Recuerdos rusos: año bisagra y champagne a un dólar

Tres días inolvidables en la ex Unión Soviética. Moscú incontinente, sin bares ni comercios. Hoteles y cerveza clandestina. Lenin embalsamado y la soledad de la espera. Aquí, la primera entrega.

Nunca imaginé que la escala en Moscú sería tan larga. Es que las paradas anteriores desde que partí de Ezeiza, por casos, Recife, Cabo Verde y Argel, fueron cortas, de apenas unas horas; con el sueño cambiado y unos whiskys de más (noche en Buenos Aires y a las pocas horas, amanecía en África). Pero 3 días completitos, constituyeron un regalo nada despreciable para mí de los últimos resabios comunistas de Aeroflot. Hotel pago, morfi pago; hasta una visita turística por los sitios más simbólicos de Moscú a cargo de un guía cubano de la embajada, nos concedieron, a un nutrido grupo de argentinos que huíamos de la tierra. El monumento al soldado desconocido de la segunda guerra, la tumba con Lenin embalsamado, el Teatro Bolshoi, la Plaza Roja, el increíble y fugaz cambio de guardia en el mausoleo del líder del 17, las cúpulas zaristas, la campana gigante caída sobre un rincón de la inabarcable plaza.




Éramos una banda bochinchera  de argentinos emigrantes los que llegamos a Moscú. Desde allí, los destinos serían diferentes. Algunos partirían hacia Frankfurt, otros a Madrid o a Roma. En fin, mi caso fue bastante particular. Mi destino era Amsterdam y, por ello, debí esperar tres días en Moscú para que se completara un vuelo que nos trasladara hacia allí. No me podía quejar, que va. Conocer Moscú, “de arriba” y con todo garpo, no era una mala idea. Mis 22 años me sentaban más que bien y, aun retrasando mi llegada a destino (estaba ansioso por aterrizar en Holanda de una vez luego de 20 horas de vuelo) lo que viviría allí, intuía, sería una grata experiencia. Vaya si lo fue. Para colmo, meses antes de partir de Mendoza, estuve leyendo “El Estado y Revolución”, “El izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo”, “Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, y “Qué hacer”, textos del propio Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) para una materia en la facultad.

Tenía fresco el pasado y me encontraba en el año bisagra. Solo, de vagabundo, y con ganas de curtirla. A veces pienso que no existe más que el pasado que nos constituye, y el presente, como reflejo de aquel. El futuro, no existe o, en todo caso, resulta sin más de aquel. Corría el año 1990. A las puertas del Kremlin, unas cuantas carpas armenias desde hacía meses, instalaban una protesta bajo una porfiada lluvia. El presidente Mijaíl Gorbachov tenía los días contados, aún intentando bajo su gobierno dos reformas estructurales que no dieron fruto: la tímida Glasnost y la afamada Perestroika. Caído ya el muro de Berlín el año anterior, la embestida ideológica y la crisis político-económica, la URSS no resistiría la embestida capitalista a escala mundial. La guerra fría había terminado. El capitalismo occidental se adueñaba así, casi, de todo el planeta. Y en Argentina, el Menem del “salariazo” y la “revolución productiva”, daba un brusco giro hacia el neoliberalismo salvaje no bien entrado al gobierno. Pestes de época. Era un buen momento para dar vueltas por ahí. Además (o principalmente) unas polleras me esperaban en el país de los tulipanes. Y yo, iba a por ellas, dejando todo, dispuesto a enfrentar cualquier ostiazo. Perdido por perdido.



El movimiento liberal ruso encabezado por el vodkadependiente Boris Yeltsin entraba en la historia arrasando con más de 70 años de integración de las repúblicas devastadas por la burocracia estalinista. Cierto es que por aquella época, los estragos del estalinismo habían calado profundamente en la sociedad. Sin vuelta atrás. O tal vez sí. Quién sabe. A los pocos meses, las elecciones coronarían a Yeltsin como el primer presidente pro capitalista de la inmensa Unión Soviética. El desmembramiento de la misma tenía las horas contadas. Una escalada separatista, por efecto dominó, haría estallar en mil pedazos (en mil países) el sueño hipertrofiado de la generación del 17. La nueva ola atravesó cual tsunami a la  URSS y luego, a los demás países del denominado “socialismo real”. Cayeron Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumania, Yugoslavia, Checoslovaquia, entre otros. Pero volvamos a Moscú.

Por aquella década, concretamente durante mi estadía de 3 días, era imposible tomar una cerveza en un bar. Por una sencillísima razón: no existían los bares, como tampoco los comercios tal los concebimos por estos lares. En la zona céntrica de Moscú, observé dos publicidades por entonces: una de Paco Rabanne y otra de Pepsi. En medio de una iconografía descolorida, los carteles lucían impostados; aunque instauraban toda una señal de lo que vendría meses después.

Me orienté con precaución pero sin miedo por la ciudad colosal. Tomaba metros, taxis, caminaba a cualquier hora de la noche, siempre con la llave gigante de la habitación del hotel en mi bolsillo. Imposible perderla. El pedazo de madera que enganchaba la llave con un aro tenía el tamaño de un celular de los viejos. Un despropósito soviético, aunque simpático. Buceaba solo en la ciudad desnuda en busca de una cerveza helada. No tenía referentes ni informantes y menos traductores.


Nadie hablaba en otro idioma que no fuera el ruso. Sin embargo, un colombiano salvador que divisé en la puerta de un hotel, que estudiaba en la Universidad “Patricio Lumumba” (creada en los 60 en Moscú, en honor al líder congoleño asesinado por el colonialismo belga y americano el 17 de enero del 61, formadora de cuadros políticos para el tercer mundo), finalmente me reveló atajos y escondrijos. Tuve que visitar los hoteles. En sus bufetes, siendo extranjero, uno podía sentarse en el desierto de un salón majestuoso a tomar un champagne por un dólar, comer caviar negro, y escuchar balalaikas hasta ponerse en pedo tirando copas por detrás del hombro. Pronto, vendría un mozo fornido con mostachos para echarte a las patadas, puteándote en ruso. Sus gestos y el color rojizo de su rostro bastaban para entender que, allí, ya no podías estar. En segundos, llamaban a un guardia militar y te revisaba por todos lados, te pedían el pasaporte y la visa de tránsito. Los vagos la hacían corta. Nada de diplomacia. ¡A tomar por culo! dije, y fui en busca de otros hoteles.
Opiniones (9)
17 de agosto de 2017 | 21:01
10
ERROR
17 de agosto de 2017 | 21:01
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Flaco, no tenes neuronas ni para contestar un comentario, te limitas al segui participando, sos una tapita de gaseosa
    9
  2. perfecto dan 39. a tu juego pibe!!!
    8
  3. tengo veinte para nombrarte, vos seguis participando y gratis, por que no creo que te paguen por esto. Don sixto palavecino nunca salio de su pueblo y su musica trascendio fronteras. Ypensar que cortazar tenia miedo de publicar y a otros le regalan espacios para destilar veneno .
    7
  4. me parece perfecto. busca a un columnista que escriba sobre su barrio sin haber salido jamás de él. De lo contrario, seguí participando!!!
    6
  5. ir tan lejos para contar nada, conozco gente que tiene cosas mas importantes que decir y ni siquiera salieron de su barrio.
    5
  6. REALMENTE REFLEJA LO QUE SIGNIFICA PARA EL AUTOR EL COMUNISMO.- Y PENSAR QUE ESTAMOS HABLANDO DE LA ESTRUCTURA DE PODER QUE DURANTE SU PERMANENCIA MATO MAS GENTE POR CUESTIONES POLITICAS E IDEOLOGICAS QUE CUALQUIER OTRO PAIS EN LA TIERRA.- LO QUE REALMENTE ESTARIA BUENO ES QUE SI TANTO APRECIA ESTA IDEOLOGIA SE FUERA A VIVIR A ALGUN PAIS BAJO ESE REGIMEN.-
    4
  7. quisiste trasmitir algo autor? alquien t paga por escribir esto?
    3
  8. seguí participando!!!
    2
  9. que nota pelotuda no? no tiene la mas minima estructura, ni de donde viene ni adondo va...o seras que estas muy perdido. chau feliz año y espero que escribas mejor
    1
En Imágenes
Bunkers de la Segunda Guerra Mundial
15 de Agosto de 2017
Bunkers de la Segunda Guerra Mundial