Historia del misterioso huésped del Hotel Villavicencio

Días atrás publicamos la historia del Gran Hotel Villavicencio. Durante la investigación hallamos la ficha de un pasajero, de 1959. Lo buscamos, lo encontramos y nos contó una maravillosa historia.

Canotas: uno de los portales históricos del paisaje mendocino. (Foto: Gentileza Jorge Pezzuto).

Tiene 19 años y es feliz. La ruta atraviesa los montes calvos, divide el paisaje como un hacha apenas esbozada y la luz huye del paso de las motocicletas como un pájaro caliente. Es febrero de 1959 en Mendoza y para Jorge todo es aventura. Es un viaje de iniciación y no sabe, no puede saber, qué le espera en la ruda subida de los Caracoles de Villavicencio.

Lleva una cámara fotográfica y un diario y el corazón lleno de alegría. Su destino y el de los tres amigos que lo acompañan es Chile; su objetivo, cruzar la cordillera como nuevos héroes. El mundo está recién hecho y todo es posible. Tiene los ojos llenos de emociones y apreta el manillar de su Gilera con la fe de los inocentes.

Todo es hoy e ignora que horas más tarde su nombre quedará escrito en una ficha de hotel que el azar pondrá frente a otra cámara fotográfica 51 años después. Pero esta vez será Mendoza quien irá en su busca y volverá a emocionarlo.

Se sabe que nunca hay una sola historia para contar, que una historia está llena de pequeñas historias que piden ser contadas. Ésta es una de ellas.

Los "aventureros" en el cruce a Chile. (Foto: Gentileza Jorge Pezzuto).

En busca del pasajero misterioso

Hace dos semanas publicamos una nota que reflejaba la historia del Gran Hotel Villavicencio. Durante la visita al hotel encontramos decenas de huellas del antiguo esplendor de este edificio lleno de significados para los mendocinos y los argentinos. También encontramos objetos y señales del paso de personas que alguna vez fueron sus huéspedes.

Entre éstos hallamos un puñado de fichas de registro, intactas y perfectamente legibles, que indicaban nombres, procedencia, estadía, número de habitación y demás detalles de algunos pasajeros. El azar puso frente a la cámara fotográfica una de ellas con el nombre de Jorge Mario Pezzuto, estudiante, 19 años, procedente de Lanús, Buenos Aires, acompañado por Alberto, Osvaldo y Clemente, 2 de febrero de 1959, habitación 286.

Inmediatamente nos preguntamos quién sería, por qué había estado en el hotel, si sería posible localizarlo. Lo buscamos y lo encontramos. A partir de entonces, entre una decena de llamadas telefónicas y correos electrónicos, Jorge Mario Pezzuto nos contó su propia historia.

“La historia no sólo me suena familiar, sino que soy el propio Jorge Mario Pezzuto, que por esa época, con diecinueve años recién cumplidos,  pasó junto con tres amigos en motocicleta rumbo a Chile”, relata el pasajero de la habitación 286.

Sin ocultar su emoción, destaca que su estancia en el hotel fue breve, pero que alberga “el mejor de los recuerdos”. Y narra: “Habíamos tenido una falla mecánica  al subir Los Caracoles y no podíamos continuar (se había roto uno de los tensores de la rueda trasera de uno de nuestros vehículos y la cadena de transmisión se salía de la corona). Llevábamos dos días de marcha y estábamos cansados, sucios y ya era casi de noche. Cuando vimos el hotel no lo pensé y les dije a mis compañeros: `Voy a averiguar cuánto nos cobran por el hospedaje y si podemos pagarlo´. El comentario de uno de ellos fue: `Nos van a echar a patadas´.

“Parece que esa noche había un evento o algo así –continúa Pezzuto-, porque al entrar, me encontré con personas muy elegantemente vestidas (creo haber visto hasta un señor de smoking), lo que contrastaba con mi apariencia. Se ve que se apiadaron de nosotros, pues nos dieron alojamiento en habitaciones individuales, con baño de inmersión en agua termal incluido”.

Y retoma entusiasta: “Recuerdo a una señora con acento extranjero que me recibió en la habitación y me insistía acerca de que debía sumergirme en la bañera con el agua a la temperatura que estaba, es decir bien caliente. Dormimos con príncipes. A la mañana siguiente, en la usina del hotel, un señor muy amable soldó la pieza averiada y pudimos continuar la marcha. Todo eso por un precio mínimo. Casi que nos lo regalaron. Hoy, a la distancia, pienso en ésos momentos y no puedo evitar emocionarme”.

Deslumbrados por el paisaje y el valor de la amistad. (Foto: Gentileza Jorge Pezzuto).

Historia de una ida y una vuelta

Jorge Pezzuto tiene hoy 70 años, dos hijas, cuatro nietos y una esposa que “es la gerenta del hogar”. Dirige una empresa que se dedica a la fabricación de  maquetas de buques, de plataformas de petróleo, de equipos militares, orientada totalmente al mercado internacional (www.ultramodel.com.ar) y que inició él “solito” en 1964.

Sigue viéndose con sus compañeros de aquella aventura que duró veintidós días. “Ni sé porqué se nos ocurrió emprender un viaje de esa naturaleza. Creo que hubo un amigo que nos incitó con sus relatos y como teníamos un fuerte deseo de vivir alguna aventura, lo fuimos preparando cuidadosamente. También disfrutamos con los preparativos”, nos cuenta el aventurero.
 
Y detalla el itinerario del viaje: “Tomamos la ruta 8 hasta Río Cuarto; ahí seguimos por la ruta 6 hasta Mercedes, en la Provincia de San Luis, otra vez ruta 7 hacia Mendoza, entrando por Desaguadero; La Paz; La Dormida; Santa Rosa; San Martín y Mendoza. De allí, seguimos por Villavicencio, Uspallata, Puente del Inca, La Cuevas, Paso de la Cumbre (por el Cristo Redentor) y entonces pasamos a Chile”.
 
Pezzuto recuerda del hotel sobre todo “la buena disposición de las personas para atendernos, consecuencia evidente del carácter de los mendocinos y de estar en un ambiente acogedor y sumamente confortable. Del nivel del hotel nos habla la calidad de los alimentos consignados en la lista de compras para el restaurante del mismo, que aparece en la serie de fotos.

No evita la crítica y afirma con severidad: “Lo que está pasando con éste establecimiento, con treinta años de inactividad, es algo totalmente impensable para un europeo, por ejemplo. Evidentemente no tenemos idea de lo que fue no solo el hotel, sino el país hace cuarenta o cincuenta años atrás. Hace setenta años que venimos en caída libre y, por lo que se ve, no hay elementos para suponer que va a parar”.

El entonces estudiante llevó un diario de viaje en que el registró “todos los días, pero en algunas noches que tuve tiempo. No llevaba un reporte diario, sino que dejaba pasar dos o tres días y luego escribía”.
 
 “Ese viaje me marcó mucho –admite-,  sobre todo porque sentí la inmensidad de la gesta sanmartiniana y la fuerte presencia de don José, de quien soy admirador. Desde que tengo uso de razón, en casa de mis padres se bebía Agua Mineral Villavicencio. En las etiquetas de las botellas se veía el hotel y a los costados, dos caminos con la leyenda "Camino a Chile". Eso excitaba mi imaginación. Así, pues, al ver el hotel no lo podía creer y me dije simplemente: ¡existe!”, relata exultante.

Y reflexiona: “Pienso que para un muchacho de 19 años, una experiencia así, reafirma el carácter y sobre todo estimula el sentido de la amistad y de la cooperación. Sabíamos que cada uno dependía de los otros tres”.

Pezzuto lamenta no haber vuelto a Mendoza. “Al llegar a Buenos Aires, me estaba esperando un telegrama de la Fuerza Aérea para que me presentara a tomar servicio. Había estudiado en la Escuela de Aeronáutica Civil y era operador de control de vuelo, así que el 9 de marzo asumí mi puesto en la Torre de Control del Aeropuerto de Ezeiza. Luego la vida me fue llevando por otros caminos, otras oportunidades y nunca me hice del tiempo necesario para ese retorno”.

En primera persona

Pero la alegría de recuperar un pasaje feliz de su propio pasado, provoca la sonrisa de este joven de 70 años dispuesto a la aventura y que hoy no duda en compartir sus sentimientos.

“Ustedes han tenido la virtud de revolver el sedimento de los años. Anoche, mientras les leía el diario de viaje a una de mis hijas, a su marido y a mis nietas, volví a montar esa motocicleta que me llevó tan lejos”, nos cuenta.

Y agrega que “Gracias a Dios, soy de los que la vida ha tratado bien y hoy, a los 70 años, no tengo ningún problema para volver a montar una motocicleta y mandarme a Mendoza y a Chile. Ustedes van a ser responsables ante mi familia por los reclamos ante tal actitud, ya que me arden las manos por volver a apretar un acelerador de puño”.

En el Cristo Redentor. (Foto: Gentileza Jorge Pezzuto).

“Anoche estuvo conmigo uno de los participante de la aventura, Alberto Roberto, rememorando los momentos vividos, cómo se nos producía un vacío en el estómago al bajar las cuestas de Juncal y Juncalillo”, comparte con nosotros.

Pezzuto insiste en el deseo de volver a Mendoza, de “ver nuevamente el camino flanqueado de álamos y la entrada con el Cóndor. No soy el responsable. Lo son ustedes”, nos acusa con afecto el aventurero.

El hotel Villavicencio en una foto autografiada de 1951.

Diario de viaje

Jorge Pezzuto nos envió la transcripción textual de su libreta de viaje, en la que refiere su breve pero inolvidable estancia en el Gran Hotel Villavicencio los días 2 y 3 de febrero de 1959.

DOMINGO 2 DE FEBRERO
 
“....pasamos frente al Cerro de la Cal y primeras estribaciones montañosas y entramos de lleno en los Caracoles de Villavicencio. Es un espectáculo hermoso e impresionante. Esta parte del camino está profusamente señalizada y con carteles que indican "Tocar bocina".

"Ya estábamos a la vista del Hotel termas cuando a la moto de Edgardo se le sale la cadena. Pusimos la cadena en su lugar y no había hecho cinco metros cuando se sale nuevamente. Como todo tiene su por qué de ser, observamos la rueda y comprobamos que el estira cadena izquierdo se había partido y la cadena, al hacer fuerza, torcía la rueda y, como es lógico se salía de la corona. No se podía seguir adelante.

"Como tampoco podíamos armar la carpa en medio del camino, decidimos pasar la noche en el Hotel Villavicencio que estaba un poco más arriba, pero muy cerca nuestro. Decidimos, también que fuera yo a pedir precio por las habitaciones. Llegué al hotel ya casi entrada la noche y la gente que se hospedaba empezó a arremolinarse alrededor de mi moto.

"(Comienza una nota al margen de mi libreta). Este hotel, es uno de los más famosos en el país y de más categoría, al igual que la mayoría de la gente que allí se aloja temporariamente. (fin de la nota marginal). En realidad el aspecto mío y de mi moto eran bastante llamativos, pues a la moto, de un lado se le veía una olla y sobre el portaequipajes trasero, una frazada. En cuanto a mí, con el casco, las antiparras, las botas, los guantes y la cantimplora que llevaba colgando, debía parecer más un marciano que un motociclista.

"A la primera persona que vi, le pregunté por la gerencia, y una vez en ella, y con el gerente frente a mí, le solicité con la mayor  "humildad" alguna habitación para pasar la noche y un lugar para guardar las motos.

"Me imagino el tono en que se lo habré pedido, pues cuando salí de la oficina con el conserje, este me dijo que no sabía cómo había hecho yo para ablandar al gerente, pues era la primera vez que se hacía una rebaja tan grande en el precio de las habitaciones, ya que, término medio eran $ 140 por persona y a nosotros nos salió $ 125 para los cuatro. (En realidad, la factura del hotel dice 123).

"Regresé a donde estaban mis compañeros, que en interín habían solucionado momentáneamente el desperfecto y juntos volvimos al hotel. Si mi llegada causó asombro, mas sorpresa causó la llegada de mis compañeros, pues la gente comenzó a comentar al ver nuestras patentes de la Provincia de Buenos Aires.

"Una vez que hubimos estacionado las motos, nos dirigimos a nuestras habitaciones. No habíamos llegado a las mismas, que nos salió al paso un señor que por la forma de hablar no podía negar su procedencia española y nos dijo " señores, el baño está listo". Claro, nosotros nos miramos asombrados y felices. Al fin podríamos bañarnos después de tragar tanta tierra.
Nos condujeron a nuestros respectivos baños y ya entraba en el mío, cuando al mirar hacia un costado, veo a una mujer con un artefacto de madera metido dentro del agua que me dice con un notable acento alemán: "Tiene treinta y siete grados es el maximum". Me imaginé que era la temperatura del agua y metí un dedo, sistema tan antiguo como eficiente. El agua estaba muy caliente y así se lo hice saber, pero esta buena señora estaba empecinada en hacerme bañar a treinta y siete grados y yo, como es lógico, en bañarme en agua más fría.

"Como el tono iba subiendo y ya se oía desde donde estaba el señor español, que por lo visto era el encargado de esa sección del hotel, éste vino corriendo y abrió la canilla del agua fría. Entonces sí que me pude bañar. Me sumergí en el agua y me quedé quieto, muy quieto, no sé cuanto tiempo; pero cuando salí era otra persona Ya descansado me fui a acostar en una cama, después de dos días de andar sin parar en la moto".

LUNES 3 de FEBRERO

“Ya comenzaba a calentar el solcito cuyano cuando despertamos. Nos vestimos e higienizamos y salimos afuera. De día y con sol radiante el paisaje es mucho más hermoso. Caminamos un poco por los alrededores. El hotel estaba prácticamente desierto, pues la mayor parte de los turistas salen en excursiones. Cuando miramos para arriba quedamos prácticamente anonadados, pues el camino subía vertiginosamente y apenas si se alcanzaban a divisar los pequeños mojones blancos. El solo hecho de pensar que teníamos que subir a esa altura, nos daba impresión.

"Evidentemente, nuestra meta no era el Hotel Villavicencio, así pues, decidimos proseguir el viaje, no sin antes acondicionar las motos limpiando los embragues y soldando en la usina del hotel el estira cadena de la moto de Edgardo.

"Aproximadamente a la hora, ya estábamos listos para partir, así que abonamos la cuenta del hotel y compramos en la panadería del mismo, un kilo de pan, tanto como para llevar algo de comer con las sardinas que teníamos.

"Otra vez en marcha, continuamos subiendo y admirando el cada vez más hermoso paisaje.
A los dos o tres  kilómetros se acabó el camino de asfalto y comenzó nuestra lucha contra el ripio y la tierra. Subíamos pegados al paredón hasta con miedo de mirar abajo”.

Patricia Rodón

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