Un pariente incómodo

Los libros y la escritura fueron sus pasiones. En su última pieza literaria, su testamento, madlijo a su descendencia si no cumplía con publicar su obra inédita. Para recordarles el "texto" durante años se manifestó como humo, hizo volar libros y mantuvo a la biblioteca misteriosamente libre de polvo.

Había abordado un tren en las proximidades de su pueblo dejando atrás a una madre viuda, dos hermanos menores y una novia en medio de una confusa escena en la que no faltaron las lágrimas, los buenos augurios ni las promesas de fidelidad.

Joan partió en 1898 hacia “la América” en busca de un trabajo que le permitiera socorrer a su familia que apenas sobrevivía al hambre. Su destino era Argentina y su vehículo, un traqueteado barco de vapor.

No tenía mucho. Apenas dos maletas: una con ropa y otra con libros. Cada uno de éstos ostentaba una inscripción: Joan Font. Primera biblioteca.

En Buenos Aires trabajó como ayudante de cocina, pero su mundo secreto estaba en los giros de dinero que le enviaba a su madre, en las cartas que le escribía a su novia y en los libros que compraba regatéandole al estómago más de una comida.

Diez años después volvió a su pueblo con cuatro maletas: una con prendas de vestir; las otras tres, con libros. Encontró a su madre más cansada y a sus hermanos crecidos. Su novia se había casado y criaba cinco niños.

Esto fue insoportable para él. A poco de su regreso y casi sin despedida, tomó sus maletas, el tren, el barco, otro tren y antes de darse cuenta estaba en Rosario con dos mudas de ropa y un puñado de  libros.

Allí se concentró en el trabajo, se casó, prosperó y tuvo tres hijos. Siguió comprando libros y leyendo. Sus nuevos tesoros llevaban la nota: Joan Font. Segunda biblioteca.

El poder de la palabra

Entre cacerolas y recetas de oeurs d´ouvre descubrió su afán por la escritura. Para nadie era ya un secreto su pasión por la literatura, por las aventuras de Salgari y Dumas y las ediciones baratas de editorial Tor.

Comenzó a escribir cuentos. Se afanaba sobre los originales arrancados a una Olivetti de dos tintas: roja y azul, ante la mirada incrédula de su esposa, la abuela Marta, analfabeta hasta el día de su muerte.

Mientras crecían sus hijos y sus fantasías, su talento como cocinero era solicitado por los grandes restaurantes de Argentina. Así llegó a Mendoza contratado por los hoteles Villavicencio y Potrerillos, que en la década del ´40 estaban en su esplendor.

Puntualmente, le enviaba dinero a su madre, mientras escribía sus textos, compraba libros (que en la sección cuyana rezaban: Joan Font. Tercera biblioteca) y asistía, en un admirable ejercicio ambidiestro, a las reuniones de la SADE local y del sindicato gastronómico, del que llegó a ser secretario general.

Sin embargo, él era escritor. Y no uno cualquiera. Cuando su primer libro de cuentos mereció alguna discreta reseña en el diario Los Andes, ya no se detuvo. Ningún género literario le era ajeno. Como si estuviera diseñando un menú, hizo de la novela su “cocina de autor”, del ensayo su plato fuerte y de la poesía su postre inolvidable.

La imprenta de Gildo D´Accurzio no tenía secretos para él y sus interlocutores y amigos fueron Benito Marianetti, con el que profesaba una hermandad política; Américo Calí, con el que chanceaba sobre la palabra “capitán”; a Ricardo Tudela y a Jorge Enrique Ramponi le había arrancado sendos autógrafos.

A su muerte, la mayoría de sus trabajos quedaron inéditos. Joan no tuvo mejor idea que ejercer su amor por las palabras en un último texto que no por su carácter legal resulta menos literario: en su testamento maldijo a toda su descendencia. Todos sus herederos serían malditos –hijos, nietos, bisnietos y tataranietos- si no publicaban sus libros privando a la humanidad de su preciosa obra.

Con su magra herencia, los hijos se ocuparon de pagar juicios por usura, reservar una pequeña suma para su madre Marta y saldar holgadas cuentas con Simoncini y Gómez, la entonces famosa librería mendocina,

La primera, segunda y tercera bibliotecas fueron saqueadas. Pero más allá del daño de “arruinar” una colección por el hurto de un solo título menor, el grueso del lento trabajo acopiador de Joan quedó a salvo.

Los libros y su biblioteca

Juan, su hijo menor, había heredado el hábito de la lectura y los libros eran para él un tesoro. Conservó las “bibliotecas” de su padre en su propia casa.

A pocas semanas del entierro un perfume que evocaba al incienso comenzó a emanar de los muebles que contenían aquéllos libros. Sobre todo el más grande, bellamente trabajado en madera fina y vitrinas biseladas, con treinta estantes sirviendo en doble fila a la pasión Font por los libros.

El perfume, que aparecía y desaparecía, llamó la atención de la familia y de quienes la visitaban. Ninguna de las explicaciones lógicas le sirvió a la segunda generación Font para dirimir el misterio cuando las volutas de humo comenzaron a rodear la biblioteca ni a erguirse en medio del living repentinamente.

El temor no tardó el llegar ni tampoco el recuerdo de la maldición. Una cuñada de Juan, esas que juegan a la quiniela y siempre ganan, sugirió llamar a una bruja. A regañadientes, los Font argentinos se sometieron al torbellino de plegarias, abanicazos de sahumerios varios y al manual de imprecaciones contra fantasmas letrados.

La última del desfile de los voceros del más allá fue una señora gordita, con el cuello tapizado de cruces de plata y un enorme cuchillo en la mano. Sus pases mágicos hirieron la inteligencia del abuelo quien hizo saltar el arma unos cinco metros desde el estante de los poetas franceses para brincar enloquecido en el piso como un pez en el asfalto.

Nada funcionó. Era evidente que Joan estaba allí y que había que cumplir su mandato. Pero no era posible. Los Font de aquí eran tan pobres como los Font que el abuelo había dejado en su pueblo hacía más de 60 años.

Un pariente incómodo

Los años pasaron y todos se acostumbraron al humo. Hubo progresos, ventas, mudanzas y cada vez más libros. En la casa que los Font consideraron como definitiva los libros tenían un lugar preferencial. Juan tenía tres hijos que resultaron curiosos lectores.

El fantasma estaba siempre presente pero no lo consideraban una amenaza. Aunque habían tenido que vender los muebles que los albergaban, sus libros seguían allí. Pero cuando el hijo mayor de Juan empezó a garabatear sus primeros poemas en la vieja Olivetti, el abuelo protestó en serio.

Las columnas de humo aparecían en cualquier parte de la casa, había olor a incienso hasta adentro del lavarropas y los libros empezaron a volar, como pájaros ciegos, por el living.

Para Juan, el hijo de Juan, era interesante analizar qué libros arrojaba su abuelo. Pero para los demás, se convirtió en una pesadilla.

Así, otra vez, diez años después, llegó la procesión de curas y brujas, cada uno con sus respectivas bendiciones, a los que se sumó una variopinta cabalgata de mentalistas y videntes porque ya había empezado la new age y tampoco era cuestión de dejarlos afuera.

Nada funcionó. El abuelo seguía allí exigiendo la edición de sus libros.

Un poeta menor

Donde menos lectores tiene un escritor es dentro de su propia familia. A Joan nadie lo había leído nunca, excepto sus distraídos amigos, ya puntualmente fallecidos. Pero Juan, el hijo de su hijo, había pasado de las intensas lecturas de su infancia y del garabato adolescente de sus primeros poemas al descubrimiento de una vocación irredenta: la literatura.

Mientras sus hermanos recibían todos los días la visita de Joan en sus diversas manifestaciones entre los libros nuevamente dispersos -por las mudanzas que suelen suceder a los matrimonios y los intereses personales-, estudió literatura, leyó a su abuelo y conservó los originales malditos.

Pero Joan se puso en lo que era: un anarquista cabal. Atacó con bombas de humo masivas, misiles de incienso y libros como bumerangs a los hermanos de Juan, quienes con buena lógica y mejor instinto, regresaron los libros que tenían de la primera, segunda y tercera bibliotecas a la biblioteca mayor.

En cuanto lo hicieron, desaparecieron los fenómenos. Y los hermanos de Juan pudieron rehacer sus vidas prescindiendo de no pocas joyas bibliográficas.

Al poco tiempo, Juan, el hijo de Joan, murió. Su esposa tampoco quería los libros malditos. Ni los originales ni nada que le evocara a los Font catalanes. Por decantación natural, todos los libros pasaron a Juan, ya profesor de literatura.

Cuando el nieto reunió por primera vez en treinta años todos los libros que habían sido de las bibliotecas de su abuelo y sus manuscritos, copia del testamento incluido, Joan se desvaneció.

El humo era tan habitual en la vida de Juan que ya no le daba importancia. Un día se dio cuenta de que el olor a incienso merodeaba sólo en algunos libros, los muy antiguos, pero que en el resto, magníficamente conservados, no había huella alguna del abuelo salvo los escolios y los recortes de diarios que usaba como señalador cien años antes y que él jamás sacaría de esa página.

Todo indicaba que el abuelo se había ido. Que su descendencia no le iba a publicar ninguno de sus inéditos porque en realidad no eran tan buen escritor. Joan había comprendido. Había capitulado.



La llave de la biblioteca

Años más tarde, Juan conoció en el trabajo a un compañero que se llama Fonts. Le preguntó sobre su familia, sus abuelos, su historia y parecían no tener nada en común salvo el apellido catalán y el buen humor.

Juan atesora, entre todos, un libro de su abuelo: “Historia de la villa de Font”, publicado en 1854, donde, además de la historia del pueblo, se ofrece un índice onomástico completo y se detallan las relaciones de parentesco entre sus habitantes.

Al consultarlo, Juan descubrió que había algo entre los Font y los Fonts. Hace doscientos años fueron primos. Decidió prestárselo a su compañero para que se lo mostrara a su madre y ver si reconocía los nombres,

Los siete días que el libro estuvo en poder de los Fonts la habitación que Juan había destinado a la biblioteca se llenó de olor a incienso, las columnas de humo parecían arder en torno de los estantes y toda la sección de literatura española se había cubierto con una espesa capa de polvo que no había tenido nunca.
Al devolverle el volumen, Fonts le dijo a Font: “Mi mamá cree que mi abuela era la novia de tu abuelo. Tiene un atado de cartas ya muy amarillas firmadas por él. ¿Querés leerlas?”. Juan le dijo que no, muchas gracias.

En cuanto regresó el libro a su lugar, el humo, el incienso, el polvo, todo desapareció. El que no ha desaparecido es el abuelo.

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