Machu Picchu: recorramos juntos el Camino del Inka

¿Qué palabra simple y precisa inventar para hablar de Machu Picchu? De esa raíz profunda del ser y quimera. De esa mano humana que fue forjando la vista y la forma. De ese espacio sin fronteras y sin tiempos. Hagamos ese viaje, de sueños y ensueño, visitemos el corazón del mundo inka con imágenes y dicciones.

Machu Picchu, una de las maravillas del mundo que encarna una presencia escrita en varios capítulos del pasado, en un libro planetario que se va garabateando permanentemente.

Fue un sitio religioso levantado durante el imperio inkaico, donde vivían algunos nobles junto a los Curacas (sacerdotes inkas) y las mujeres más hermosas de Cuzco (capital del imperio). El templo albergaba alrededor de 200 personas, que tenían el fin de ofrendar cultos a sus dioses y estudiar el movimiento estelar, sobre todo del sol.

La construcción de Machu Picchu fue encomendada por el noveno emperador inka Pachaquteq, el máximo prócer de Perú y su obra se prolongó por 120 años desde la primera hasta la última piedra.

Por fortuna, en el presente ese recinto aún sigue absorbiendo el brillo solar y resplandeciendo en la húmeda selva. Es impoluto, magnífico, increíble, junto con otras adjetivaciones que pueden figurar tal edificación, que sin dudas posee en sus entrañas pedregosas, una mística y energía que se siente al rozar cada pared, columna, adobe, vertiente o abstracción  rocosa que decora el paisaje.

El sagrado santuario se encubre detrás de un arduo sendero empedrado por los inkas que era la antigua vía por la cual se podía llegar a Machu Picchu.

Sus 40 kilómetros de extensión y cuatro días de andanza, transportan por lugares inéditos.
Primeramente, contorneando el robusto río Urubamba, siempre caudaloso y furioso protector de la delicada verde flora. Luego un ascenso de escalón por escalón, que se traducen en horas y horas de elevación y apunamiento corporal, recorriendo las encumbradas montañas hasta una cima de 4.215 metros. Después zigzaguear las sierras con abismos a los costados, penetrando la perspectiva selvática y envueltos por densas nubes, mientras se desciende por cascadas, cuevas y ruinas a medida que avanza la tarde.

El último día es el premio al esfuerzo. El reconocimiento luego del desafío del inka. Pero antes de llegar a tierra prometida, los antepasados nos detienen en las Puertas del Sol, el arcaico ingreso al recinto, para poder admirar un panorama sin igual, con el amanecer y Machu Picchu entrelazándose para ser uno sólo. En tanto un inmenso rostro inka se posa en el relieve con una firme mirada al cielo y negándose a abandonar su morada. Posterior al acceso principal, nos queda la recta final mientras se atraviesa un bosque de radiantes orquídeas.

Una vez sitiados en el santuario, sólo las nubes se dejan observar, como si Machu Picchu se ocultara del tiempo y los extraños.

Pero luego el sol se apiada y en un abrir y cerrar de ojos, la nubosidad se desarma para dejar apreciar la divinidad y perfección. La comarca se carga de una belleza con distinción. El verde se unifica con las piedras en una orgía natural, derrochando una esencia mítica que se respira, con un río Urubamba que ruge para ser el idioma del templo, vigilada por el monte Wayna Picchu que desde lo alto observa y custodia de los colonos la fortaleza energética, que se canaliza por vibraciones que se absorben con cada éxtasis provocado por esa orbe, exenta de la jungla de concreto que habitamos.

Ese mágico territorio nos promete emoción,  renovación, armonía y sobre todo paz.

Apartando todo show mediático y turístico, Machu Picchu se colma de una mística propia que los seres del pasado supieron manifestar y que se perpetúa en la histórica, para hoy ser leyenda y mañana un mito.

Infaliblemente visitarlo es un hecho superlativo y desde ya recomendable, siempre que se pueda y antes de que la corrompan en una mina, para enriquecerse con la historia y cargar la memoria y el alma con la maravilla que nos ha legado el Dios Sol.

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