por estas tierras, para ciertas personas, pocos objetos generan tanta fascinación como “una camiseta de…” y ninguna como “…una de Maradona”. Tengo dos en mi casa. Y a una de ellas se refirió Claudia, seguro. Es azul, con vivos negros y el escudo de la AFA sobre el corazón: como la que usó contra Grecia, en el Mundial de los Estados Unidos, cuando convirtió su último gol para el seleccionado. La recibí en una circunstancia muy especial que, en una de ésas, sirve para entender una de las más grandes obsesiones de este hombre: ser querido.

Apenas había pasado el partido contra Nigeria y la única secuela del triunfo contra los africanos era, todavía, la euforia por el paso firme de la Argentina. En el Babson College, el lugar de concentración del equipo en Boston, me crucé con Juan Marcos Franchi, por aquel entonces representante de Diego. El había arriesgado un pronóstico tres años antes, cuando Maradona recién habia salido de la cárcel, por el famoso episodio del departamento de la calle Franklin: “Acordate lo que te digo, este muchacho va a jugar el próximo Mundial… Y muy bien”. Su sueño –que más parecía una utopía- se estaba al fin concretando. Hablamos de eso y también de la posibilidad de tener una camiseta, casi como un trofeo por aquella premonición. Sabía de lo molestos y reiterados pedidos para tener camisetas de Diego y por  eso jamás le había pedido una, a menos que llegara a mis manos por su propio deseo y voluntad.

Un día después de aquella conversación con Franchi, de su compromiso de comentarle a Diego mi pedido, aterrizamos todos en Dallas, para el partido de la Argentina contra Bulgaria.

La peor noticia posible había volado con ellos y tuve la posibilidad de enterarme casi inmediatamente, a través del mismo Franchi: había un control antidoping positivo, era el de Maradona, pensar en la posibilidad de un error era, sencillamente, un deseo imposible. Tuve esa noticia atragantada durante horas hasta que, en aquella  tardecita fatal de junio de 1994, estalló en todo el mundo.

Al día siguiente, no fui al estadio. Me quedé en una habitación del hotel, con un reducido grupo de otros periodistas, mirando el partido por televisión, con Maradona. Antes, había estado sentado casi a sus pies mientras le daba aquella entrevista a la televisión, la del inolvidable “me cortaron la piernas”. Después, Maradona aguantó sólo veinticinco minutos delante de la pantalla, presenciando el desconcierto de sus… ex compañeros. Se levantó -estaba sentado en el piso, muy cerca del aparato- y se fue. Detrás, todos, cada uno con un rumbo distinto.

Estaba en el lobby cuando volvió a encontrarme Franchi, casi una hora más tarde. “Diego te quiere ver, subí a su habitación”, me dijo. Tomé el ascensor y llegué a su cuarto. Toqué suavemente y, desde adentro, escuché su voz: “Pasá, esta abierta”. Empujé apenas la puerta y él quedó enmarcado ante mí, con la ventana como fondo. Una pila de bolsos armados estaba prolijamente ubicada sobre una de las camas. El parecía terminar con el último, todavía abierto. Estaba vestido con la ropa de salida del seleccionado, unas bermudas Adidas grises y una remera del mismo color, abrochada hasta el último botón del cuello. Es imborrable esa imagen: era un alumno que se había equivocado y, de pronto expuesto ante todos, cumpliendo su penitencia, buscaba corregir su imagen. Hurgó en ese bolso que no terminaba de armar y, desde el fondo, sacó una camiseta azul. La levantó delante de su pecho y la adelantó: “¿La querés, todavía?”, me preguntó.

*Así lo escribí en el libro “Conocer al Diego”, de Editorial Planeta.
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