Presencia de Lezama Lima

Lezama no tuvo a un Eckermann que registrara sus conversaciones, como éste lo hiciera con Goethe, dejando para la posteridad un documento de obligada consulta. Desgraciadamente su rico hablar, con la sabiduría, el humor y el criollismo que lo caracterizaba, ha quedado depositado en la memoria de algunos viejos amigos y nada más. A pesar de ello aún continúo escuchando su voz, con su dejo peculiar, y sus fabulosas risotadas que resonaban por las calles habaneras que él tanto amó. Hoy que Lezama ha alcanzado una fama internacional, todo el mundo quiere acogerse a su sombra, olvidando que durante decenios fue el gran ignorado, salvo por un puñado de admiradores que sentían por él una verdadera devoción. Pero ocurrió que durante la época del boom y en pleno auge de una revolución que nunca, por razones obvias, pudo asimilar el mensaje último de su obra, Julio Cortázar le ayudó a salir de su semi-anonimato. A partir de entonces Lezama se convirtió en un objeto de culto. Recuerdo que hace ya muchos años me encontré en una librería de Buenos Aires, a un joven leyendo Opiano Licario. Me acerqué a él para decirle que había sido amigo de Lezama, y de inmediato el joven saltando de gozo, llamó a otros hasta formarse alrededor mío un círculo de sus admiradores, pidiéndome que les contara algo sobre ese gran poeta. En todas las visitas posteriores que he hecho a esa ciudad, como a Córdoba, Montevideo o Santiago, siempre me he encontrado con que la figura de Lezama crece a medida que su obra va siendo leída. Pienso entonces que con cuanta satisfacción Lezama hubiese compartido esos pequeños homenajes --en mi opinión los más sinceros-- que le rinden sus lectores en diferentes países.

Habría que explicarse por qué una obra de indudable dificultad como la de Lezama, ha despertado semejante curiosidad. Me parece que de entrada, las personas de sensibilidad respiran en ella un aire poético que los remonta al origen de una sabiduría, que nada tiene que ver con el estéril racionalismo de nuestra época. Vico, que un día él descubriera con su habitual entusiasmo, le había confirmado su creencia que en la raíz del saber se encontraba la poesía. Se respiraba, para emplear un término un poco ambiguo, algo de sagrado en su presencia, cuando dejaba que su imaginación alzara el vuelo después de lecturas como la que hiciera del autor de la Nueva Ciencia. Lezama se convertía en esos instantes en un chamán que nos hacía viajar junto a él, a sus eras imaginarias, entregándonos las llaves de secretos recónditos, hoy en día perdidos. En mi opinión Lezama como una especie de demiurgo, conjuraba en la imaginación de quienes lo escuchaban, los rezagos que aún persisten de viejos cultos herméticos. Había que ver cómo nos contagiaba con su fervor ante el hallazgo de algún texto de los heterodoxos, de los alquimistas o de esos teólogos medievales que gustaba leer con fruición. No puedo dejar de pensar en él cuando en mis incursiones a librerías me encuentro con algún libro escrito por uno de esos autores que Lezama saboreaba con el mismo pantagruélico apetito conque deglutía un buen dulce casero. Creo que ahí se encuentra una de las explicaciones de su atractivo. No se trata por lo tanto, de congelar su obra bajo la lupa burocrática de un profesor, sino de recibir un mensaje que por muy sibilino que sea, nos pone en contacto con una fuerza primordial que sólo los grandes visionarios poseen. Y Lezama, sin duda, fue uno de ellos.

Seguí leyendo esta nota en El Nuevo Herald.

Opiniones (0)
9 de Diciembre de 2016|01:03
1
ERROR
9 de Diciembre de 2016|01:03
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic