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Amistosos, o comer y dormir

"Ahora, lo que necesitamos es comer y dormir bien." El periodista que le preguntó a Claudio Caniggia, ya andando el Mundial de Italia 90, cómo debía seguir de allí en más la preparación de la selección argentina, probablemente esperaba otro tipo de respuesta, alguna con contenido estrictamente futbolístico. Se encontró con un planteo bastante más elemental. Tal vez la voz de Caniggia en aquel momento es la que haría escuchar cualquier colega suyo en circunstancias similares. 

Con el diario del lunes , latiguillo con el que los deportistas suelen despreciar el comentario periodístico, hoy, a la luz de la ola de lesiones graves durante partidos de ensayo para la Copa del Mundo, el impulso inmediato es interpretar que la decisión de Maradona terminó siendo un acierto. Y es verdad que el riesgo existía; como todo riesgo, podía quedar sólo en eso o convertirse en esta pesadilla extendida que no discrimina equipo ni estatura futbolística de la víctima. La lista de caídos es inusualmente alarmante si tomamos a Beckham como punto de partida y pasamos por casos como los de Ballack, Essien, Suazo, Ferdinand y Drogba, más allá de que algunos de ellos aún no descarten la posibilidad de jugar, algo probablemente ilusorio, y de que una parte del problema no surgió en ensayos sino en entrenamientos. 

Detrás de los hechos de hoy se seguirá discutiendo si la postura conveniente es la que eligió el cuerpo técnico argentino o la tendencia que con amplísima mayoría conformaron sus colegas, partidarios de llegar a la competencia con el mayor rodaje posible. Ni en el fútbol en general ni en este asunto en particular la verdad absoluta tiene domicilio fijo, pero en el lado de la biblioteca que eligió Maradona hay argumentos dignos de ser atendidos. 

Como aquella voz de Caniggia, que expresa la necesidad de una frescura física y mental que más adelante, para los equipos que vayan sobreviviendo a la competencia puede ser un capital decisivo. Aquí es tentador recordar una de las teorías con las que se explicó la frustración argentina en Corea-Japón 2002: si aquel equipo llegó con un desgaste excesivo es algo que todavía se discute, pero al menos muchos de sus síntomas en la cancha tuvieron que ver con ese cuadro. Además, a estas alturas también conviene retrotraerse a una inquietud que campeaba durante los últimos meses de competencia oficial de los clubes: con un alto protagonismo en equipos que pelearon instancias decisivas, a muchos de los jugadores argentinos se les requirió hasta la última gota. 

Aunque la discusión admite matices variados, tal vez evitar esa sobreexposición ofrezca más ventajas que buscar ajustes colectivos de obtención improbable en uno o dos partidos amistosos.
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3 de Diciembre de 2016|06:29
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