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De viaje: el peor de los cobardes

Fui testigo de un episodio tal vez común, tal vez no, entre cientos de ojos que compartían la noche conmigo. Lo vi, y no pude dormir. No puedo dormir, no supe reaccionar. Salto de la cama y vengo hacia mi notebook.

Cuando llegamos a Sudáfrica, creí que el arpatheid, un tema sumamente delicado, estaba aniquilado. Pero la imagen se me volvió a la cabeza y no me dejó dormir. Por lejos, lo más fuerte que me tocó vivir, presenciar, en mi corta estada en Pretoria. Fui testigo de un episodio tal vez común, tal vez no, entre cientos de ojos que compartían la noche conmigo. Lo vi, y no pude dormir. No puedo dormir, no supe reaccionar.  Salto de la cama y vengo hacia mi notebook.

Un bar local, con muchos jóvenes de clase media-alta, bar irlandés se podría decir, con un noventa por ciento de comunidad blanca. De estar en Buenos Aires, hablaríamos de un bar de San Isidro, como un tercer tiempo. Música electrónica, cervezas, clima distendido. Ambiente rugbier, si se quiere, mucho músculo y ellas, con curvas casi perfectas. Parecían jóvenes elegidos para un casting televisivo, o una propaganda de cerveza. La idea era despejar la mente, tras una semana periodística abarrotada de trabajo con la selección. Nos recomendaron un lugar seguro, y allí fuimos, con el contingente de periodistas argentino, de televisión, gráfico y de radio, a pasar un rato agradable entre colegas, público local y fervorosos hinchas.

Había mucha juventud africana y algunos, muy pocos, turistas. Mercedes Benz, BMW y Mini Cooper estacionados en las cuadras aledañas. Un bar, casi boliche, con tres mesas de pool en la parte posterior. Mucho glamour, y guardias de seguridad por doquier.

Tras pagar en la caja por mi cerveza, veo tres ingleses, iban con sus casacas futboleras, de gorra de lana -dudo que olvide sus caras- ingresar. Ellos eran corpulentos, macizos, con mirada desafiante. Hooligans, después analicé. Hasta allí nada raro, salvo mi percepción de que aparentaban tener una violencia innata. Pero, precavido, me censuré el pensamiento malicioso de que algo espantoso podía ocurrir y alejé los fantasmas.  No puedo ser tan prejuicioso, típico de argentino, me reproché.

Era un bar de mayoría blanca, aunque en Sudáfrica el 80 por ciento de la población es de color negro. Pero no presté atención a ese detalle, sin distinguir colores ni apariencias. Allí me habían aconsejado los taxistas y los dueños del hotel asistir, porque era un lugar seguro. Y allí estábamos.

Atravesando la puerta, en el medio del local, observo a estos tres ingleses abrir paso de forma poco sutil. Una muchacha, de no más de 23 años, de color negro, ingresaba sola, con una elegancia cautivante, con un peinado perfecto, que me llamó la atención. La miré como un tesoro. Se abría paso tímidamente, abrazada a su cartera colorada y una campera blanca, muy corta, de esas que se usan ahora.

En un segundo, uno de los ingleses levantó su brazo y le propinó un codazo a la altura del hombro que casi la voltea. Ella logró mantenerse en pie entre la multitud. Comprendió lo que pasaba, yo no.  Lo miró fijamente. El desafió la apuesta, torpemente, la apartó con el antebrazo, pero ella aguantó el topetazo. El la expulsó con una mirada tenebrosa.  La música aturdía y el bullicio no dejaba pensar. Ella se mantuvo siempre en pie, se plantó.  Se miraron, no más de un segundo. Para mí, espectador cobarde, fueron dos minutos de un silencio atroz. Ella corrió despavorida hacia la puerta, no la volví  a ver en toda la noche.

 No puedo dormir. Son casi las 4 de la mañana.

* Información provista por Canchallena.com
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Opiniones (2)
3 de Diciembre de 2016|10:49
3
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3 de Diciembre de 2016|10:49
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  1. No debe sorprender
    Hace tiempo que deje de pensar en accion-reaccion y todo superado. Las ideas NO se matan, para bien y para mal. La discriminacion racial existe, tal como sigue exisitiendo el pensamiento nazi en Alemania, sobre todo en el Sur de ese pais. La decision politica de terminar con una concepcion avalada por el Estado (apartheid, nazismo) no elimina esa idea de alguna gente que ha sido inculcada con esos valores, terribles por cierto. Lo mismo ocurria en nuestro Norte con los collas, vean sino la pelicula referida al negocio del vino "Mondovino" donde aparece la familia Etchart en pleno diciendo que los "indios" son unos vagos. Hace pocos años, si un criollo caminaba por la vereda en direccion contraria a un colla, era este quien debia bajarse a la calle para darle paso. Lo bueno (soy optimista) es que en algun momento estas ideas atroces dejan de pasarse de padres a hijos, aunque no por convenciemiento, sino mas bien por conveniencia (para que sus hijos no sean discriminados por esas ideas).
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  2. Lo mejor de la verdad es que, a veces, nos atropella, para que veas que lo que creías que veías (creías) no es tal. Espero que en la vida normal, acá en Mendoza o donde sea, no tengas el mismo comportamiento (aunque no lo expreses con un codazo), hacia los que considerés inferiores. Y si lo hacías, que te haya servido.
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