El alma que murió de pena

Reclamó durante años la atención de una familia. Después de todo, le debían algo muy importante. Y cuando lo obtuvo tomó una decisión definitiva.

Cada adobe que, uno sobre otro, formó la amplia casa de la calle Ferrari, en la localidad de Pedro Molina, fue amasado con la tierra del lugar y cocido allí mismo por sus propietarios, uno, inmigrante italiano; su mujer, hija de trabajadores rurales de la zona Este de la provincia. Ambos, estaban dispuestos a criar una familia bajo su propio techo, a pesar de que él le llevaba 30 años a la dama. Lo hicieron, entusiasmados por las dotes de carpintero del varón que fue fundamental a la hora de levantar y sostener la casona.

Ubicado a unos cien metros del canal Zanjón, el terreno estaba rodeado, allá por la década de los años 40, de cañaverales que se expandían de manera invasiva desde el cauce hacia ambas veras, produciendo penínsulas de largas varas en medio de los viñedos circundantes, algunos de ellos, los primeros de Mendoza y, por esa época, ya con unos 300 años de vida.

“La casa que levantaron mis padres resultó fresca y nos dio cobijo”, recuerda hoy Vénera Scarpatti, hija de aquellos dos, ya fallecidos, nacida en la habitación que estaba junto al ingreso principal hace casi 60 años.

Pero hay algo mal cuando pone reversa en su memoria y los recuerdos se echan a rodar. Es que la casa, sin estar “marcada” como embrujada o algo así en medio de un vecindario en donde ya casi no queda gente joven, encierra un misterio que, sospechan, es anterior a su erección allí.

“Parece que el tema estaba en la tierra, dicen”, se apura Vénera, toma un atajo en el relato, molesta por tener que recordar cosas que había archivado y que no pensaba, posiblemente, sacar a la luz.

Poniéndole un orden a sus recuerdos, la situación resulta más o menos así:

Durante toda la vida dentro de la casa, la familia no sufrió mayores problemas más que una incomodidad permanente. “Es como si siempre hubiera alguien detrás de ti, hasta en el baño. Recuerdo –sostiene hoy Vénera, sorprendiéndose de haber logrado traer a la actualidad aquellas sensaciones- que cuando estaba en el baño no podía dejar de vigilar un armario que servía para guardar las toallas. Es más, si podía, no lo abría. Una vez pensé en enllavarlo”, dice, sacando a relucir su mendocinismo.

¿Por qué?, le preguntamos. “¡Es que había alguien allí, siempre!”, afirma, con total seguridad. “Te miraba, respiraba, se movía y me pasó eso a mí y a mi hermano, aunque nos lo contamos ya de grandes, cuando uno de mis hijos insistía con hacer pis en el patio. Cuando ya quiso hasta hacer caca allí, le pregunté por qué. Y me dijo eso mismo. Sentía, veía, era consciente de esas mismas presencias”, completó el relato sin respirar, siquiera.

Sin embargo, no era lo único que pasaba. La incomodidad estaba en cada rincón. Vénera cuenta que “sólo en el patio estábamos más tranquilos, pero ahora pienso que eso pasaba porque la puerta de acceso a la casa estaba más cerca; siempre mirábamos a la puerta, como buscando la garantía de que, en caso de emergencia, podríamos salir corriendo, aunque nada nos indicara tal posibilidad más que el temor silencioso que sufríamos entre esas paredes”.

La situación se complicó cuando Telésfora Yánez, la manosanta que vivía a la vuelta, sobre la calle Francisco de la Reta, increpó, con muy malos modales aunque con visibles buenas intenciones a uno de sus habitantes. “Tienen que irse”, le dijo. Ofendido, no respondió. Durante mucho tiempo, inclusive, protestó hacia adentro de su familia por esa costumbre de Telésfora de no pisar la vereda de esta casa cuando circulaba por la zona: hacía un zigzag, evitándola, bajo la mirada atenta que, desde las ventanas circundantes, ofrecían las vecinas chusmonas.

“Es raro evaluarlo hoy… pero por entonces nos parecía que estaban en nuestra contra y no se nos ocurría preguntar detalles de por qué hacía esto”, analiza Vénera, que habitó la casa junto a su pareja y sus hijos una vez que se casó, su padre murió y su madre contrajo enlace en segundas nupcias con otro vecino.

La paciencia estalló el día en que cerraban una canilla de agua y al dar unos pasos, ésta se abrió, con fuerza, salpicando para todos lados. Al cerrarla, la luz se apagó. Al querer encenderla, se prendió antes de pulsar la llave. Cuando iban hacia el dormitorio, se cerró la puerta del baño. Al abrirla, se cayó el vidrio del tragaluz, que estaba en el techo.

Esa noche –a pesar de todo esto- Vénera, aunque con susto, sólo pensó en casualidades, incrédula, opinión que compartía su marido, José, escéptico y ausente.

A partir de ese día “era como que algo o alguien quería expresarse, buscaba que le prestáramos atención o bien, que nos fuéramos a la mierda”, se sincera Vénera, quien ya no vive en la casa, aunque la conserva, aunque en ruinas ya, como su propiedad.

Un día llegó su madrina de nacimiento de visita. “Una mujer sensible”, la describe su ahijada. No pudo respirar. “Cuando nos pusimos a bordar con el bastidor en la máquina de coser (mi madrina era una experta y me enseñaba), el pedal se activó sólo y echó a andar”, repasa. Luego, cierra la anécdota: “Estúpidamente, yo seguí pensando en casualidades, pero fue ella, que se llamaba igual que yo o, mejor dicho, yo igual que ella, la que se paró y me dijo: `Hay que hacer algo, nena, esta casa está mala`”.

En la casa, en toda la manzana no había teléfono. La madrina se fue hasta lo de Telésfora, una vez que a Vénera “le cayeron las fichas” y le contó todo lo demás. Telésfora se negó a atenderla; le dijo que ya sabía por qué iba y le recomendó ir a lo de Margarita, otra mentalista de la zona, competencia pero no adversaria, parece.

Allí fue. De inmediato, Margarita cargó “el kit”: tijera, carbón, brasero, yuyos varios. Una vez en que abrió la puerta de la casa, el muro completo del patio se vino abajo. ¡Se derrumbó! Nada anunciaba que pudiera pasar, pero cayó por completo. “Esto es grave”, sentenció la predispuesta manosanta con nombre de flor.

No bien activó sus mecanismos de desembruje, una orquesta de situaciones raras se presentó: que el agua, la luz, el baño con su puerta y el misterioso gabinete. El parral del patio se cayó, al quebrarse los palos que lo sostenían repentinamente. Salió agua desde debajo de las baldosas rojas y amarillas del comedor. “Un cable que estaba empotrado en la pared se salió del revoque como si fuese una várice”, cuenta Vénera, testigo presencial de todo aquello.

“Hasta que la casa se desplomó por completo. Menos mal que los chicos no estaban y que pude rescatar todas las pertenencias y mudarnos a la casa de mi madre por un tiempo”, suspira, aliviada por haber podido contar, por primera vez en Mendoza, el caso que la atormentaba.

Jamás su familia volvió a sufrir nada igual, luego de abandonar las ruinas de la casa. Recién hace unos años, Teresita volvió a pasar por la vereda de esa propiedad. Cuando Vénera la vio, le preguntó por qué ahora sí lo hacía, tratando de entablar una charla sobre tantas cosas calladas a lo largo de los años. Nonagenaria, Teresita puso una mano sobre su hombro y le dijo: “Ya está todo bien, limpien, construyan, vendan…hagan lo que puedan, lo que quieran”.

Según la anciana, “hasta las almas se agotan pasados unos años sin conseguir la atención de nadie”. Teresita fue contundente: “Cuando usaron la tierra para hacer los adobes de esta casa, yo le dije a tu madre que no lo hiciera, que allí había una fuerza tremenda, posiblemente una tumba de algún indio importante con cuentas pendientes. Pero, gringa caprichosa, no me hizo caso. El alma se metió en cada rincón de la casa y quedó atrapada en ella. Murió de pena. Y con ella, sucumbió la casa, el cuerpo que logró sostenerla en pie”.

 

Nota del autor: Se preserva la dirección exacta y los nombres reales de los miembros de la familia, por especial pedido. La historia es tal cual la relataron sus miembros. Las fotos son meramente ilustrativas.

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5 de Diciembre de 2016|10:12
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5 de Diciembre de 2016|10:12
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  1. genial idea.... y parte de nuestra cultura... que sigan los cuentos...
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  2. Me parece excelente la idea de publicar leyendas mendocinas.....creo que hay muchas personas que necesitan contar sus historias , especialmente la gente mayor. Les sugiero que le brinden más publicidad a esta sección. Felicitaciones.
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  3. Por favor no saquen esta sección, estas historias son fantásticas y mendoza está plagada de ellas. Muchas gracias!
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