Pintores, cronistas y viajeros en la Mendoza antigua

Los artistas alemanes Juan M. Rugendas y Robert Krause cruzaron la cordillera desde Chile y llegaron a Mendoza en 1837. El pintor cronista retrata la ciudad colonial y cuenta lo que pasó con un grave accidente.

Por Lila Bujaldón de Esteves (*)

Juan Mauricio Rugendas.
“Quién sabe si algún día se encuentran más informaciones sobre este enigmático Robert Krause” fueron las palabras que me escribió Pablo Diener, uno de los estudiosos que, con mayor éxito y excelentes frutos, se ha dedicado a la obra pictórica de Juan Mauricio Rugendas en los últimos años. Para Diener, Robert Krause seguía siendo un artista absolutamente anónimo, de cuya obra pictórica no se conocía prácticamente nada.

Krause es una figura clave en la existencia de Rugendas, pues le salva la vida en el frustrado viaje común hacia Buenos Aires en 1838, así como los excelentes relatos de Robert Krause sobre la propia travesía del Atlántico en 1834 hasta llegar a Valparaíso y las más conocidas páginas del cruce de la cordillera de los Andes, la estadía en Mendoza y el posterior traslado accidentado hasta la pequeña villa de San Luis.

Robert Krause había nacido once años después que Rugendas, en 1813, en San Petersburgo, de allí el apelativo de “ruso” que mereció entre algunos amigos chilenos. Su infancia estuvo marcada por la temprana pérdida de ambos progenitores.  Pese a la orfandad, Krause también pudo canalizar sus dotes artísticas en la casa de quien lo adoptara a él y a sus siete hermanos, Jacob von Krause, el hermano de su padre. Este comerciante y consejero estatal que gozaba de fortuna y residía en las cercanías de Dresden, en Weisstropp, era una especie de mecenas que se rodeaba de artistas e intelectuales.

Mientras que Rugendas cumplió una etapa de formación en la academia de Munich y precozmente obtuvo un contrato a los 19 años para participar como pintor en una expedición al lejano Brasil, Krause emprendió con 16 años aquel tradicional viaje a pie por   Italia, para quienes deseaban nutrirse del arte que allí se desbordaba en todas las direcciones. Ambos jóvenes, uno ya consagrado a través de sus estampas a la vuelta del Brasil por la valoración que Alexander von Humboldt hizo de ellas, y el otro, en plena búsqueda de formación, se cruzaron probablemente en las rutas italianas en 1829.

Rugendas había ya conocido y aprendido de diversos pintores consagrados en París, como F. Gerard, H. Vernet, David, Delacroix, Gros; Krause lo hizo recién después del viaje a Italia con Gavarni, N. Poussin, Claude Gellé, y pasó un año y medio -a partir de 1830-  metido en el Louvre, sobre todo copiando de su admirado Claude Lorrain, el pintor clasicista.

Mientras Krause se instalaba en Inglaterra entusiasmado por las marinas y los bosques y sus pinturas eran expuestas y comentadas en Berlín, Rugendas ya iniciaba en 1831 el largo viaje a la América española -de más de quince años de duración-  aconsejado por su amigo Alexander von Humboldt. Luego de la fructífera y aventurera estadía mexicana, se embarcó en Acapulco rumbo al sur, casi desobedeciendo a su famoso mentor científico que le desaconsejaba estas latitudes como carentes de atractivos botánicos y geológicos; desembarcó en Valparaíso en julio de 1834.

En ese mismo mes lo hizo también Krause, quien recordaría exultante aquel 15 de julio de 1834 en que luego de 117 días de navegación, a través del estrecho de Magallanes y de múltiples peligros, el buque “Pearl” quedara anclado cerca de Valparaíso.

Mientras el estado del mar lo permitía, el joven que cumplió 21 años durante la travesía, se  dedicó a pintar. En el detallado relato del viaje, recuerda que, hasta en momentos en que la nave se halla detenida por falta de viento, dibujó el “Pearl” desde un pequeño bote que bajan para tal fin, con gran regocijo del capitán y la tripulación.

No sabemos cuándo y en qué circunstancias Krause conoció a Rugendas, pero no es difícil  suponer que sucedió en el amplio círculo de amigos extranjeros y locales que rodeaba en Santiago de Chile al ya famoso retratista de Augsburg. De allí seguramente surgió la empresa común de viajar a Buenos Aires atravesando la cordillera de los Andes, como posibilidad de abrirse a nuevos y grandiosos paisajes, un deseo acariciado por ambos con vehemencia. Por otra parte, las cartas de Rugendas testimonian la misma atracción por el cruce de la cordillera, pero en su caso, mezclada con temor.

Juan Gregorio de Las Heras, Manuel Blanco Encalada y Bernardo O´Higgins retratados por Juan Mauricio Rugendas.

 
El viaje a la Argentina

El relato pormenorizado y estéticamente logrado que Krause realiza del cruce de la cordillera desde Chile por el paso de Uspallata, a manera de un diario íntimo, desde el 27 de diciembre de 1837 al 9 de enero de 1838 merece ser incorporado al corpus de textos de viajeros que realizaron la misma hazaña en el siglo XIX.
    
Según el texto de Krause, el recorrido andino está permanentemente interrumpido por las paradas que los viajeros pintores dedican a dibujar los paisajes cordilleranos, de manera tal que cuando Krause escribe en sus anotaciones diarias comentarios y descripciones, éstos llevan el sello de la mirada del pintor guiado por la búsqueda de la luz, la forma, la perspectiva y el color. 

A medida que ascienden, la grandiosidad de la naturaleza que los rodea los llama a la mudez, el viento les arranca las hojas, impidiéndoles describirla visualmente, hecho que se seguirá repitiendo en las zonas de mayor altura. A veces se separan de la caravana, y a una altura de más de 3.000 metros Krause distingue “el caballo de Rugendas y a él mismo, sentado en una roca, que estaba dibujando”.

Otras veces Krause nos da pistas para entender la forma de lograr tantos dibujos de la alta montaña. Cuando el clima o el ritmo del viaje se los impiden, realizan solamente esbozos que más tarde podrán completar, hecho que está facilitado por las grandes superficies cubiertas de nieve. A veces la inclemencia del viento es tal que trabajan quedándose de pie y bajo la protección de las mulas y los ponchos. El cerro Tolosa los detiene un día entero “pintando y copiando la naturaleza”, hecho que genera la sorda oposición del arriero frente a la pérdida de tiempo ocasionada por las reiteradas paradas. Un medio día lo dedican a pintar el Puente del Inca, dibujos luego transformados en óleos. El entusiasmo por pintar esa “obra de arte” es tal que ni siquiera se acuerdan que tienen que comer.

Existe la posibilidad de ir siguiendo paso a paso la descripción del cruce de la cordillera que realizaron Krause y Rugendas, como lo hicieran tantos otros viajeros en la primera mitad del siglo XIX, poniendo en relación el detallado texto de Krause con más de 70 ilustraciones de un artista como Rugendas, famoso a la vez como paisajista y por la fidelidad en la reproducción de la flora y fauna locales junto a los tipos humanos que allí habitan.

De Krause solamente podemos recuperar el cuadro dedicado al Puente del Inca, un óleo sobre cartón de pequeñas medidas (40,6x30,5), guardado en la colección Rugendas de la “Staatliche Graphische Sammlung” de Munich  y mencionar otro titulado “El paso de Uspallata a 9.500 pies de altura en los Andes de Chile, con la casucha de la Calavera, al atardecer al acercarse a los planchones de nieve”, antaño propiedad de la marquesa de Wimpffen,  y tal vez subastado por sus descendientes en 1937.

Enero en Mendoza

En forma rotunda declara Krause: “Hemos pasado, desde el 8 de enero al 10 de febrero, un mes tan agradable como no lo he tenido hace mucho tiempo”.

El caluroso día de verano comienza de madrugada para los pintores dedicados a completar la infinidad de dibujos y esbozos que han traído consigo para que el olvido no borre las imágenes cordilleranas conservadas en la memoria. “Nos levantábamos siempre entre las 5 y las 6 de la mañana y nos íbamos a nuestro estudio muy espacioso de pintores donde cada uno se colocaba frente a su caballete”, escribe Krause.

Más tarde comienza el desfile de bandejas de exquisiteces con que los conocidos los obsequian. “Ordinariamente seguíamos pintando todo el día porque el calor aquí no permite salir de casa antes de la puesta del sol”, continúa Krause. Luego viene el paseo obligado por la Alameda, donde se toman helados buenos y baratos, donde se anudan las amistades y se proyectan las futuras diversiones. Diener en su catálogo da cuenta de sólo diez dibujos con motivos mendocinos, probablemente porque los pintores estaban plenamente dedicados a recuperar las imponentes vistas de la cordillera. Sin embargo dichos pocos dibujos son de gran valor histórico ya que dan  cuenta de una ciudad que fue destruida totalmente por un terremoto 25 años después.

Dibujo de Robert Krause que refleja el accidente de Rugendas.

La prueba de amistad

Bajo el título de “De Mendoza a San Luis de la Punta” y el subtítulo de “Diario íntimo del paisajista alemán Robert Krause” encontramos traducido en la revista Fénix (1924) el relato detallado del accidente sufrido por Rugendas y los insustituibles auxilios que el compañero de viaje le brinda. La ausencia en el título de la mención del desgraciado suceso y de Rugendas, su famoso protagonista, ha contribuido seguramente a desconocerlo como valiosa fuente.

Además, es importante señalar que a pesar de la inmediatez y detallismo de la narración de Krause, denominada como “diario íntimo”, algunos pasajes confirman su corrección o tal vez reelaboración posteriores. Este es el caso de la aseveración de Krause, quien después de describir la exitosa convalecencia de Rugendas en San Luis, añade:   “Desgraciadamente Rugendas nunca volvió a recuperar la salud completa. El lado izquierdo de la cara estaba paralizado y durante años padecía de ataques de vértigo y sordera”.

El 10 de febrero de 1838 reinician los viajeros desde Mendoza el itinerario que se habían fijado hacia Buenos Aires. El calor intenso del estío y la monotonía del paisaje determinan la forma del viaje: cabalgar durante la noche para aprovechar las horas más frescas. Las nubes de langostas y su obra devastadora  sobre la naturaleza preanuncian los peligros a que estarán expuestos en la travesía. Las violentas tormentas de verano ocultan la luz de la luna, indispensable para la orientación nocturna. En la última posta, Rugendas desoye la voz del estafetero que lo alerta sobre su nueva cabalgadura, un potro recién domado. Es así que en  la segunda y tormentosa noche del viaje hacia Buenos Aires se produce el accidente que casi acaba con la vida de Rugendas. Varias horas después su amigo Krause lo encuentra muy malherido a causa de una caída del caballo. Por el relato del mismo Rugendas Krause pudo saber cómo había ocurrido la caída:

“El caballo se había asustado ante el cadáver de una mula, dando un violento respingo y encabritándose. Se rompieron las cinchas, de modo que Rugendas necesariamente tuvo que caer con la montura. Posiblemente, el caballo había tropezado también con una de las muchas raíces que precisamente en aquel sitio cubrían y cruzaban el camino, cayendo con el jinete. De todos modos, los vestidos destrozados y la herida en la cabeza demostraron que mi compañero había caído de espalda”.

A unos 12 kilómetros se encuentra el río Desaguadero, donde hay que buscar agua para dar los primeros auxilios al herido, yacente en un charco de sangre bajo la cabeza. A partir de estos momentos Krause cuenta las diferentes tareas y movimientos que cumple para ayudar a su amigo, del cual no se separará durante los seis o siete días críticos en que esperan los auxilios de San Luis. Desde armar una enramada para protegerlo del sol, buscar agua durante horas a pleno sol del desierto,  organizar y pagar su traslado desde el lugar del accidente, construir una especie de toldo-vivienda junto al río, buscar algún tipo de ayuda médica autóctona y recursos  paliativos, enviar correos, proteger al herido de las tormentas, mudándolo en la noche a otro refugio más seguro, y finalmente acompañar a caballo el carro que lo lleva  a San Luis. Krause siente la gran  responsabilidad de la situación y es así que los papeles se invierten: de parte más débil y joven en la empresa del viaje, su presencia se torna central e irremplazable. La zozobra y pena por la salud de su amigo no impiden que realice exactamente lo adecuado para tratar de salvarlo. Y lo que cierra esta noble muestra de amistad es la renuncia al ansiado viaje a Buenos Aires, en busca de los gauchos y las pampas, ya que Krause retorna con Rugendas a Mendoza y desde allí a Chile a fines de marzo de 1838.

Varios años después Rugendas cumple su sueño de pisar los países del Río de la Plata, pero arribando desde el cabo de Hornos. Krause no lo logrará nunca, ya que por el Pacífico en 1840 viaja hacia los Estados Unidos, continuando allí con sus esbozos y estudios, para tocar Hamburgo en 1842. Hasta la vejez sus recorridos y sucesivas mudanzas se centrarán en países europeos. Las distintas exposiciones dan cuenta de sus óleos y acuarelas, que se donan o subastan. Se casa, forma una familia, enviuda, alienta la creación de asociaciones de artistas. En el último año de su vida, 1885, emprende nuevamente un viaje exótico, al Asia Menor y Armenia, por el reino Otomano. Su amigo Rugendas había muerto hacía más de 25 años, enfermo, casi ciego y amargado por compromisos profesionales  supuestamente incumplidos. Su casamiento por él anhelado no había llegado a concretarse. No sabemos si Krause y Rugendas volvieron a encontrarse . Una tarea, entre otras, que queda pendiente alrededor de esta amistad, imprescindible en un momento de la vida de Rugendas: febrero de 1838.

Dibujo de 1838, en que el propio Rugendas describe su transporte hacia el Desaguadero, en una parihuela construida por los gauchos que Robert Krause fue a buscar como auxilio previamente a caballo. Dicho dibujo testimonial fue logrado con los frágiles recuerdos del pintor accidentado y el relato de su amigo y salvador, quien dirige en el dibujo el operativo, cerrando la marcha.

(*) La autora de la nota es investigadora de CONICET,  profesora de Literatura Alemana y Austriaca  y Directora del Centro de Literatura Comparada de la Facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo).

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2 de Diciembre de 2016|19:04
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2 de Diciembre de 2016|19:04
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  1. muy buena la nota!
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  2. Muy buen articulo. Hay que difundir este tesoro cultural. La obra de Rugendas es maravillosa, y poco conocida en el medio. Pablo Lacoste
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