"Sidras por bicicletas"

Se consumía el año 1980 y la navidad despeñaba los estertores del recorrido de los días. Allá, en la “cuarta de fierro” (mi rrioba mendocino) todavía muchas calles, por entonces polvorientas, permitían picados en horas eternas con los atorrantes del barrio.

Se consumía el año 1980 y la navidad despeñaba los estertores del recorrido de los días. Allá, en la “cuarta de fierro” (mi rrioba mendocino) todavía muchas calles, por entonces polvorientas, permitían picados en horas eternas con los atorrantes del barrio. La calle Comodoro Rivadavia fue por más de una década nuestro potrero. La calle semidesierta donde escasos autos merodean las siestas largas de diciembre, mide apenas 200 metros. No más, ni menos. Una calle que topa al toque en ambas puntas da una especie de refugio para despuntar la fantasía de ocupaciones territoriales infantiles. En esos 200 metros soñé goles que hice a puro relato mientras intentaba dominarla con la derecha y con la zurda. Por entonces le pegaba con derecha, pero el fenómeno “Beto Alonso” hizo que aprendiera a someterla con la izquierda, pegada a mis Sacachispas, pretendiendo burlar con tunas a rivales amigos.

Los viejos confiaban en la siesta, en los vecinos y en la propia Comodoro Rivadavia. Y así andábamos con la turba “carasucia” con una pelota bajo el brazo, que picaba pa` cualquier lado según los accidentes de la arteria. Noble calle que acunó jugadas heroicas, gambetas irreverentes y un gol a lo Héctor Scotta, luego bautizado “el gol del escorpión” cuando el arquero colombiano René Higuita nos deleitaba con sus fantasías mundiales (el arquero antioqueño fue el que patentó la jugada del escorpión con la Selección de Colombia el 6 de septiembre de 1995 en un amistoso ante Inglaterra en Wembley)

Sin embargo, “el gringo” Scotta hizo un gol con esas características a mediados de los setenta. Scotta tiene un record todavía no superado por ningún jugador del fútbol argentino. Marcó 60 goles con San Lorenzo en 1975. Y en las “chapitas” de aquellas épocas, era uno de los más buscados. Pero eso es otra historia.

Los juguetes eran escasos pero suficientes por aquellos años. El tema era juntarse y compartirlos con los pibes, sino, no valía. Papá Noel venía medio pobretón por la zona y, con mi hermano Sebastián, hacía mucho queríamos un par de bicis. Sabíamos que no daba. Que en esa navidad por lo menos no las tendríamos. Sin embargo, por esas cosas del azar y la obsesión, las bicis no fueron descartadas de nuestro horizonte de deseo.

Un camión que circulaba por la zona, abarrotado de botellas de sidra, volcó a unas cuadras de mi casa; cerca de la costanera, por la rotonda del avión. Fue un accidente que movilizó al barrio. La imagen del Bedford tirado con su acoplado llamaba demasiado la atención, como cualquier camión tirado con su acoplado atestado de sidras en cualquier barrio. Son esos accidentes donde el camionero sale ileso, el vuelco es lento como un ademán suave de despedida y la gente se agolpa de curiosa para pispear si se trata de una tragedia o una bendición.

Como un burro que agotó su periplo de carga, el camión cayó y desparramó miles de botellas de sidra por todo el camino. Una carga perdida para el chofer. Nosotros corrimos ni bien la noticia circuló por el barrio. Y fue allí que con mi hermano nos miramos y, sin decirnos palabra, empezamos la faena. Hicimos el camino de las hormigas con las botellas en las manos. Podíamos cargar no más de cuatro cada uno. Las botellas se acumulaban en el patio de mi casa y, luego de tres horas, el sitio adornado con malvones y enredaderas parecía un depósito. No recuerdo cuántas llegamos a juntar pero no fueron menos de cien. Fue un 22 de diciembre, bajo el calor inmutable y denso que forjamos el stock. Mi vieja nos bancó la idea y por ello la confianza estaba de nuestro lado. Nunca olvidaré que mis pantalones “Lois” quedaron empapados de transpiración por la jornada. La “Fred Perry” azul, ni hablar.

El 23, muy tempranito fue el día del despliegue del proyecto, y por ello, nos repartimos con el seba las dos cuadras del barrio para dar, cada uno, la vuelta a la manzana. Caíamos con un cajón de sidra cada uno a tocar los timbres de las casas y ofrecíamos la botella a mitad del precio del supermercado. No solo que nos arrebataban las botellas del cajón sino que algunos hasta nos pedían más. Ahí fue que, corrida la bola en el barrio, empezamos a tocar las puertas para retirar pedidos. El 24 fue el día de gloria. Nos limpiamos del fondo de mi casa unas ochenta botellas por encargo de los vecinos. Lo cierto es que más allá del valor escaso por botella, logramos juntar una interesantísima cantidad de dinero.

Por la tarde-noche del 24, ya nos alcanzaba para dos modestas y nuevas bicicletas en lo de Silicatto, el negocio más importante de bicis de la calle Ramírez. Y allí fuimos, con fajos de billetes y cientos de monedas en los bolsillos, a por nuestro par de bicicletas. “Deme esas dos, la roja y la azul” –dije, convencido luego de confirmar el precio. El tipo nos miró extrañado, sin embargo no realizó pregunta alguna. Brillaban despuntando la noche. Y así fue que nos las llevamos puestas, medio tambaleando en el andar, por la calle Gobernador Gonzales. Por la noche, las bicicletas posaban junto a unos regalos en el árbol de navidad. Brindamos felices en familia, con las pocas sidras que quedaron.
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22 de octubre de 2017 | 09:54
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