Autos y hombres: una historia de amor

Un auto es un símbolo. Su creación significó una revolución y rápidamente se convirtió en mucho más que un medio de transporte. Fetiche, objeto de rebeldía, de libertad, de potencia sexual, de extensión del cuerpo: el auto es una máquina cultural.

¿Quién no ha tenido una historia de amor en un auto? ¿Quién no ha pasado del robo de un beso a último momento a empañar los cristales durante una fría noche de invierno?

¿Qué sería de las estrellas de rock sin las limusinas? ¿De los Simpson sin su rosado Sedan Familiar? Sin los autos, ¿hubieran existido las chicas de calendario acariciando sus tentadores clásicos rojos, azules y negros? ¿Los Cadillacs habrían sido tan poderosos sin la presencia de Elvis? ¿Qué habría le habría a James Dean de no conducir un Porsche 550 Spyder? ¿La chalina de Isadora Duncan bailaba cuando se enredó en la llanta del Almicar GS 1924 ocasionándole la muerte?

Batman no sería Batman sin el Batimóvil; los Duques de Hazzard hubieran sido olvidados sin su Dodge Charger 1969; Pedro Picapiedra y su troncomóvil, James Bond y sus autos espía y el DeLorean DMC-12 de Volver al futuro inmortalizaron a sus conductores.

Más allá de las leyes de la termodinámica que rigen a la máquina, la relación entre autos y hombres protagonizan una intensa historia de amor.

Un auto es un símbolo. Su creación significó una revolución y rápidamente se convirtió en mucho más que un medio de transporte. Fetiche, objeto de rebeldía, de libertad, de creatividad, de potencia sexual, de extensión del cuerpo: el auto es una máquina cultural.

Máxima velocidad

La intensa relación que mantienen hombres y mujeres con sus autos ha sido registrada por escritores, pintores, fotógrafos, cineastas desde que en 1798, en plena revolución francesa, Philippe Lebón inventó un gas capaz de alumbrar y mover máquinas.

Pero ese primer diseño no llegaría a hacerse realidad hasta 1896, cuando Karl Benz le puso cuatro ruedas y un motor a un cajón de manzanas. Se masificó en 1908 con el Ford T, para ejercer una gran influencia en el mundo de las artes y la literatura.

Rica en historias afortunadas, mitos, leyendas y catástrofes, el vínculo entre los automóviles y sus pilotos abunda en estrépitos pasionales, desde el fetichismo, el toqueteo constante de sus partes íntimas (léase todo lo que está debajo del capot) hasta la obsesión por la “pinta”.

Para algunos, los autos tienen un espíritu propio, una vida autónoma, independiente de su conductor. Y todo lo que hace o deja de hacer el auto es motivo de orgullo o preocupación para el no tan inocente dueño del volante.

En el camino

“Un automóvil de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia”, sentenció Marinetti en el Manifiesto del Futurismo. Signo de progreso y modernización, las vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX se apoderaron de él. Y, como un Pegaso a gasolina, el auto llevó a los artistas a todas partes.

En 1954, Nicolas Bouvier, en Los caminos del mundo, junto al pintor Thierry Vernet, emprende la ruta de la seda a bordo de un Fiat 500 Topolino, llegando a Afganistán por los itinerarios de los camelleros de antaño.

En cuanto a Jack Kerouac, se lanza En el camino tras las huellas de los pioneros americanos, a bordo de vehículos que le llevan de un océano a otro, pasando de un Hudson 49 a un Plymouth de edad incierta. Al volante de su Toyota Land Cruiser, Bruce Chatwin parte en busca de las raíces del nomadismo primitivo en Los trazos de la canción.

Stephen King explora con obstinación a personajes víctimas de automóviles, él mismo entre ellos. Christine, novela sobre un Plymouth Fury 1958, From a Buick 8, Viajando sobre la bala, Misery y Cementerio de mascotas son ejemplo de ello.

El genial J.G. Ballard en su famosa Crash muestra la perversa relación, plena de erotismo, entre sus protagonistas con sus autos, sus accidentes y sus cicatrices.

Eduardo Galeano, Rafael Alberti, Miguel Delibes, Juan Marsé, Fernando Arrabal, Italo Calvino, entre incontables autores, escribieron sobre, en y desde un auto. "El amor existe. Pero anda en automóvil", dijo el poeta brasileño Mario de Andrade.

Entre los argentinos, autos y conductores recorren calles y rutas con más de un conflicto. Roberto Arlt en muchas de sus Aguafuertes porteñas dio cuenta de eso, como en El paraíso de los inventores, donde habla de los cementerios de autos.

El Gordini de Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano; Saer, Fogwill, Giardinelli, Caparrós, Fontanarrosa, Vitagliano, Bioy Casares y Cortázar se sirven de la situación de manejar autos para revelar aspectos del personaje que sólo un este medio puede mostrar. Así, el automóvil avanza cada vez a mayor velocidad, por las carreteras de la literatura llenando el camino de mensajes.

Prohibido estacionar

El escritor brasileño Paulo Coelho filmó en Praga, República Checa, el último comercial de Volkswagen Brasil para su modelo Voyage. El comercial ironiza una absurda comparación entre estos "dos grandes éxitos" que son el Voyage y Paulo Coelho. Obviamente, el auto sale ganando en todo.

Patricia Rodón

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