¿Quiénes son los que escriben la historia?

"¿Los grandes líderes hacen la historia o son arrastrados por ella?", se pregunta el columnista Paul Kennedy, historiador de la Universidad de Yale en una nota publicada hoy en Clarín. Un paseo por la construcción de los hechos y una reflexión para este día festivo.

¿Los grandes líderes hacen la historia o son arrastrados por ella?

Carlyle creía que de los héroes derivaban las decisiones que marcaban cada época. Marx apostaba al motor de las circunstancias no previstas por los hombres. Es un debate aún no zanjado, quizá porque la vida se teje siempre entre los pueblos y los vientos de cambio.

Hace unos 70 años, la noche del 10 de mayo de 1940, un político macizo y controvertido ingresó en el Palacio de Buckingham para una audiencia con el Rey Jorge VI. El rey le pidió que fuera primer ministro y que formara un gobierno. El político luego partió para llevar a cabo su nuevo trabajo. Se llamaba Winston Churchill. En ese momento, y hasta el día de hoy, ese cambio de liderazgo -el conciliador Neville Chamberlain desapareciendo del escenario por la izquierda y el gran héroe de guerra Churchill avanzando por la derecha- se consideró decisivo. Terminó la década insípida y deshonesta de 1930; comenzó "sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas", y al final, una victoria muy reñida.

Si algo podía probar el argumento de Thomas Carlyle sobre la importancia del Gran Hombre en la historia, ahí estaba. Había asimismo amplias pruebas contemporáneas a favor de esta teoría centrada en los líderes en Hitler (que adoraba a Carlyle y continuaba leyéndolo todavía en su bunker en abril de 1945), Stalin y Roosevelt. Tampoco hay ninguna razón para poner en duda que el acceso de Churchill al poder cambió muchas cosas. Unificó la nación británica de una manera asombrosa: incorporó a políticos laboristas y liberales en su Gabinete de Guerra, nombró a Clement Attlee, el líder del Partido Laborista, como su viceprimer ministro, unificó las estructuras separadas del comando de defensa y asumió enormes facultades ejecutivas. Tampoco se trató de cambios meramente constitucionales y organizativos, como reacomodar los sillones en la cubierta de un transatlántico. Churchill trajo consigo sus extraordinarios talentos para la retórica y el lenguaje, los más grandes desde Shakespeare, y tan electrizantes que escuchando aun hoy las transmisiones grabadas de sus grandes discursos durante la guerra, cuesta no llorar un poco (a mí, ciertamente). Como señaló más de un observador, el nuevo primer ministro movilizó el idioma inglés y lo mandó a la batalla.

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