El futuro de nuestro pasado

El crecimiento económico de Argentina fue muy pobre e inestable luego de la Independencia. Pero lo peor no fue la economía. En 1930 se derrumbaron las instituciones y, durante más de la mitad del siglo XX, el país vivió la alternancia entre gobiernos de facto y transitorios períodos constitucionales.

Por Aldo Ferrer

Este ensayo constituye un nuevo intento de explorar el futuro atendiendo a las enseñanzas del pasado y a las tendencias del orden mundial, en el cual se desenvuelve la economía nacional. En la primera parte, se analizan las relaciones entre la globalización y el desarrollo. En ese contexto, la segunda parte se ocupa de la trayectoria económica del país e indaga el futuro que se abre en el siglo XXI.

La ausencia de reglas para negociar los conflictos de una sociedad compleja y de una economía en transformación culminó en la tragedia de la violencia y, finalmente, en la aventura y la derrota de la guerra de Malvinas. Muchas de las ilusiones del primer centenario naufragaron en el transcurso de los últimos cien años.

Hace apenas ocho años, el país enfrentó una severa crisis económica y política que fue la culminación de las frustraciones acumuladas en el segundo centenario. Las instituciones de la democracia resistieron el impacto y la economía argentina se recuperó con sus propios medios, sin pedir nada a nadie, demostrando el potencial y la capacidad del país para crecer y vincularse con el mundo, manteniendo el comando de su soberanía. Ahora, en las vísperas de las celebraciones del bicentenario, el país vuelve a enfrentarse con antiguos dilemas. De su resolución depende que iniciemos la construcción de un nuevo siglo con una trayectoria y un destino distintos del que concluye.

Introducción

El crecimiento económico de Argentina fue muy pobre e inestable a lo largo del segundo siglo de la Independencia, durante el cual el producto bruto interno (pbi) total creció a menos del 3% anual y el per cápita a menos del 1%. La inestabilidad predominó la mayor parte del tiempo. El ejemplo más elocuente fue la inflación, que se instaló a partir de 1945, y le confirió a Argentina el lamentable récord del país con la más alta y prolongada inflación del mundo, con varias hiperinflaciones incluidas. Las cosas fueron de mal en peor. En el tramo final tuvo lugar el pésimo período 1975-2002, el más negativo de la historia económica argentina.

Sin embargo, la economía no fue lo peor. En 1930 se derrumbaron las instituciones de la república y durante más de la mitad del segundo siglo el país vivió en la alternancia de gobiernos de facto con transitorios períodos constitucionales. La ausencia de reglas para negociar los conflictos de una sociedad compleja y de una economía en transformación culminó en la tragedia de la violencia y, finalmente, en la aventura y la derrota de la guerra de Malvinas. Muchas de las ilusiones del primer centenario naufragaron en el transcurso de los últimos cien años.

Estos hechos se reflejaron en la pérdida de posición relativa del país en la economía mundial y en el inevitable deterioro de su respetabilidad internacional. La habitual comparación de nuestra trayectoria con la de los otros “espacios abiertos” dotados de una gran oferta de tierras fértiles (Unidos, Canadá y Australia) revela un fuerte aumento de la brecha en los niveles de vida y el atraso relativo del correspondiente a Argentina, particularmente en los períodos 1930-1945 y 1976-2002. Lo mismo sucede en el escenario latinoamericano. Hasta promediar el siglo xx, el país contaba con el ingreso medio más alto y la distribución del ingreso menos inequitativa de la región. Actualmente, ambos indicadores figuran en el promedio latinoamericano, el peor del mundo en cuanto a la equidad distributiva.

La experiencia de este segundo centenario contrasta con la del primero. En aquel entonces la economía argentina registraba aún el impulso de la expansión de sus exportaciones agropecuarias, que en la segunda mitad del período (1860-1910) le habían permitido crecer en el pbi total al 5,5% anual, en el per cápita al 3,3% y en la población al 3,2%; es decir, tenía uno de los más altos indicadores de crecimiento del mundo. La modernización del país y los hábitos de vida de buena parte de la población se elevaron hasta niveles comparables a los de los países avanzados. Buenos Aires, la “Reina del Plata”, era el testimonio más elocuente de las conquistas que Rubén Darío celebró en su “Oda a la Argentina”. El país parecía destinado, en aquel entonces, a constituirse en la réplica sudamericana de Estados Unidos de América.

¿Por qué tanto contraste entre el primer centenario y el segundo? En parte, porque la visión que predominaba en 1910 y todavía comparten los que idealizan aquella época, el orden económico, era vulnerable y no tenía futuro. Pero también es cierto que el país no logró, en su segundo siglo de existencia independiente, reparar los errores del pasado y responder con eficacia a los nuevos desafíos del orden mundial, que incluyeron dos guerras mundiales, la gran crisis de la década de 1930 y la radical transformación productiva y de las relaciones internacionales impuesta por la revolución científico-tecnológica.

S e trata de entender qué nos pasó desde el inicio mismo de la República, aprender de la experiencia, construir una estructura productiva viable capaz de desplegar el potencial disponible y de vincularnos al orden mundial preservando el gobierno de nuestro propio destino; en suma, de recuperar la esperanza.

Las transformaciones del orden mundial, a lo largo de los doscientos años transcurridos desde mayo de 1810 hasta ahora, no han cambiado los factores determinantes del desarrollo económico argentino. Desde los tiempos inaugurales de la Independencia el mundo cambió incesantemente y también Argentina. El contrapunto entre los cambios del contexto externo y la realidad interior conformó nuestra densidad nacional.

La globalización es el espacio del ejercicio del poder dentro del cual las potencias dominantes establecen las reglas del juego que articulan el sistema global de comercio, finanzas, inversiones y circulación de conocimientos. Ese orden proporciona un marco de referencia para comprender el curso del desarrollo argentino en los últimos doscientos años. Pero la forma de inserción del país en su contexto externo dependió, depende y dependerá, en primer lugar, de factores endógenos propios de nuestra realidad interna. Puede decirse, entonces, que Argentina tuvo y tiene la globalización que se merece en virtud de la débil consistencia de su densidad nacional.

Argentina es todavía una nación en construcción, inconclusa. Para consumar la tarea iniciada hace dos siglos es preciso fortalecer la densidad nacional en todos los planos; es decir, la cohesión social, la calidad de los liderazgos, las instituciones y el pensamiento crítico.

En primer lugar, es necesario reforzar la equidad mediante la protección de los sectores vulnerables, la educación, la salud, la vivienda, el espacio público, la cultura y, como condición necesaria, el empleo. Los liderazgos que acumulan poder generando empleo y riqueza, y no como comisionistas de intereses transnacionales, son agentes esenciales del desarrollo. Por lo tanto, es preciso fortalecer a los empresarios locales y a los creadores de valores culturales que enriquecen nuestro acervo artístico, científico y tecnológico. Las instituciones deben consolidarse con la división de poderes y con la transparencia de la gestión de los órganos del Estado. Es necesario que la competencia electoral sea el espacio para debatir los problemas, generar consensos y afianzar la confianza en nuestra capacidad de resolver los conflictos inherentes a toda sociedad pluralista y abierta. Por último, debe predominar el pensamiento crítico, fundado en nuestra propia visión de los problemas y las oportunidades. Como decía Arturo Jauretche, lo nacional es lo universal visto por nosotros mismos. Esto es necesario para trazar la estrategia de formación de una estructura integrada y abierta, y responder con eficacia a los desafíos y las oportunidades de la globalización. La densidad nacional es esencial para el desarrollo, porque los países se construyen desde adentro hacia afuera y no a la inversa.

En definitiva, cada país tiene la globalización que se merece, precisamente en virtud de la fortaleza de su densidad nacional. Hace apenas siete años el país enfrentó una severa crisis económica y política que fue la culminación de las frustraciones acumuladas en el segundo centenario. Las instituciones de la democracia resistieron el impacto, y la economía argentina se recuperó con sus propios medios, sin pedirle nada a nadie, demostrando el potencial disponible y la capacidad del país de crecer y vincularse con el mundo, y manteniendo el gobierno de su soberanía.

Ahora, en las vísperas de las celebraciones mayas del segundo centenario, el país vuelve a enfrentarse con antiguos dilemas de su desarrollo, de cuya resolución depende que iniciemos la construcción de un nuevo siglo con una trayectoria y un destino distintos del que concluye.

De: El futuro de nuestro pasado. La economía argentina en su segundo centenario, de Aldo Ferrer. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010. 173 páginas. $26.

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9 de Diciembre de 2016|21:42
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