¿Podría pasar en Mendoza algo parecido a lo que pasó con los Pomar?

Chocaron. Sufrieron heridas graves. Alguno de los miembros de la familia Pomar, murieron instantáneamente. Alguno no, pero de todos modos, recién encontraron a todos, sin vida, 24 días después del accidente.

Conmovedora como pocas noticias de este 2009 que se extingue, la muerte de la familia Pomar despertó mil conjeturas en torno a las posibilidades de que algo así ocurra en las rutas mendocinas.

Puesto el tema en discusión sobre una y diez mesas, en el seno familiar y en el bar, en el club, en Facebook, en todas partes, el silencio y la inquietud fueron más expresivos que cualquier opinión de fondo.

Hay quienes dan referencias en torno a la peligrosidad de la ruta  provincial 153, que une la zona Este de Mendoza con la localidad sanrafaelina de Monte Comán, pasando por Ñacuñán. Recta y casi sin habitantes a lo largo de toda su extensión, no hay a quién ni dónde pedir ayuda. Un cono de silencio impide las comunicaciones telefónicas y una sorpresa: quien no la conoce, no sabe acerca de la peligrosidad de la curva final, testigo de numerosos derrapes, vuelcos y hasta accidentes mortales, no bien uno se apresta a llegar al primer gran poblado, cruzando la ruta nacional 146 (ver imagen satelital).

Los escollos que se han encontrado en esta ruta tienen que ver, centralmente, con el escaso flujo vehicular en horas de la noche, la carencia de iluminación, el cruce de animales y la absoluta falta de patrullajes.

El mismo problema de la carencia de comunicaciones es lo que marca la ruta a San Juan por Encón. Atravesando el desierto lavallino, no pasan por la zona, según lo dijeron los propios pobladores a MDZ, “no más de cinco autos por hora”. No hay vegetación, pero tampoco hay cómo pedir auxilio en caso de necesitarlo. De hecho, una zanja cavada y ya tapada en la zona, para enterrar un acueducto, fue una trampa para un equipo de este diario que recorrió el lugar. El vehículo se fue hundiendo en la banquina, como si se tratara de arenas movedizas. Siendo imprescindible la ayuda para poder salir y continuar el viaje, costó que alguien reparara en el asunto y frenara para colaborar. El miedo a las trampas de la delincuencia rutera es un problema más de esta época.

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