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La Copa de África pasó de ser una fiesta a una pesadilla

Al margen de los incidentes registrados en Angola y en un torneo en continuo descrédito, las perspectivas de futuro no pueden ser menos esperanzadoras para la Copa de África.

Pese a estar destinada a convertirse en la fiesta futbolística por excelencia del continente negro, la Copa de África que comienza hoy en Angola ha quedado ensombrecida por el atentado sufrido el pasado viernes por la selección de Togo, en el que su autobús fue tiroteado por el grupo separatista FLEC.

En el ataque, según confirmaba ayer Jonathan Aiyite -delantero del combinado nacional-, habrían resultado fallecidos tres miembros de la expedición: el conductor del vehículo, el jefe de prensa y un entrenador asistente. El segundo portero del equipo, Kodjovi Obilale, fue herido por la metralla y trasladado a un hospital en Johannesburgo. Sufre una lesión neurológica y trata de recuperarse en Suráfrica.


Un incidente que obligó ayer al combinado de Togo y al Gobierno Togolés a anunciar su retirada de la competición -Burkina Faso, Ghana y Costa de Marfil podrían seguir sus pasos en las próximas horas-, y que despierta los viejos fantasmas sobre las garantías de seguridad que el continente ofrece a sus eventos deportivos.

No en vano, en los últimos meses se habían recrudecido los ataques del FLEC en la región de Cabinda, precisamente la localidad donde tuvo lugar el atentado contra Togo, mientras que una facción del grupo rebelde amenazó recientemente con incrementar su actividad durante la Copa de África.

Negras perspectivas
Al margen de los incidentes registrados en Angola y en un torneo en continuo descrédito, las perspectivas de futuro no pueden ser menos esperanzadoras para la Copa de África. En 2012, el torneo será organizada por Gabón y Guinea Ecuatorial -país regido por la dictadura de Teodoro Obiang-, mientras que en 2014 la encargada será Libia -hogar de otro líder que cuenta con especial apego por el sillón presidencial, como es Muammar al Gadafi-. Tres países cuyas violaciones de los derechos humanos, a día de hoy, palidecen cualquier atentado de grupo rebelde.

Sin embargo, el mayor temor actual es que esta violencia política pueda ser extrapolable a la sede del próximo Mundial de fútbol, Suráfrica, considerado uno de los países más inseguros del planeta.

Según los datos que maneja el Ministerio del Interior de Suráfrica, cada día son asesinadas cincuenta personas en el país. Unos números que ya han provocado que G4S -la principal compañía de seguridad privada del mundo- rechazara operar durante el torneo debido a la «total peligrosidad que plantea el acontecimiento».

Para cubrir esta baja, la Policía tienen previsto desplegar cerca de 41.000 efectivos, 8.500 de ellos entrenados por las fuerzas especiales francesas, con un coste operativo cercano a los 110 millones de euros.

De igual modo, las fuerzas armadas de la vecina Botswana detuvieron el pasado año a una célula de Al Qaida que presuntamente pretendía atentar durante el Mundial. Y todo ello, a tan sólo seis meses de que el balón eche a rodar en Johannesburgo.

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