La visita de Año Nuevo

Un joven matrimonio se mudó a una vieja casa de la Cuarta Sección llenos de esperanzas y plenos de fe. No sabían que allí los esperaba una presencia que cambiaría sus vidas para siempre.

Al principio les resultó extraña la actitud con que los vecinos los vieron llegar. Durante la mudanza a la “casa nueva” las señoras salían innecesariamente a barrer la vereda, los maridos iban al minimercado a comprar cosas superfluas y los adolescentes pasaban por la puerta espiando para adentro ajenos a todo pudor.

Era un matrimonio joven con dos niños. Él era un ingeniero con la tinta del título todavía húmeda, daba clases en el Pablo Nogués y aspiraba a ganar un concurso en la universidad; ella era profesora de matemática y trajinaba de escuela en escuela sin otra recompensa que un magro sueldo y la noble satisfacción del deber cumplido.

José y María Isabel Acosta eran católicos, apostólicos y romanos. No creían en ningún fenómeno salvo los milagros de Jesús, la inclinación de la Torre de Pisa y el insondable misterio del número Pi.

Los chicos, Juan Bautista de seis años y María Teresa de cinco, eran su triunfo. Una especie de cántico espiritual de la pura y divina carne terrestre. Eran sus anillos de oro en un mundo lleno de falsas promesas.

Por ellos habían buscado una casa con tres habitaciones. Les urgía salir de ese departamento mínimo de la calle Morón para que los pequeños tuvieran habitación propia, patio y cierto color de barrio mendocino.

La casa de Montecaseros y Jujuy en la Cuarta Sección los cautivó desde la primera visita. Era mixta pero lo llevaba bien. Tenía cinco habitaciones medio oscuras, un pasillo largo lleno de sol y una cocina grande como un salón de baile.

Cierta forma de felicidad iluminó sus rostros durante la primera cena pedida por teléfono a Los dos amigos. Pero los paraísos no existen, ya se sabe.

Los fenómenos no tardaron en aparecer. Primero fue el olor a tabaco en la ropa. José y María Isabel Acosta habían sido fumadores pero decidieron abandonar el cigarrillo cuando hicieron sus votos matrimoniales. "¿Fumaste? No, se me pegó el olor de la sala de profesores", se decían uno a otro.

Después fue el olor a alcohol, como a grapa desvanecida, adherido en las camisas y en las remeras del matrimonio. Ambos habían prometido no volver a probar cerveza ni vino después de la fiesta de casamiento. "¿Tomaste? No, las chicas brindaron en la jubilación de la Yolly".

Más tarde llegaron los ruidos. Las paredes empezaron a sonar de noche como tambores lejanos. Los niños, Juan Bautista y María Teresa, se despertaban hediendo a tabaco y alcohol aterrorizados por los golpes sordos que hacían latir las paredes de adobe y corrían a la cama de sus padres hechos dos ovillos de llanto.

Inconsolables los niños y desconcertados los padres, se arrebujaban en un mar de rosarios a la Virgen Santísima Madre de Dios para alejar al Maligno, o lo que hiciera que la casa se arrastrara en la penumbra como un muerto sin sepultura.

José y María Isabel Acosta compraron decenas de imágenes de santos en versión estampitas y las pincharon con clavos por toda la casa; el padre Miguel de la mismísima Merced baldeó con agua bendita cada rincón y sofocó el aire con vaharadas de incienso acompañadas del conjuro infalible del padrenuestroqueestásenloscielossantificadoseatunombreetcétera. Los crucifijos se multiplicaron como si fueran animales domésticos de la fe y las páginas de la Biblia desesperaban ante el trato urgente que les daban las manos nerviosas de la pareja.

Ahora José y María Isabel Acosta comprendían las extrañas  miradas de sus vecinos, quienes no podían creer que alguien, mucho menos una familia, se mudara a esa casa, la casa del Turco Salem.

Para los Acosta, la “casa nueva” se había convertido en una pesadilla. Y empeoró. Los focos estallaban sin causa, en el patio se oía un antiguo ruido de cadenas y el perro y el gato que les regalaron los amigos de la parroquia murieron de golpe antes de que los niños les pusieran un nombre.

En apenas seis meses, los Acosta estaban destrozados, tomando tranquilizantes, fumando a escondidas y bebiendo en solitario vodka barato en el flamante bar de la esquina.

Todos tenían miedo de dormir y dormitaban juntos en la cama matrimonial que se había convertido en un castillo defendido por hileras de cruces, rosarios fosforescentes y padresnuestros mal hilvanados.

Los vecinos compadecían su evidente deterioro pero cada vez que les decían que se fueran, que la casa estaba maldita, que el Turco hasta muerto era un hijo de puta, José y María Isabel los rehuían. No querían saber lo que todo el barrio sabía: que el viejo almacenero se negaba a morirse del todo como se había negado a fiar un kilo de azúcar, a prestar plata para un entierro y a festejar las fiestas, cualquier fiesta.

Cuando llegó esa Navidad, donde la fantasía inicial habría puesto un arbolito y un pesebre había un Buda panzón sentado en una de esas fuentes de Feng Shui con agua corriendo para llevarse las malas ondas.

La familia y los amigos los habían socorrido de mil maneras y no pensaban dejarlos solos. Unos por real solidaridad, otros por curiosidad y la mayoría por puro morbo, para la cena de Año Nuevo decenas de personas deambulaban por la vieja casa con su tupperware, su sidra tibia o su porrón en la mano, según el caso. La verdad es que todos querían ver al fantasma, inevitable protagonista de la noche.

Y el viejo Salem llegó. Tentado por la inesperada audiencia provocó el ahogo con ensalada rusa a varios de los comensales, quebró la fuente de vidrio donde la abuela Acosta preparaba su histórica ensalada de frutas y encendíó la bolsita donde la pirotecnia esperaba que llegaran las doce.

La pólvora, en todos los tamaños, colores y funciones, estalló y, la bolsa, como un pequeño volcán loco, empezó a escupir petardos, metrallas, rompeportones, estrellitas, yira yira, chasquibum, cañitas voladoras, buscapie, malasuegra, batería, bengalas, candelas, cohetes, volcanes, misiles, tortas,  morteros, cañones entre los díos mío, los ay jesús, los dios nos ampare, los ángeldelaguardadulcecompañíanomeabandonesnidenochenidedía, los que mierda fue eso, los que lo parió, las carcajadas de los escépticos y los feliz año nuevo de los ya previsoramente ebrios.

Cada chispa buscó a un invitado y hubo conatos de incendio en peluquines, medias de lycra y camisas de falsa seda. Todos sintieron el alfiler de por lo menos una quemadura y en una babel de exclamaciones, vajilla rodando por el suelo y rápido desprendimiento de las prendas involucradas salieron corriendo de la casa más o menos vestidos, oliendo a pólvora y jurando que habían visto al Turco Salem. Fue la última cena.

Los últimos en escapar fueron los Acosta. Tenían pruebas de  cómo era el infierno y de la misma cara del Maligno. Meses después se divorciaron como dios manda. José se fue de misionero laico a Brasil. María Isabel empezó a dictar clases de catequesis.

Los niños no logran dormir solos. La inmobiliaria ha pedido ayuda a una bruja medium. La casa sigue vacía. 

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5 de Diciembre de 2016|05:51
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5 de Diciembre de 2016|05:51
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  1. YAHVE: No pudimos hacer la secta catolica en Mendoza. Aunque hay muchos ateos, no creyentes, ciegos y sordos a DIos, no estan tan organizados aun. Un consejo: No te burles de Dios!!!! y abri los ojos.
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  2. Entre al la página de maria mensajera, (http://mariamensajera.blogcindario.com/2006/06/00007-las-almas-perdidas.html) y quisiera saber como comunicarme con la secta acá en mendoza. muchas gracias
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  3. no dan noticias de verdad?, este diario es más para entretenerse que para informarse de las cosas importantes que pasan
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  4. http://mariamensajera.blogcindario.com/2006/06/00007-las-almas-perdidas.html
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  5. ME PARECE MAS DE TERROR UN TURCO DE LA RIOJA QUE NO LO VOY A NOMBRAR, SE AFANO TODA LA ARGENTINA, INVENTO LOS PLANES TRABAJAR, DESAPARECIÓ LOS TRENES, VOLÓ UNA CIUDAD COMPLETA... NO ES PARA TENER MIEDO A ESTA HISTORIA. (ARGENTINA 1989-1999)
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