Los tesoros arqueológicos de Mendoza

El Camino del Inca, la momia del cerro Aconcagua, las ruinas de San Francisco y el Área Fundacional son algunos de los tesoros que los arqueólogos mendocinos preservan. Pero hay muchos más.

Nuestra provincia es un enorme e inagotable yacimiento arqueológico. Muchos de sus tesoros se encuentran en la superficie, otros se hallan a poco de excavar algunos metros.

Tanto en la precordillera como en alta montaña, a la vera de sus ríos, en los valles de Uspallata y en de Uco, en páramos de Lavalle, Santa Rosa y Rivadavia, General Alvear, Malargüe y San Rafael, o en la zona de la que fue la ciudad vieja de Mendoza los arqueólogos buscan y encuentran huellas de nuestro pasado.

Prehistoria e historia yacen bajo nuestro suelo, esperan a nuestro alrededor sin que lo sepamos. El trabajo de campo de los científicos, su paciente labor en los laboratorios y su minuciosa interpretación el que nos revela quiénes habitaban este territorio.

Gracias a esta tarea, basada en el rescate, la preservación y la lectura de rastros materiales, es posible saber que hubo presencia humana en Mendoza hace 11.000 años AP (antes del presente); que las primeras culturas de las cuales se tiene registro histórico mediante la datación por Carbono 14 se remontan a unos 5.730 años AP, en una sucesión que comprende a la cultura de Agrelo, de Viluco (huarpes), a los incas y al encuentro entre éstos y los primeros españoles que llegaron a la zona.

La momia del Aconcagua fue hallada en
1985.
Nuestros grandes tesoros

El Camino del Inca, la momia del cerro Aconcagua, las ruinas de San Francisco y el Área Fundacional son algunos de los tesoros que los arqueólogos preservan, analizan e interpretan. Pero hay muchos más y el trabajo es constante.

En diciembre de 2009 arqueólogos mendocinos encontraron los restos de un templo franciscano del año 1680 en el patio de la escuela José Federico Moreno, en plena Cuarta Sección de Ciudad. En el solar, que sufrió dos terremotos, se hallaron enterramientos de niños recién nacidos.

En enero de este año, el grupo de científicos del Departamento de Arqueología del Museo de Historia Natural de San Rafael, halló puntas de proyectil, fogones, material óseo, cerámica y restos vegetales y una importante cantidad de materiales arqueológicos con una secuencia que parece iniciarse a principios del Holoceno, hace unos 10.000 años AP, en la Cueva Salamanca 1, en Malargüe, a unos 1.600 metros sobre el nivel del mar.

“Hoy casi todos los rincones de la provincia están bajo investigación y si uno tuviera un mapa arqueológico con los sitios que conocíamos en los años ´50, ´60 y ´70, a partir de los 70 eso se ha quintuplicado. Hoy se cuentan por cientos los sitios que conocemos. Esto implica un conocimiento que ha significado crecer en amplitud, en envergadura pero también en profundización”, destaca el reconocido doctor en arqueología Roberto Bárcena.

El flamante director del CCT (CRICYT-CONICET Mendoza) explica que enumerar los sitios arqueológicos de Mendoza es “un compromiso porque lo que hay que preguntarse es qué sitios permitieron avances y avances de qué tipo, en virtud de qué tiempos de estudio”. El experto subraya no se puede arriesgar una cifra, “porque todavía nos queda por ver muchísimo. Hay sitios paradigmáticos, sitios que han ofrecido mucha información, pero puede haber otros que aún no se han trabajado y que puede convertirse en un sitio paradigmático”.

Aunque la Dirección de Patrimonio de la Provincia ha relevado doscientos sitios, se sabe a ciencia cierta cuántos sitios arqueológicos hay en Mendoza, ya siempre se está descubriendo uno nuevo. “Hasta donde yo sé no hay un registro exhaustivo de los sitios, sino de los relevamientos que cada investigador ha registrado personalmente y el que lleva la Dirección de Patrimonio, que tampoco no puede llevar en tiempo real, a pesar de sus esfuerzos, debido a los tiempos propios de la investigación arqueológica. Y porque en tiempo real, mientras nosotros hablamos se está trabajando en un sitio o está apareciendo uno nuevo”, arguye el científico.

Un tramo del extenso Camino del Inca.

El Camino del Inca

Bárcena, especialista en arqueología incaica, no duda al afirmar que el llamado Camino de Inca “es un sitio paradigmático y cuando se lo empieza a recorrer se observan todos los materiales que fueron quedando del tránsito desde el momento en que se comenzó a utilizar hasta la actualidad. Y a lo largo de él, comienzan a aparecer otros sitios. Cuando hablamos de sitio hablamos de lugares con grandes concentraciones de material arqueológico”.

“En el Camino del Inca hay muchísimos lugares con estas características. Se trata de toda un situación de contextos y asociaciones en este caso a lo largo de una red, en este caso de una vía que pasa a través de una cantidad de lugares donde la dominación incaica se manifiesta a través de una estructura o de su cerámica, por ejemplo”, señala el investigador.

El arqueólogo agrega que en su trayecto se encuentran “objetos de artefactos líticos de comunidades anteriores a los incas y a más profundidad que se revelan que eran productores de alimentos, y se sigue estudiando y se encuentra a los cazadores recolectores. O sea está todo. Es decir, hay miles y miles de sitios arqueológicos”.

Por todo ello, el camino incaico será propuesto para que sea considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad. “El Camino Principal Andino, el Qhapaq Ñan, tiene en Argentina 1.500 kilómetros y en Mendoza 150 kilómetros, de los cuales estamos proponiendo 40 kilómetros que están en buenas condiciones para que sea declarado Patrimonio de la Humanidad. La UNESCO pone una serie de condiciones significativas que hay que respetar y atender en detalle”, subraya.

Sitio arqueológico con recintos de paredes pircadas de época incaica y reutilizado por los arrieros. Foto: gentileza Roberto Bárcena.

“Este es un bien que responde a una cultura, a la cumbre andina civilizatoria y que abarca desde Colombia a Chile. De ahí la propuesta de la significación de los tambos que hay en Mendoza y fracciones del camino incaico, con toda la argumentación histórica, las explicaciones técnicas y las pruebas científicas”, explica Bárcena, quien coordinado estos últimos años en la provincia el programa Qhapaq Ñan.

El investigador agrega que este es “un programa para el cual se han puesto de acuerdo seis países andinos, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. En Argentina hay siete provincias andinas involucradas y en Mendoza somos un equipo del que participa la Dirección de Patrimonio. En su momento fui el coordinador nacional de la parte arqueológica de Programa Qhapaq Ñan que se inició en 2002”.

“Los caminos son difíciles de discernir si no tienen asociación, porque las sendas existieron siempre y hoy mismo son transitadas por los animales y algunas personas. Pero los incas mejoraron los caminos, los estabilizaron, empedraron y se construyeron terraplenes en algunos tramos. Estas características se da en zonas despejadas, el camino tiene un determinado ancho y hay ciertas estructuras asociadas como los tambos. O modificaciones culturales como la presencia de un terraplén para que no se desmorone. Pero no en todos, como es el caso de las sendas”, destaca el especialista en arqueología de desarrollos regionales e incaicos.

Bárcena es estricto al diferenciar entre sitio y yacimiento al aclarar que “este es un deslinde coloquial, no científico estricto” y desarrolla: “Un yacimiento es de cierta envergadura, de cierta extensión. Dentro de un yacimiento se puede localizar sitios. Pero hay toda una discusión teórica al respecto e inclusive ya se maneja el concepto de no sitio, es decir, un lugar donde se encuentra un objeto aislado. Se supone que un sitio representa al menos una parte de un modo de vida de un determinado momento histórico, pero un objeto aislado que se encuentre dentro de cien años en el campo no representa más que un episodio”.

“Los sitios tienen relación contextual y asociaciones que marcan una actividad humana, por ejemplo, un sitio de cazadores en el que se encuentran puntas de proyectil, los objetos con los que cortaban la carne o pelaban el cuero y los huesos de algún animal. Este sería un sitio de matanza. Cuando encontramos una aldea, una comunidad productiva, un campo de cultivo y un centro ceremonial esto es más complejo y ya se habla de yacimiento en ese sentido”, aclara el arqueólogo.

Excavaciones arqueológicas y relevamiento de arte rupestre en un abrigo rocoso del sureste de La Rioja. Foto: gentileza Roberto Bárcena.

Tras las huellas incaicas

Bárcena, también director del INCIHUSA, y su equipo de investigación siguen estudiando y trabajando las zonas donde se manifiesta lo incaico, es decir desde el Norte de Mendoza hasta el Valle de Uco. “Estamos estudiando qué infraestructuras incaicas podría haber, porque no hay estructuras muy claras, pero sí hay presencia de cerámica”, explica.

También se han abocado a la exploración del Paso del Lamar en San Juan. “Este es un sitio incaico más tradicional porque tiene un tambo y un pucará y está asociado a poblaciones locales que fueron conquistadas por los incas y en San Miguel, un sitio incaico”.

En La Rioja está trabajando varios sitios de las poblaciones dominadas por los incas hacia 1480, lugares que son extensos yacimientos de unas 40 hectáreas con abundante cerámica y muchas estructuras de barro, de barro y piedra y con acequias, como la tambería de Guandacol que tiene una antigüedad estimada de 1.000 años; el área de Laguna Brava, a 4.000 metros de altura, donde está estudiando los pasos cordilleranos en relación con los sitios incaicos buscando las relaciones entre las combinaciones del camino troncal incaico y los transversales que llevaban al otro lado de la cordillera; y los pasos de Pircas Negras, Peñas Negras y el Paso de Comecaballos, el que usó Diego de Almagro cuando llegó de Chile en 1536 en la primera incursión hispánica en territorio argentino.

Este fue uno de los hallazgos más
importantes de la arqueología mendocina.

La momia del cerro Aconcagua

El arqueólogo Juan Schobinger decía que “Mendoza entró un 8 de enero de 1985 en la historia de los entierros-sacrificios”. El hallazgo se produjo por casualidad, cuando un grupo de andinistas trataba de alcanzar la cumbre del Aconcagua en un ascenso por distintos puntos para celebrar los 50 años de la creación del Club de Andinistas de Mendoza.

Dos semanas después del descubrimiento una nueva expedición integrada por andinistas y arqueólogos, con Schobinger al mando de la misma, fue en busca del fardo funerario. Éste se encontraba a 5.300 metros de altura, próximo a un contrafuerte llamado Pirámide y a un paredón de difícil acceso.

Al cabo de dos días de trabajo se descubrió el cuerpo de un niño de unos siete años, plegado en sí mismo, envuelto en varias piezas textiles, con un tocado de plumas. La momia estaba acompañada por seis estatuillas de oro, plata y un molusco del Pacífico, tres antropomórficas y tres que representaban a animales.

“Este hallazgo es muy especial porque se trata de un sitio ceremonial de altura. A veces se lo llama genéricamente santuario de altura. Es un lugar al que se llevó en una situación votiva especial a un ser humano a la muerte. Esta ceremonia, llamada Capac Hucha implicaba el envío de personas al sacrificio. La muerte del niño pudo suceder ahí mismo o se lo llevó muerto”, relata Bárcena.

Para el especialista éste “es un tema tanatológico que se discute y que nos hace preguntarnos qué pasó con este cadáver que encontramos congelado y por qué se mantuvo. Aquí intervienen los estudios de conservación por frío, pero también un estudio cultural cuando surge la pregunta de si hubo o no intencionalidad para que se mantuviera así, cómo lo mataron. Así surgen las interpretaciones arqueológicas, así se va trabajando. Hay varios niveles, como por capas y todas ayudan a la interpretación que nos conduzca a una conclusión”, detalla.

Los arqueólogos preparan el traslado de la momia del Aconcagua. A la derecha, Juan Schobinger muestra una de las estatuillas encontradas.

Bárcena explica que “un paquete funerario como el de esta momia ofrece una situación científica a partir de la cual ir desbrozando y buscando qué disciplinas pueden ayudar a la comprensión total de la momia. Por ejemplo, como es un envoltorio donde hay textiles, se recurrió a los especialistas en textiles; a los palinólogos para que analizaran si había algo de polen; a un antropólogo forense para que analizara cómo murió”.

“Todo eso implica pensar cómo fue la ceremonia, cómo se lo llevó allí, desde dónde se partió y cuando uno llega allí encuentra un tambo, que estudié en su momento, una confluencia que es un sitio arqueológico incaico del cual es probable que haya partido la comitiva. Eso está en el Aconcagua a cierta distancia de Horcones pero cuando uno llega a Horcones y observa que por allí pasa el camino incaico y mira un poco más allá y hay una gran cantidad de sitios incaicos relacionados”, argumenta.

Y agrega que a partir del encuentro de un santuario, de un sitio ceremonial “se determinó de qué época es, se determinó que es incaico, se encontraron las relaciones con esa muerte y cómo se implementó y se descubrió que una estructura de dominación territorial terminó siendo regional en toda el área andina desde Colombia al sur de Chile. Esto mismo que se puede decir de los incas se puede aplicar a cualquier período de la prehistoria”.

Arqueólogos trajando en las ruinas del templo franciscano halladas recientemente en la Cuarta Sección de Ciudad.

Auge de una ciencia apasionante

Bárcena explica que “hoy asistimos a un momento muy especial de la arqueología en Mendoza. Hace poco perdimos a uno de nuestros maestros, uno de los fundadores de la arqueología en Mendoza como Juan Schobinger. En el homenaje que pudimos hacerle el año pasado antes de su fallecimiento en las IV Jornadas Arqueológicas Cuyanas, nos dimos cuenta de cuánto habíamos avanzado en la ciencia desde los momentos pioneros hasta la actualidad”.

Bárcena señala que en esa ocasión se recordó la labor de otros investigadores mendocinos ilustres como Carlos Rusconi, Humberto Lagiglia y Pablo Sachero. “Nos permitió repasar los orígenes de los estudios antropológicos, arqueológicos y etnohistóricos que iniciara en Salvador Canals Frau en los momentos pioneros que coinciden la fundación de la UNCuyo y de la Facultad de Filosofía y Letras en el año 1939”, aduce el investigador.

“Vimos que Schobinger estuvo siempre con poca gente a alrededor a lo largo de sus 50 años de actividad en la universidad y que ahora había 45 ponencias regionales en esas jornadas donde la mayoría de los arqueólogos estaban trabajando en Mendoza”, reflexiona el arqueólogo al tiempo que destaca el trabajo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, el CCT-CONICET Mendoza, el Departamento de Arqueología del Museo de Historia Natural de San Rafael y un grupo importante de arqueólogos que trabaja desde Malargüe.

Para Bárcena, “otro aspecto notable es la juventud de los arqueólogos. En esto tiene que ver la tarea de los investigadores pioneros y formadores y el apoyo científico a través de subsidios del CONICET y de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Técnica. Esto ha dado como resultado que se pueda contar con equipamiento y con becas para formar a jóvenes investigadores. Años atrás los arqueólogos eran pocos, hoy alcanzan a una treintena. Esto es un cambio fundamental y nos depara un futuro muy particular para la arqueología de Mendoza y de la región. Esto implica un gran avance, una profundización del conocimiento y una especialización muy importante”, reflexiona.

Restos óseos asociados a cerámicos.

Polvo, dientes e isótopos

“Cuando se profundiza se entra en otra faceta de la investigación en la que también hemos avanzado muchísimo. A lo técnico, científico, metodológico que usábamos, como la datación con Carbono 14 y la termoluminiscencia, le hemos sumado técnicas que provienen de otras disciplinas que nos ayudan muchísimo en las dataciones en las identificaciones”, explica el profesor de Arqueología Prehistórica en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNCuyo.

Y brinda como ejemplo una técnica “que tiene que ver con ciertos componentes isotópicos que podemos encontrar en los dientes de un cráneo. Esto puede orientar para el caso de las dietas y de ahí es posible evaluar a una población a través de una parte del cuerpo de uno de sus miembros permite sacar conclusiones sobre lo que esos individuos comieron. Eso puede hacer la gran diferencia para distinguir entre cazadores recolectores y agricultores”.

“Esta técnica la hemos aplicado en restos y hemos estudiado dientes de poblaciones que han vivido en esta área entre los años 1500 y 1600 y hemos podido ver que tenían una importante dieta de maíz. La técnica de los isótopos nos permite determinar, por ejemplo, qué tipo de plantas consumían. O si comían pescado, esto nos puede llevar a pensar si eran laguneros o si estaban de paso. Ante todos estos indicadores traza y estos avances de la ciencia la arqueología siempre está atenta y los adapta a sus estudios”, destaca Bárcena, especialista en sociedades complejas.

De ahí que los arqueólogos se sumen a los equipos de los laboratorios, explica: “Antes uno mandaba los materiales a los analistas. Ahora los arqueólogos se suman a los laboratorios y muchas veces son los mismos arqueólogos quienes se dedican a estos análisis”.

Una punta temprana.
Los científicos también han sumado los estudios paleoclimáticos. “El paleoclima da una idea del ambiente y uno encuentra un registro de un sitio arqueológico que indica aspectos ambientales, desde los restos vegetales y animales que se han acumulado en el sitio, que indican la flora y la fauna o el consumo de estos vegetales y animales, por ejemplo”, explica Bárcena.

El investigador destaca que “en algunos casos hay capas geomorfológicas que están cerrando el yacimiento y a través del estudio de datación de esas capas es posible saber lo que está por debajo o lo que está coexistiendo. Se trabaja con palinología que son los estudios de los granos de polen. Los granos de polen van a parar de diversas maneras a los yacimientos donde son contenidos; los palinólogos sacan muestras y pueden obtener una secuencia del polen y a través de ella inducir los ambientes por los que transitó el hombre. Hay formas de determinar cuál es el polen local y cuál es el que llegó desde grandes distancias y así se puede saber qué ambientes enfrentaron estos hombres prehistóricos”.

“Ahora estamos hilando fino, profundizando. En este momento, hasta se podría hacer el siguiente ensayo: cualquier arqueólogo podría quedarse en un gabinete estudiando los registros propios o de maestros y colegas sin tener que volver a buscar nuevos sitios porque todavía hay mucha información contenida allí. Eso lleva al tema de que siempre las herramientas de análisis se perfeccionan, llamemos herramientas a los métodos, técnicas o posición teórica”, reflexiona el especialista.

Bárcena es categórico al afirmar que “lo teórico va con la interpretación y puede variar o no, lo importante es que lo metodológico y lo técnico sea tan explícito, que esté tan bien hecho, que pueda seguir siendo usado por generaciones de investigadores. Eso es fundamental. Dentro de treinta años, con otra mirada, los arqueólogos van a respetar y aceptar nuestra mirada pero con las nuevas herramientas de las que dispondrán van a poder agregar y corregir. Esa la misión de la ciencia y de la arqueología”.

Patricia Rodón

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