Cartas de amor entre grandes personajes de la historia

108 cartas de amor, de Valeria Cipolla. Buenos Aires, Longseller, 2010. 240 páginas. $39.

Enrique VIII enloqueció por Ana Bolena antes de ordenar su muerte, Napoleón sufrió por el desdén de Josefina, Perón tuvo en Evita su "tesoro adorado". Los secretos de sus amores aparecen en el libro 108 cartas de amor, una reivindicación de este género casi olvidado en la era de internet. 

Simón Bolívar, Sigmund Freud, Virginia Woolf, Franz Kafka, Gabriela Mistral, Eva Perón, Henry Miller. En diferentes épocas y escenarios, los protagonistas de la historia han volcado por igual sus sentimientos, no siempre correspondidos, a través de cartas que demuestran que sólo el amor es capaz de desnudar el alma de hombres y mujeres, cualquiera sea su origen, edad o condición social.

Sólo el amor puede despertar emociones tan extremas como la pasión y el odio. Esta selección reúne las 108 cartas de amor más cautivantes que se han escrito a través de la historia; cartas que hablan de amores a primera vista, amores no correspondidos, amores secretos, amores imposibles; cartas sin terminar y cartas que, incluso, no siempre llegaron.

En abierto desafío a la fiebre por los correos electrónicos, los mensajes de texto y la cultura de las redes sociales, las cartas de amor se mantienen como un buen reclamo para enamorados y lectores.

La editorial Longseller aprovecha el Día de San Valentín para recopilar 108 cartas románticas de los más variopintos personajes históricos en un libro que acaba de salir a la venta.

"Las cartas de amor no pasan de moda, siguen vigentes, tienen su propio ritmo", asegura la periodista Julieta Pink en el prólogo.

El libro se adentra en la intimidad de reyes, emperadores, políticos, escritores y artistas a través de la correspondencia con sus amantes en un intento de conjugar su valor documental con la búsqueda de la cara romántica de sus autores, explicó Valeria Liliana Cipolla, compiladora de los textos.

"Mi corazón y mi persona se rinden ante ti suplicándote que sigas favoreciéndome con tu amor", escribió Enrique VIII a Ana Bolena en 1528, ocho años antes de que ordenara encerrar a su esposa en la Torre de Londres y decapitarla.

Entre batalla y batalla, Napoleón Bonaparte volcó su vena romántica en sus cartas a Josefina.
"Mi dulce Josefina, ámame, que estés bien y pienses muy a menudo en mí", escribió el emperador en agosto 1796.

Un tono muy distinto al utilizado apenas un par de meses después: "No te amo, en absoluto; por el contrario, te detesto, eres una Cenicienta malvada, torpe y tonta. Nunca me escribes, no amas a tu marido", se lamentaba. Quizá el desdén de Josefina le arrojó en brazos de María Walewska, a quien en una breve y arrebatada carta Napoleón confiesa: "No he visto más que a usted, no he admirado más que a usted, no deseo más que a usted".

No menos arrebatado parece Lord Byron en su relación con Caroline Lamb, una dama de la alta sociedad pero casada con otro: "Prometo y juro que ninguna otra, de palabra y obra, ocupará jamás el lugar en mi afecto, que es y será el más sagrado para ti, hasta que yo sea nada".

Las promesas de Lord Byron se desvanecieron rápidamente a juzgar por su correspondencia con la joven Teresa Guiccioli, a quien confiesa un "amor apasionado" y en cuyas manos pone su destino con la promesa de que "nunca dejaré de amarte".

Pero si de pasión se trata, Oscar Wilde superó a Byron: "Niño mío", comienza una de sus cartas a lord Alfred Douglas, "es una maravilla que esos labios de pétalo de rosa rojos tuyos sirvan igual para la música del canto que para la locura del besar".

Más comedido, Truman Capote comparte con Newton Arvin sus preocupaciones económicas durante una estancia en Grecia, en 1958, pero no quiere presionarle: "No te molestes en contestar mis cartas, querido Sige. Sólo quiero que sepas que pienso constantemente en ti, y que aquí estoy para cualquier cosa que necesites. Como siempre, y por siempre jamás". Poco después, sin embargo, Capote recrimina a su amante su falta de interés y sustituye el "por siempre jamás" por un simple "con todo mi afecto, recibe un abrazo".

Aunque no sólo reyes, emperadores y escritores han llorado por amor. También los políticos han dejado testimonio de sus cuitas con muy distintos estilos, desde la frialdad de Simón Bolívar al apasionamiento de Evita y Juan Domingo Perón.

Ni siquiera en su correspondencia amorosa, el caudillo de la independencia es capaz de olvidarse de la política y las traiciones: "Yo me creeré feliz cuando la casualidad me presente un amigo que me sirva de espejo", escribe Bolívar a Fanny Dervieu du Villars.

Muy diferentes son las cartas de Perón a Eva Duarte, su "tesoro adorado" y su "chinita querida".
Un sentimiento plenamente correspondido por Evita, que promete a su "juancito" amor eterno y adoración desde el cielo porque "yo vivo en ti, siento por ti y pienso por ti".

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