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Zanetti, el otro costado de un ganador

Sus orígenes humildes, su perfil solidario y el posible viaje a Sudáfrica para comentar el Mundial; a los 36 años, el Pupi disfruta de la consagración en la Liga de Campeones.

"Abelito... a levantarse que hay que ganarse los morlacos". 

De madrugada, en la vieja casa de Dock Sud, Rodolfo despertaba con cariño a su hijo Javier. "Abelito" era un apodo cariñoso, pero sólo un código entre ellos. Apenas superada la barrera de los 10 años, Javier ayudaba a su padre a picar paredes.

Después, repartió leche y también estuvo al frente de la verdulería de su primo. Creció entre las dificultades económicas del Doque, pero desde hace 15 años vive junto al lago de Como, en la localidad de Moltrasio, en la Lombardía italiana, a cinco kilómetros de la frontera con Suiza.

"Jugaba al baby en el Doque y sólo tenía un par de zapatillas. Un día, cuando ya estaban muy agujereadas, le pregunté a mi viejo si me podía comprar otras. Y me explicó que no, que no podía. Me fui a la escuela y, cuando volví, estaban cosidas a mano con hilo de tanza. Desde entonces aprendí a disfrutar de todo, por chiquito que fuera", cuenta y, así, revela su fórmula.

Soñó con ser abogado, pero el destino quiso que fuera futbolista. Aunque, en la 9ª división de Independiente, José Santoro y Ricardo Elvio Pavoni le dijeron a Violeta, la mamá de Javier, que no lo llevara más porque era en vano alimentar la ilusión de quien no tendría ningún futuro en el fútbol.

Justo Independiente, club del que es hincha. Era muy chiquito, es cierto. El parto había resultado algo traumático, y por eso el día del bautismo de Javier, nadie dudó que aquel doctor Adelmar debía acompañarlo siempre en su segundo nombre. 

La sonrisa no se le borra de la cara. Ese buen humor es a prueba de contratiempos. Días después de quedarse definitivamente afuera de su último Mundial, anteayer entró en la historia. Pero realmente en la historia.

Capitán del primer equipo italiano que gana la triple corona. Justo en el estadio Bernabéu, donde increíblemente nunca había jugado. Justo el día de su partido 700, para darle un decorado más perfecto a la consagración en la Liga de Campeones. Para quedar a apenas 58 encuentros de alcanzar a Giuseppe Bergomi como el futbolista con más cotejos en la vida del club nerazzurro. Aunque sentimentalmente para la familia Moratti ya lo represente, porque Beppe no se marchó bien de San Siro. 

Pero fue justo el ex zaguero Bergomi, de quien Javier heredó la cinta de capitán en Inter, en 1999, el que incentivó en Zanetti su costado solidario. En Italia, entre ambos han financiado la construcción de viviendas para madres solteras y hogares para abuelos.

Hace algo más de ocho años extendió a su país ese espíritu benefactor y abrió la Fundación Pupi (Por un piberío integrado). Un emprendimiento que monitorea minuto a minuto. Un desafío por el que tuvo varios disgustos con la burocracia argentina. Una iniciativa que crece... y eso no lo llena de orgullo porque refleja que las necesidades de la infancia no se detienen.

El día que ese galpón reciclado de Bouchard y Pavón, la sede de la Fundación en Lanús Oeste, abrió sus puertas por primera vez, en un momento Javier se perdió detrás de unas cajas y allí, solo, donde nadie lo podía ver, se largó a llorar.

"Cuando llegó el momento de bañar a los chicos... ¡El miedo que le tenían al agua! La ducha era algo desconocido para ellos; se abrazaban a las maestras, estaban aterrorizados. Hubo que educarlos en ese aspecto, incorporarles la cultura de la higiene. Fue conmovedor", cuenta este hombre que se apasiona cuando se trata de hablar de esa Argentina extraña, sensible, pero contradictoria. En la que algún día volverá a vivir. 

Cuando decida cerrar su carrera como futbolista –atención, con 36 años acaba de renovar por dos años más con Inter- no se le cruzará por la cabeza ser entrenador de mayores, ni representante de futbolistas, ni periodista… aunque tal vez en unas semanas sorprenda por Sudáfrica.

O quizá se convierta en manager de su querido Inter. Tanto que, en las entrañas del estadio Giuseppe Meazza, allí donde funciona el museo, Javier tiene su estatua junto con otras glorias como Giacinto Facchetti, Helenio Herrera, Lothar Mathaeus, Karl Heinz Rummenigge y Sandro Mazzola.

La colocaron en 2003, antes de que llegaran los títulos que hoy desbordan todas las vitrinas. La colocaron cuando, por ejemplo, un día Javier tuvo que bajar del micro que trasladaba a la delegación para calmar a esos ultras que no habían dudado en lanzar dos bombas Molotov para llamar la atención.

También por entonces, posiblemente, nacía esa muletilla ofensiva. ¿Cuál? La de mufa. Javier, desde los 13 títulos que hoy encadena su carrera, jamás respondió con rencor. Zanetti logró todo sin estridencias ni actitudes contestatarias. 

Zanetti fue siempre el mismo. En mayo de 1995, cuando Internazionale le pagó a Banfield 2.900.000 dólares por su pase, la propuesta de La Nacion Deportiva fue hacerle una entrevista y fotografiarlo luciendo un traje. Con estilo italiano, era la idea del título para aquella nota, teniendo en cuenta que en poco tiempo viviría en la cuna de la moda.

Pero Javier no tenía un traje; siquiera recordaba si alguna vez se había puesto uno. Un tipo sencillo que evoca con una sonrisa aquel Fiat 147 beige, su primer auto. 

Cuando llegó a Internazionale, sin saber aún si se quedaría en Milán o lo cederían a un club menor porque el cupo de extranjeros estaba cubierto con los holandeses Wim Jonk y Bergkamp, el macedonio Darko Pancev y el uruguayo Rubén Sosa, Javier incluyó en el contrato una cláusula que lo autorizara a integrar la selección todas las veces que fuese citado.

Entonces, esa declaración de prioridades ya denunciaba su sensibilidad. No le garantizaba nada, desde ya. Mayo de 2010 le pegó un cachetazo teñido de albiceleste y a la vez le regaló las mejores caricias nerazzurras.

"El fútbol siempre paga", repite con envidiable serenidad. Esfuerzo, compromiso y generosidad, virtudes que distinguen a Zanetti. Detrás de los flashes que recorrieron el mundo, ayer por la mañana Pupi cambiaba al pequeño Nacho, mientras su hermanita Sol jugaba en las escaleras con mamá Paula, la incondicional compañera de Javier. Todo había vuelto a la normalidad en la casa de los Zanetti. El símbolo se reencontraba con el hombre cualquiera. 

Fuente: www.canchallena.com

 

 

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