Dos personas y un amor a lo largo del tiempo

"El año que viene a la misma hora" se presentó el fin de semana pasado en Mendoza. La puesta, de la mano de Adrián Suar y Julieta Díaz, agotó entradas en ambas funciones. En esta nota, mirá la extensa galería de fotos y enterate de la opinión de los mendocinos sobre el espectáculo.

Mendoza es una plaza considerada “culturosa” en la Argentina y es porque su público siempre está ávido de buenas obras. Lamentablemente la problemática que existe en cuanto a la falta de lugares que puedan albergar las diferentes alternativas teatrales, hace que cada vez sea más difícil la llegada de espectáculos de calidad desde Buenos Aires.

Esta “sed teatrera” se materializó el viernes y sábado pasados, cuando Adrián Suar y Julieta Díaz agotaron las dos funciones que tenían programadas de la ya clásica obra “El año que viene a la misma hora”.   

Mariela Trione, Nancy March, Gaby Pappalardo y Gaby Bourguet, emocionadas con la obra.

Pequeña sinopsis. “El año que viene a la misma hora" trata la historia de dos amantes (Juan y Doris) que luego de un vehemente encuentro en un complejo de cabañas de Chapadmalal deciden volver a vivir, todos los años, un fin de semana lejos de sus familias en ese mismo lugar. Es así que durante 30 años serán amantes, confidentes y vivirán varias etapas de sus vidas: situaciones risueñas, dramáticas y finalmente, se confesarán el amor.

Suar y Díaz dan vida a una historia de amor
que vence todos los obstáculos.
Son dos personajes verdaderamente queribles, que hacen que el público (y sobre todo las mujeres) les perdonen la infidelidad. La adaptación argentina hace hincapié en la comedia romántica, llena de diálogos ingeniosos, divertidos y conmovedores con la intención de hacer lucir a los dos únicos actores en escena. Julieta Díaz es la que lleva la carga más dramática y la que tiene escenas más comprometidas, yendo desde la ingenuidad de los primeros años a la firmeza propia de una mujer madura. El papel de Suar se afinca en lo humorístico, y desde allí muestra sus miedos, su culpabilidad, su inseguridad.

La vestimenta y el maquillaje, fundamentales.  “Creí que sería una obra más profunda sobre la relación de dos amantes, pero me gustó. Además rescato los cambios de looks de los personajes acorde el tiempo iba pasando en sus vidas”, comentó una espectadora.

El diseño de vestuario, que fue un ítem esencial a la hora de hacer creíbles el crecimiento en edad de los personajes y el posicionamiento en una década en cuanto a la ropa que se usaba, perteneció al reconocido diseñador Pablo Ramírez. Los vaivenes de la moda se reflejaron sobre todo en el personaje de Julieta Díaz. Un acompañamiento ideal fueron las diferentes pelucas y el correcto maquillaje.

Los mendocinos colmaron el auditorio Bustelo.

Aprobada, pero “hasta ahí”. La mayoría del público presente se fue conforme, pero algunos se quedaron con gusto a poco. “Pensé que la obra iba a ahondar más en la compleja situación de lo que significa engañar y no querer hacerlo pero al mismo tiempo estar enamorado de otro; o sobre la vicisitud de tener una familia a la que se ama pero sentir pasión, sentirse seducido por otro ser que la pone en peligro”, comentó uno de los asistentes. “A mi me gustó. Me  pareció muy tierna, y súper emotiva. Creo que no era una historia de engaño, sino de amor. Hay que animarse a vivir el amor y no ahogarlo”, se animó a decir una señora con look de abuela.

El final, contundente. La llegada del desenlace fue, sin dudas, el momento más alto en cuanto a rigor actoral; y lo desempeña en soledad Julieta Díaz. En una escena categórica pero enternecedora y emocionante, la actriz traspasa al espectador la certeza de que la historia que vivieron los personajes fue genuina. Que el amor, si une, une para siempre. ¿El dato curioso? Muchos varones fueron los que salieron entre lágrimas, visiblemente conmovidos.

En Imágenes