La historia que no nos contaron

El escritor ilumina aspectos ocultos de la historia oficial argentina. Aquí cuenta cuál fue el verdadero e intolerante plan de operaciones de Mariano Moreno y revela que la Revolución del 25 de Mayo no fue una "pueblada".

El escritor, político y médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis, Mario “Pacho” O'Donnell (Buenos Aires, 1941) ofrecerá hoy una conferencia en Mendoza.

El autor de Copsi, entre otras novelas, hablará esta tarde sobre “El conflicto centralismo versus federalismo”. La cita es a las 18, en el teatro Plaza (Colón 27, Godoy Cruz). En el encuentro, organizado por la Municipalidad de Godoy Cruz, O´Donnell estará acompañado por Carlos Aguiló, Carlos La Rosa y Jaime Correas.

Desde su mirada neorrevisionista de nuestra historia se propone iluminar aspectos ocultos o escamoteados de la historia oficial argentina. Esa es la intención de la serie “La historia argentina que no nos contaron” que ya suma los títulos El grito sagrado, El águila guerrera, El Rey Blanco y Los héroes malditos.

También biógrafo, O’Donnell ha publicado Juana Azurduy, la teniente coronela, Monteagudo, la pasión revolucionaria, Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial, Che, la vida por un mundo mejor y Caudillos federales.

El escritor, de quien editorial Norma acaba de publicar sus Cuentos completos, ha ocupado diversos cargos políticos y diplomáticos y recibido numerosas distinciones internacionales por su aporte a la literatura hispanoamericana.

Compartamos un fragmento de su libro Historias argentinas referidos a la Semana de Mayo:

El plan de operaciones

Mariano Moreno, quien pasó el 25 de Mayo de 1810 en la casa de un amigo, desinteresado de lo que sucedía en el Cabildo, se transformó rápidamente en un apasionado protagonista de la revolución contra España. Fue el equivalente de Robespierre en el Río de la Plata, convencido de que el terror era el único medio que garantizaba el éxito a una situación tan precaria como la de la Junta de Mayo.

A su pluma se debe el "Plano de Operaciones" en el que se detallaban los medios revolucionarios (aunque se sospecha que el borrador inicial también corrió por cuenta de Belgrano): "Debe observarse la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa; la menor semiprueba de hechos, palabras, etc. contra la causa debe castigarse con la pena capital, principalmente si se trata de sujetos de talento, riqueza, carácter y alguna opinión; a los gobernadores, capitanes genera]es, mariscales de campo, coroneles, brigadieres que caigan en poder de la causa debe decapitárselos”.

En cambio a los amigos había que disimularles "si en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema pues en tiempos de revolución ningún otro delito debe castigarse sino el de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa, todo lo demás debe disimularse”. Los jueces “deben ser personas de nuestra entera satisfacción que sean adictos para estorbar el apoyo de los ambiciosos y perturbadores del orden público; aun en los juicios particulares debe preferirse siempre al patriota, a quien se le debe proporcionar mejor comodidad y ventajas".

Se completa la estrategia montando una oficina de "seis u ocho sujetos que escriban cartas anónimas, fingiendo o suplantando nombres y firmas para sembrar la discordia y el desconcierto, cuidándose de indisponer los ánimos del populacho contra los sujetos de más carácter y caudales pertenecientes al enemigo".

Que había decisión en la Junta para cumplir con tan severos postulados se confirmó cuando la insubordinación de Córdoba forzó el envío de una fuerza militar al mando de Ortiz de Campo e Hipólito Vieytes, con la orden de conjurar la contrarrevolución encabezada por Liniers y fusilar sumariamente a los cabecillas.

Capturados los sublevados, Vieytes, el 1º. de agosto de 1810 se dirigió a la Junta: “V.E. conoce mejor que nadie la necesidad que todos nos hallamos de ganar afecto de estos oprimidos sanguinarios déspotas que se complacían anteriormente en derramar su sangre, se ponen en ejecución todos los medios de dulzura para hacer conocer las ventajas del suave y sabio gobierno que unánimemente confiesan en V.E”.

Moreno, indignado por la vacilación, destituyó a los delegados porteños. En una carta a Feliciano Chiclana, gobernador interino de Salta, fechada el 17 de agosto de 1819, le cuenta: “Pillaron nuestros a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose (sic) en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad. No puede usted figurarse el compromiso en que nos han puesto. ¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a hombres que se asustan de una ejecución?”.

Fueron entonces Castelli y Balcarce los responsables de cumplir la orden que rezaba: “La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el doctor. Victorino Rodríguez, el Coronel Allende y el oficial real Joaquín Moreno. En el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.

Esta vez Castelli cumplió al pie de la letra, como después lo haría en Chuquisaca, y Liniers y sus cómplices, con la solo excepción del obispo Orellana al que se le perdonó la vida, fueron fusilados en el paraje de Cabeza de Tigre el 26 de agosto de 1810. Domingo French fue el encargado de los tiros de gracia.

Años después Nicolás Rodríguez Peña le escribió al historiador Vicente F. López: “Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque estábamos comprometidos a obrar así todos, lo habíamos jurado todos y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás. ¿Qué fuimos crueles? ¡Vaya el cargo! Salvamos a la patria como creíamos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Así será: nosotros no lo vimos ni creíamos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo hicimos”. Y adelantándose a los críticos los desafiaba: “Arrójennos la culpa al rostro y gocen los resultados, nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres”.

La primera pueblada

Uno de los mitos sobre Mayo es que se trató de una revolución popular. Muy lejos de ello se trató de un “putsch” de un sector de la clase “decente” de criollos y españoles adinerados que temían la participación de la “chusma” tanto como los partidarios del virrey. Ello sería evidente en el decreto de "supresión de honores" del 6 de diciembre de 1810 que Moreno fundó en que se hallaba "privada la multitud de luces necesarias para dar su verdadero valor a todas las cosas, reducida por la condición de sus tareas a no extender sus meditaciones más allá de sus primeras necesidades".

Por eso, cuando las cosas arrancaron en la dirección incorrecta y Saavedra y Castelli insólitamente aceptaron el 24 de mayo integrar una Junta presidida por Cisneros, una actitud que mucho se pareció a la traición, le bastará a Beruti, líder de los aguerridos “chisperos” que integraban la temible “Legión infernal” amenazar con que tañiría la campana del Cabildo para convocar al pueblo y el susto de los allí reunidos, españoles y criollos, partidarios y contrarios de la continuidad del virrey, hizo que todo volviese atrás.

En los tiempos que sucedieron a Mayo se perfilaban ya las posiciones que con las modificaciones de los tiempos y las circunstancias se prolongan hasta hoy: un bando más apegado a las tradiciones hispánicas y cristianas, el de los “saavedristas”, provincianista, próximo a la “chusma” del puerto y del interior, mal calificado por el hábito como “conservador”, confiado en que el tiempo sería su mejor aliado y que las posiciones radicalizadas solo provocarían peligrosas reacciones. Con lógicas salvedades puede hablarse de la anticipación del “federalismo”.

Por el otro, los “morenistas”, que tomarían de su difunto líder lo peor de su ideario: su amor por lo europeo y su desconfianza en lo telúrico, su porteñismo centralista, careciendo en cambio de su fervor revolucionario sin el cual es probable que Mayo hubiese abortado a poco de comenzar. Fueron los avanzados del “unitarismo”. Esta ideología predominante explica que algunos personajes relevantes consustanciados con lo telúrico, con las raíces gauchescas, como Juan Manuel de Rosas, no demostraran mayor entusiasmo por el golpe del 25 de mayo.

El “morenismo” protounitario decidió el nacimiento de la “Sociedad Patriótica” en marzo de 1811 y conspiraron abiertamente en contra de Saavedra, tanto que los rumores de una inminente asonada se comentaban en las casas y en las calles de Buenos Aires y hasta circularon los nombres de quienes ocuparían los más altos cargos.

Sorpresivamente en la medianoche del 5 de abril de 1811 la ciudad asistió atónita al espectáculo de riadas de gauchos, indios, mulatos, orilleros que venían de la campaña y de los suburbios plebeyos de la ciudad y que ocuparon la Plaza de la Victoria en apoyo a Saavedra y los suyos. Fue una reacción espontánea del pueblo humilde contra las “gentes de posibles” y los jóvenes “alumbrados’ de la Sociedad Patriótica por considerar que pretendían dar a la Revolución un sesgo elitista y extranjerizante que no comprendían y tampoco compartían.

El propósito de la pueblada era sustituir la Junta por el gobierno “único” de Saavedra, en quien confiaban, y su cabecilla, el doctor Joaquín Campana, un abogado de las orillas cuyo apellido era la españolización del irlandés “Campbell”, ya había dado muestras de sus ínfulas en 1806, tanto que el entonces virrey Sobremonte, en su comunicación a España informaría que “el joven Campana y otros dos bandidos” habían sido los más insistentes en solicitar su renuncia.

La movilización forzó la salida de la Junta y expatriación de los vocales “morenistas” Rodríguez Peña, Vieytes, Azcuénaga y Larrea, pero su enjundia se perjudicó por la negativa a asumir el poder solitario por parte de Saavedra, quien siempre estuvo por debajo de los roles claves que le tocó desempeñar en aquellos años inaugurales.

El espíritu democrático que animaba al reclamo popular decretó que de allí en más se tendría en cuenta el deseo de las mayorías en desmedro de las habituales decisiones de las elites hispánica y criolla, estableciendo que no se haría designación de vocales de la Junta ni variación en la forma de gobierno "sin que ocurra con voto expreso del pueblo".

El tono de las relaciones con los ingleses también cambiaría radicalmente, acorde con el espíritu nacional que alentaba a los plebeyos en el poder. En nota del 18 de mayo Campana se niega a la oferta de mediación británica porque “quiere darnos como favor mucho menos de lo que se nos debe por justicia", reclamando además, ante todo, el reconocimiento de las Provincias Unidas del Río de la Plata como nación independiente.

El 21 de junio la Junta rebelde da otro golpe a los ingleses en lo que más les dolía, sus intereses mercantiles: prohibió la remisión de géneros ingleses al interior, derogando la disposición de Moreno que lo permitía, para así proteger las industrias de provincia. No fue todo: como los importadores ingleses acostumbraban a postergar indefinidamente el pago de los impuestos hasta haber vendido sus mercaderías, se ordenó el 25 de junio que dichas deudas con la aduana pagarían un interés del 8 % "sin perjuicio de los apremios y ejecuciones que el administrador de la Aduana estimara convenientes".

Tales medidas provocaron la oposición de personas y sectores poderosos que fueron minando la endeblez de un moviendo caótico y voluntarista. El golpe final sería la sospechable derrota en “Huaqui” que obligó al vacilante Saavedra a partir de Buenos Aires para hacerse cargo del mando del ejército del Norte, siendo apresado en el camino.

El fin de la revuelta fue tan previsible que Azcuénaga, desterrado en Mendoza por la pueblada, cuando se queja ante el también castigado Gervasio Posadas por haber perdido su grado militar recibe por respuesta: "Calle usted, hombre, yo le haré Brigadier". Efectivamente, al ser ungido Posadas como Director Supremo devolvió a Azcuénaga los galones. Campana fue encerrado en un calabozo durante mucho tiempo y expulsado de los libros escolares.

Patricia Rodón

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Opiniones (3)
5 de Diciembre de 2016|01:47
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5 de Diciembre de 2016|01:47
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  1. ¿Qué te pachó Mario O' Odonnell? ¿Se te acabó la guita que levantaste cuando fuiste Secretario de Cultura del corrupto procesado ex-presidente peronista Carlos M.? No sé si te queda plata, lo que seguro no tenés es vergüenza. Ni vos ni los que te han invitado y te acompañan. Se aprovechan de la falta de memoria de la gente.
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  2. Quisiera saber tu opinion sobre la semana de mayo mas que sobre pacho o donell. A mi me queda claro quienes eran los morenistas, muy en contra de las provincias y sumamente unitarios. O no?
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  3. No sorprende los argumentos de este Sr. que, no olvidemos, no sólo fue funcionario de la época de Menem sino que siguió apoyándolo luego que se destapara toda la olla putrefacta del turco, vaya a saber uno con qué favores le habrán pagado. Y se atreve a hablar así de tales personajes patrióticos!! es un caradura. Además es contradictorio si vemos la visión que tiene sobre el Che. Y eso no significa hablar mal del Che, al contrario, tanto el che como Moreno, Belgrano, Castelli, San Martín tuvieron que recurrir al uso de la fuerza y al derramamiento de sangre si era necesario en aquél entonces, ya que así es como por lo general se hacen las revoluciones, o acaso creemos que la revolución francesa fue pacífica??
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