Los festejos de la Navidad en la Mendoza colonial

Las prácticas religiosas más destacadas en la antigua Mendoza eran las procesiones de Semana Santa y la celebración de la Natividad, con sus fiestas populares espontáneas, fogatas, encuentros familiares y reuniones de vecinos donde se cantaba y se brindaba.


Cientos de personas detrás de una cruz, penetrando con sus padrenuestros y avemarías la oscuridad de la callecitas de tierra de la Mendoza del siglo XVII, hilvanando con sus pesados pasos y brillantes velas una procesión entre las casas de adobe de la Ciudad Vieja.

Las prácticas religiosas en la Mendoza colonial eran intensas, oscuras, polvorientas, nacidas de la fe, los anhelos y los temores que albergaban los primeros habitantes de la Ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja, tal el nombre de su fundación en 1561.

Con el paso de los años, las manifestaciones de fe se afianzaron sobre la base del calendario cristológico en el que destacaban dos fechas: la Semana Santa y Navidad. Las fiestas en las que la participación popular desbordaba las calles eran las fiestas patronales, las fiestas marianas y sobre todo la celebración de Corpus Christi.

“Las fiestas patronales fueron muy importantes porque cada ciudad tenía a su santo patrono quien la protegía de los invasores, de las inclemencias del clima, de las pestes. En Mendoza la más destacada era la dedicada a Santo Patrono Santiago”, explica Oriana Pelagatti, especialista en historia colonial americana.

Profesora de Historiografía y Metodología de la Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, Pelagatti agrega que “también sobresalían las fiestas marianas, de la que se registran distintas advocaciones, entre ellas la de la Virgen del Buen Viaje, la de Luján, la de Nuestra Señora de las Nieves. A partir de las guerras de Independencia la celebración más importante fue la de la Virgen del Carmen de Cuyo, patrona del Ejército de Los Andes”.

Dibujo del siglo XVIII que ilustra una procesión en la ciudad de Santiago de Chile.

La Navidad en la Mendoza colonial

Como parte fundamental del litúrgico cristiano, “la Navidad dio lugar a fiestas populares espontáneas, encendido de fogatas, encuentros familiares y reuniones de vecinos donde se cantaba y se brindaba. Estas prácticas comienzan a aparecer en el siglo XVIII vinculadas al crecimiento demográfico y económico de la ciudad”, destaca la historiadora.

Las parroquias de Mendoza y las de todo Cuyo fueron parte del Obispado de Chile hasta 1809, cuando se efectuó su pasaje al Obispado de Córdoba del Tucumán que tenía sede en Córdoba.

“La reglamentación litúrgica provenía del Obispado de Chile que indicaba que durante los festejos navideños debían representarse autosacramentales - piezas teatrales didácticas muy sencillas y de tema religioso-, y se ordenaba el armado del pesebre y la consagración de una misa, tradiciones que tienen su origen en la Edad Media española”, ilustra la investigadora.

En sus laboriosas pesquisas de actas, memorias y documentos públicos y privados de la época, Pelagatti destaca que “Mendoza era entonces una ciudad muy pequeña y todas sus prácticas religiosas siguen el patrón barroco. Estas prácticas son semejantes en toda la América colonial americana”.

Las celebraciones del Corpus Christi en Mendoza están más estudiadas porque fueron manifestaciones populares, mientras que la de Navidad permanecía en el ámbito privado.

La devoción en la calle

“Las fiestas religiosas favorecían la reunión de los miembros de la comunidad, funcionaban como una suerte de escaparate social donde se reunían todas las castas sociales”, describe la especialista.

Cada clase ocupaba su lugar específico que estaba rigurosamente reglamentado: los miembros del clero y los laicos seguían un esquema minucioso en los actos religiosos que no podía ser alterado, ya que esa organización estaba determinada por la interrelación entre el poder político, el religioso y el económico.

Acuarela anónima del siglo XVIII.


Pelagatti explica que “las procesiones de Corpus Christi, por ejemplo, eran una reproducción de la organización social de la ciudad. Eran un desfile de carácter cívico religioso porque la religión legitimaba el poder. Además de aparecer los elementos propios de la devoción típicos del barroco americano, tenían un ingrediente festivo, carnavalesco, siguiendo la tradición hispánica, y seguían un riguroso orden en el desfile”.

Toda la ciudad se convertía en un gran escenario donde se ponía en marcha el aparato social del que participaba toda la comunidad. “El Cabildo era el que se encargaba de designar quiénes iban a armar los distintos arcos de flores debajo de los cuales pasaría la procesión y se daba una verdadera  competencia para armar los arcos más importantes. La gente se preocupaba de que su arco fuera el más bello y si no tenían flores las hacían de papel. Además todos se ponían en actividad para limpiar las calles, apisonar la  tierra y encender faroles, porque las procesiones se realizaban de noche”, subraya la experta.

“Las imágenes de las cofradías iban montadas en un palio confeccionado con el mejor terciopelo que podían conseguir los feligreses ya que todas las manifestaciones materiales tenían el alto significado simbólico de la religiosidad barroca que se expresa con diferentes ornamentos siempre dorados”, describe.

Derroche cera, fuegos artificiales y pecados

Pelagatti relata que hacia el siglo XVIII se irán produciendo cambios ya que la religiosidad de la Ilustración considerará que tanto el ornato barroco de la procesión y las celebraciones populares paganas que le servían de contrapunto no eran buenos.

“La manifestación pagana más relevante en las fiestas religiosas era la tarasca, una suerte de gran máscara que representaba el mal, el caos, el Demonio, y que iba detrás de las procesiones. Esto está registrado en Mendoza en los libros de las cofradías”, apunta la docente.

Obra de Carlos Morel que refleja la parte pagana de las fiestas.

Los portadores de la tarasca eran personas de sectores marginales. “Después de la procesión se emborrachaban y se daban a prácticas no muy piadosas”, ilustra Pelagatti. Y agrega que “esto, sumado al boato de la procesión en sí misma, dio lugar a un movimiento reformista que intentó desterrar estas prácticas por considerarlas muy costosas”.

Los gastos, registrados en las actas, revelan un enorme gasto de velas, de leña para alimentar hogueras que se mantenían vivas durante toda la noche y de fuegos artificiales. “Todo ello, nocturnidad mediante, daba lugar a excesos que no eran bien vistos por los buenos vecinos”, apunta la historiadora.

Esta información está consignada en los archivos parroquiales del Arzobispado de Mendoza y en las actas de las cofradías hacia la segunda mitad del siglo XVIII y es una de las fuentes primarias sobre las que Pelagatti ha realizado algunos de sus múltiples estudios.

“Cuando los obispos de Chile visitaron Mendoza y vieron los gastos trataron de recortarlos y prohibieron que se gastara el dinero que reunían las cofradías en cera para velas, pero de todas maneras continuaron los gastos en fuegos artificiales”, apostilla.

Flagelantes y música

A principios del siglo XIX aparecen en Mendoza la procesión de los flagelantes, es decir, quienes hacen el recorrido en las procesiones religiosas encadenados, con silicios, con heridas autoinfringidas emulando los padecimientos de Cristo. “Éstos aparecen específicamente en San Vicente, el actual Godoy Cruz. Hacia 1814 y 1816 hay amonestaciones al párroco por permitir las procesiones nocturnas de flagelantes”, detalla Pelagatti.

La investigadora también ha descubierto que todas las procesiones estaban acompañadas por música. “Las actas dan cuenta de los instrumentos que se usaban, entre ellos, tambores, timbales, trompetas, todos muy estruendosos”, dice.

Bendición de los panes, en la Iglesia de la Colonia Italiana en 1920, en una toma de Juan Pi.

Religión y religiosidad en la antigua Mendoza

“Estos elementos eran muy importantes en estas festividades porque el calendario religioso es el que ritmaba la vida de la ciudad, porque la religión funcionaba ordenando el tiempo de la gente debido a que no había relojes. Antes de su invención, eran las campanas de la iglesia la que marcaba las horas”, señala la especialista.

La religión articulaba toda la vida del hombre, no había una división entre lo público y lo privado. Pelagatti argumenta: “Lo invade todo porque es parte de las herramientas conceptuales que tiene el hombre para pensar el mundo en el que vive. Por eso, si había una plaga se hacía una procesión. El proceso de separación entre ambos ámbitos se dio a lo largo del siglo XIX y va a ser paralelo a los procesos de individuación, de la valoración de la interioridad, de la división entre Iglesia y Estado”.

Fe y poder

Todo el año está marcado por las fiestas religiosas y en la vida de cada individuo esto significa obligaciones.

La historiadora detalla que “en Semana Santa se impone la obligación de cumplir con la Iglesia, es el momento del año en el que absolutamente toda la población tenía la obligación de confesarse y comulgar. Hoy, la gente puede comulgar todos los días si quiere, pero entonces la comunión no era frecuente, había días exclusivos para la comunión. También se obligaba a guardar abstinencia y ayuno, y tampoco se podía trabajar”.

Pelagatti  explica que “en Semana Santa se hacía un padrón de feligreses, de todas las personas que vivían en la ciudad y cuando iban a confesarse se les daba una cédula de confesión, lo mismo con la comunión. No podían confesarse y comulgar todos porque no había suficientes sacerdotes para atender las necesidades espirituales de todos los feligreses”.

La experta aporta cifras concretas: “En el padrón del censo de 1802 se deja constancia de la existencia de 101 clérigos y 14 monjas distribuidos en cinco parroquias para una población de más 10.000 personas. Recordemos que Mendoza era una zona de frontera y que varias de las parroquias eran de campaña”.

Las parroquias eran la de Corocorto que es hoy La Paz; la de la Laguna de Guanacache, hoy Lavalle; la de Valle de Uco; la de San Vicente, hoy Godoy Cruz, y la de Ciudad. También había capillas en las estancias de los feligreses más adinerados que solicitan un sacerdote para que oficiara la misa.

“El sacerdote párroco era alguien que tenía muchísimo poder en la sociedad colonial porque el no cumplir con la Iglesia daba lugar a la excomunión y a castigos. En la puerta de la iglesia se pegaba una lista de nombres de quienes no habían cumplido y eso significaba un escándalo que siempre tenía consecuencias para el `pecador´”, finaliza Pelagatti.

Patricia Rodón

Opiniones (0)
9 de Diciembre de 2016|06:54
1
ERROR
9 de Diciembre de 2016|06:54
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic