Los muchachos de oro de Wall Street

En el ancho mundo de los millonarios, los operadores de Wall Street tienen un capítulo reservado. Dentro de ese grupo, la comunidad de argentinos que ha hecho patria en la gran manzana americana -los Golden Boys- resiste.
Así, nombres como Merrill Lynch, Chase Manhattan Bank, JPMorgan, Deutsche Bank se dan cita como "empleadores" que les pagan los  grandes sueldos .

El genial basquetbolista Manu Ginóbili no es el argentino en relación de dependencia que más plata gana en el mundo. Tampoco el genial Lionel Messi cuya habilidad sobre el césped lo ha transformado ya en una celebridad. Se llama Pablo Calderini, trabaja en Wall Street y es jefe global de mercados emergentes del Deutsche Bank. Rosarino, autodidacta, 40 y tantos años, Calderini es la parte sobresaliente de una comunidad exclusiva: aquellos argentinos que, en Wall Street, gambetean la volatilidad y timonean fondos de millones de dólares cuyo gran ojo sólo mira a mercados emergentes, entre ellos el argentino.

Hablamos de los muchachos de oro de Wall Street, el linaje mimado al que pertenecieron banqueros como Martín Redrado y Alfonso Prat Gay y donde hoy, la comunidad criolla que en la década de los 80 hizo pie en el centro financiero más importante del mundo, se las ingenia para seguir ocupando un lugar destacado en los principales bancos de inversión. Así, nombres como Merrill Lynch, Chase Manhattan Bank, JPMorgan, Deutsche Bank se dan cita como “empleadores” que les pagan sus grandes sueldos.

Pero, ¿cuál es el espejo en el que se mira cada mañana un argentino que trabaja en Wall Street y que cobra un salario de más de u$s1 millón de dólares por mes? ¿Quiénes son estos jóvenes argentinos transplantados que, de un día para el otro allá por 2001 y en sus oficinas del downtown neoyorquino se vieron en el compromiso de gestionar a la distancia el fin de un modelo económico en el que habían creído y del que eran apóstoles?

La misma pregunta se la hizo el periodista y escritor Hernán Iglesias Illa y las respuestas se encuentran todas en su libro “Golden Boys”, que publicó Editorial Planeta. La obra es el resultado del Premio Crónicas Planeta/Seix Barral, cuya edición 2006 fue ganada por Iglesias Illa. Durante año y medio, el autor se ocupó de rastrear vida y obra de todos los argentinos que desde mediados de los 80 se dejaron encandilar por las luces (y millones de dólares) de la isla de Manhattan pero sobre todo, por el frenético devenir de pertenecer a uno de los círculos más sofisticados.

En sus páginas, descansa la historia de los dos patriarcas: Daniel Canel, llegado en el 85 a JP Morgan pero recién conocido de los argentinos por ser el director financiero de Patagon y Jorge Jasson, empleado tiempo completo del Chase Manhattan Bank, que se retiró en el 2003.

El largo dedo del oro

A la hora de las definiciones, ellos dan el primer paso: “Casi todos nosotros somos técnicamente millonarios, pero eso en Manhattan o en Greenwich no quiere decir mucho. La gente cree que venimos acá y ganamos mucha guita. Y es cierto, pero sólo comparado con Buenos Aires. Acá, al menos por unos años somos el último orejón del tarro. La facilidad con la que otros, con más guita, nos dejan afuera, es tremenda”. Consultado por El Cronista, Iglesias Illa dijo haber dado durante la investigación con numerosos puntos que desconocía: “Son como un grupo social, constituyen decenas de familias nucleadas en Greenwich, una especie de San Isidro, y en muchas ocasiones se cuestionan su papel durante el default. Yo creo que en 2001 muchas decisiones los excedieron y todo resultó mucho más complejo de lo que uno podría pensar”, señaló el autor. Además agregó que “ellos creían en 2001 que defender la convertibilidad era bueno para el país. Tenían las mejores intenciones al creer que un default sería una tragedia irremontable para la Argentina”.

En el juego de luces y sombras que propone el libro, estos jóvenes millonarios que asistieron a la implosión de las torres gemelas y a la crisis social y financiera más grande de la Argentina, muestran un costado particular, que avergonzaría a más de un compatriota: juegan mal al fútbol. En las heladas canchas de Greenwich, Connecticut, estos banqueros venidos de la pampa húmeda reparten vanos esfuerzos tácticos en un cuadro de fútbol al que ellos bautizaron Los Pumas y que participan de las ligas futbolísticas del sur de Connecticut enfrentando a equipos conformados por albaneses e italianos. Y sin embargo, no hay quién se los reclame: mientras a Ginóbili le pagan por hacer dobles y triples, a ellos no hay más que darles una calculadora, para que la “cancha” de Wall Street les quede chica.

Fuente Cronista

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16 de diciembre de 2017 | 03:21
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