Crítica: El Acto Central, una fábula de cuento

A la llamada "Vendimia del Bicentenario" se le escurrió entre el tumulto de obligadas danzas y canciones, la oportunidad única de contar brillantemente una historia épica y con ella, de transmitir el espíritu de la celebración de los 200 años de la Revolución de Mayo. Aquí, la visión crítica del espectáculo, a cargo de la periodista y escritora Patricia Rodón.

La celebración del Bicentenario no puede ser otra cosa que nuestra historia revivida, pensada y sentida desde el discurso del presente. Puede ser narrada de cientos de modos distintos ya sea siguiendo una secuencia cronológica o un paradigma ideológico, realzando momentos clave o interpelando a sus protagonistas.

La historia de un pueblo, el mendocino, el argentino, lleva en sí misma, como un precioso corazón alerta y secreto, duro y puro al mismo tiempo, el aliento de lo épico, de la gesta plural, de la saga irrepetible que década tras década escribieron cientos de miles de personas antes que nosotros.

A la llamada “Vendimia del Bicentenario” se le escurrió entre el tumulto de obligadas danzas y canciones, la oportunidad única de contar brillantemente esa épica y con ella, de transmitir el espíritu de la celebración de los 200 años de la Revolución de Mayo.

El reconocido dramaturgo Arístides Vargas se sirvió de la fábula para hilvanar el relato en un bello texto, por momentos realmente exquisito, en el que metáforas concisas y precisas describían exactamente el paisaje, la sensación o la intención de la escena. Mediante la personificación de caballos y en primera persona, Vargas remonta nuestra historia desde los pueblos originarios hasta hoy, centrándose en la etapa de la independencia, sin olvidar las uvas y el vino.

Cualquier Acto Central representa un enorme desafío para un director. En esta ocasión, Vilma Rúpolo eligió para llevar “Cantos de vino y libertad” al escenario del teatro griego importantes dosis de literalidad –en cuanto a la narración de los momentos históricos- apoyadas sólo en lo imaginativo del vestuario y la utilería, y en la atmósfera que crea la música en vivo, las luces y los efectos especiales.

 

Una historia lineal

 

En un escenario despojado, organizado en cinco niveles ascendentes hasta simular una montaña, y un interesante planteo en el escenario principal con una zona de tierra próxima a la fuente de agua, los más de 700 bailarines y actores desarrollan la historia en cinco actos que puntúan los cinco momentos clave de la estructura de la fiesta.

Con clara intención dramática, el espectáculo comienza con un joven huarpe que solo, en el escenario, invoca a los ancestros y reivindica su origen a través de la música, los elementos, el desierto, los animales. Entre el dolor y la sabiduría de las ancianas, y la irrupción de los conquistadores como alegres jinetes aparecen en escena enormes caballos que toman la narración por cuenta.

Luego, en una secuencia de textos, danzas y música que señalan el año 1810, se suceden criollos y españoles, damas y caballeros, campesinos y trabajo; y aparece por primera vez una cepa y su significado simbólico de labor, cosecha y vino.

En un afiatado despliegue coreográfico, poco original pero prolijo, cientos de bailarines recorren un puñado de ritmos tradicionales, hasta ser desplazados por la imagen del Cabildo de Buenos Aires y la noticia de la Revolución de Mayo para volver a la danza en un pericón nacional ya en celeste y blanco.

 

 

Aquí, un gigantesco caballo blanco trae a San Martín y a sus granaderos a la escena en la que "dialoga" con el “caballo viejo” mientras el héroe es reverenciado como a un dios y vuelve al bronce cuando parte a procurar “el vino de la paz americana” y otra vez soldados, indios, mujeres y criollos se unen en una danza.

Las independencias de otros países de América Latina son ilustradas con bailes típicos en un extenso cuadro que remata en la aparición de la Virgen de la Carrodilla con un "Ave María". La construcción de la nacionalidad aparece como un gran brindis, un juego teatral, acrobático y musical en el que se mezcla el tango electrónico con una polca que luego derivan a una enorme coreografía de zambas, tango y malambo.

En un  grandilocuente final, cientos de bailarines puntúan el homenaje en otra masiva danza rodeando maromas de acrobacia donde mujeres en el aire simbolizan la libertad para terminar abrazados por enormes banderas argentinas, una coreografía en el agua de la fuente con “rotas cadenas” incluidas y un gran malambo colectivo.

Buenos y malos momentos

Los espectáculos del Acto Central tienen varias cosas en común, más allá de las condiciones obligatorias que le impone un ya obsoleto y asfixiante reglamento al equipo artístico. Estos espectáculos comparten, por la hibridez propia del género, llamativos altibajos.

Nnnca hay un show parejo en calidad a lo largo de todo su desarrollo. Y “Cantos de vino y libertad” no es la excepción.

 

 

Los buenos momentos dramáticos (el comienzo del joven huarpe, el llanto de las ancianas, la cepa puesta en la tierra, la aparición de los granaderos, la partida del Ejército de los Andes por los cerros montados en caballos reales, la irrupción de la Virgen de la Carrodilla bajando desde el cerro) quedan opacados por la sucesión de escenas de danza multitudinarias, que se imponen por su volumen más que por la efectividad o belleza de la ejecución o su pertinencia en la narración. Por momentos da la sensación de que la intimidad y el encanto estuvieran prohibidos en una Fiesta de la Vendimia.

Todo tiene que ser masivo, todos los escenarios deben estar atiborrados. En este sentido, la experimentada Rúpolo sabe dónde ubicar a los bailarines, inclusive usa tres escenarios en los cerros, pero peca en la desproporción ya que mientras centenares de bailarines hacen lo suyo en los distintos escenarios, el sendero del exterior de la fuente es pobremente utilizado durante casi todo el espectáculo.

A propósito de las coreografías hay dos momentos donde el nivel desciende a inéditas profundidades: en el cuadro que celebra las independencias de otros países latinoamericanos -en el que destaca la energía y la gracia de los bailarines de Bolivia-, a pesar de su estupendo vestuario los bailarines que encarnan a Brasil bailan poco y mal, sin gracia manifiesta. Y el “trencito” que cierra la escena resulta prácticamente escolar.

El tratamiento del protagonismo de dos íconos, San Martín y la Virgen de la Carrodilla, resulta semejante y asimétrico al mismo tiempo: ambos son recibidos y tratados reverencialmente, con loas y genuflexiones, pero San Martín apenas permanece breves minutos en escena, y la Virgen hace una entrada triunfal, múltiple –alrededor de veinte imágenes-, larga y en barca, precedida de monjes sacados de la Edad Media con inciensarios incluidos y con el "Ave María" de fondo. 

 

 

Los cuadros del acto final se opacan y confunden por un capricho de la puesta que resulta totalmente innecesario al desarrollo del show. Los bailarines deben “tapar” con sus movimientos la instalación por parte del personal técnico de una decena de maromas de acrobacia mientras los acróbatas esperan quietitos que terminen de ajustar bases, tuercas y tornillos. Esos acróbatas luego “volarán” sobre las cabezas de los bailarines simbolizando las libertades de las independencias latinoamericanas. Todo el cuadro se pierde en la atención puesta sobre estos enormes hierros.

Respecto de la presencia del vino, aunque el texto lo nombra repetidas veces, sólo destaca en dos momentos: cuando la cepa es amorosamente plantada en la tierra y preside varios cuadros y cuando se brinda en una escena teatral atractiva y colorida, con payasos alegres, como sinónimo de diversión y jarana, apoyado en la polca que los ex Hormigas Negras comparten con el público y en primer plano del escenario.

De hecho los hermanos Videla son los únicos músicos que se ven a lo largo del espectáculo, puesto que a pesar de la excelente música en vivo a cargo de Oscar Puebla y de la ubicación central que tienen en el escenario, los ejecutantes y cantantes resultan casi invisibles para el público porque son tapados por los bailarines que giran y evolucionan delante de ellos.

Uno de los aspectos a destacar es el vestuario diseñado por Leonardo Peralta: creativo, sobrio, llamativo o divertido perfectamente adecuado a cada escena y danza y con una confección impecable. Otro tanto puede decirse de la utilería a cargo de Tito Belot,  ya que es original, sobre todo los enormes caballos que, manejados por diestros titiriteros, están en escena la mayor parte del tiempo.

Una fábula, no una épica

Sin tomar ningún riesgo, Vilma Rúpolo consigue un espectáculo dinámico, ortodoxo, desparejo, atractivo, correcto, literal, inteligible como un acto del 25 de Mayo de la escuela pero gigante.

Pero la promocionada “Vendimia del Bicentenario” es una fábula, no una épica. El modo de mostrar estos 200 años es sumario, superficial, inocuo. No aborda el tema como una gesta popular en la que hubo no una, sino varias guerras, disputas, luchas intestinas y dictaduras. Es una vendimia más, una vendimia en la que la memoria se remonta más al pasado lejano que -salvo por unas pocas imágenes de huelgas o de “plazas de Mayo” en blanco y negro y que ocupan la pantalla unos breves segundos-, al reciente.

 

 

Arístides Vargas es un maestro en llevar estos temas, detrás de alegorías, a sus obras de teatro. Y obviamente, un Acto Central no es una obra de teatro. Es la representación de un deseo colectivo. Tal vez él, como asesor de puesta en escena de este “Canto de vino y liberad” sabe interpretar el deseo del público que concurre al Frank Romero Day. Y como conoce el significado de la palabra “fiesta” haya intencionalmente buscado más en la memoria de la historia que en la historia de la memoria. De ahí su elección del género fábula y no del épico.

Toda fábula tiene moraleja. La de esta “Vendimia del Bicentenario” es una moraleja amable: que la historia de nuestras patrias, Mendoza y Argentina, abonada por la magia de las culturas nativas, el esfuerzo de un par de próceres, apoyada en un símbolo religioso, en el calor del vino y en el diálogo con los países latinoamericanos nos hizo libres para siempre. 

De todos, menos de nosotros mismos.

Patricia Rodón

 

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